
Pocas cosas representan mejor la identidad caribeña y, sobre todo la dominicana, que un sancocho. Y no me refiero al plato en sí, que ya es bastante, sino a lo que ocurre cuando alguien decide prepararlo.
Un buen sancocho exige variedad: yuca, plátano, ñame, maíz, carnes distintas (en nuestro país se habla de «siete carnes» como el verdadero sancocho), cilantro, ají, etc. Y en esta amalgama, cada ingrediente aporta su textura y su sabor y así, el caldo que los une, termina siendo algo que ninguno de ellos podría haber producido por separado (bonita explicación para la emergencia, pero no es el tema).
Volviendo al sancocho, en este nadie confunde la yuca con el ñame dentro de su plato; sin embargo, lo que uno se lleva a la boca es el resultado de esa convivencia. Y es casi seguro que el sancocho funciona porque sus ingredientes son distintos entre sí. Porque si todo fuera yuca, tendríamos otra cosa. Tal vez buena, sí, pero no un sancocho.
En el ámbito de las ciencias, las revistas científicas multidisciplinares operan con una lógica parecida a la que acabamos de describir. En un mismo número pueden coincidir un estudio sobre física cuántica, una revisión sistemática sobre un tema filosófico, educativo, tecnológico, etc., un análisis de conducta o un análisis crítico de discursos.
La coexistencia de esas piezas en un mismo espacio editorial responde a una concepción, muy actual, de la ciencia como una actividad plural cuya riqueza depende justamente de la diversidad de las preguntas que se formulan y los métodos que se emplean para responderlas. Como en el sancocho, cada ingrediente mantiene su identidad, pero el medio que los reúne, en este caso la revista científica, produce algo que trasciende la suma de las partes; se constituye en un espacio donde investigadores de distintas disciplinas pueden encontrarse, leerse, discutirse.
Esa función de encuentro merece atención. Es cierto que las revistas especializadas cumplen un papel indispensable en la consolidación de campos disciplinares específicos; eso nadie lo discute. Pero las revistas multidisciplinares cumplen otro papel, uno muy necesario en contextos como el nuestro, pues permiten que un investigador en formación descubra un enfoque metodológico novedoso para él, o que un filósofo identifique en un estudio empírico un problema conceptual que merece tratamiento teórico. Tenemos esas experiencias ya. Y ese tipo de conexiones rara vez ocurre cuando cada quien lee exclusivamente dentro de su parcela, o cuando la revista se orienta únicamente a producir para las grandes y deshumanizadas bases de datos.
Y aquí entra la otra dimensión del asunto, que es la que más me interesa: la apropiación social de la ciencia.
En los círculos en los que se hace teoría de las ciencias se habla mucho de este concepto, y no con poca razón. La idea de apropiación de la ciencia, en su versión más conocida, sostiene que el conocimiento científico debe ser accesible para la sociedad que lo financia, lo alberga y que lo necesita. Hasta ahí, casi nadie discrepa. El problema es que la apropiación social de la ciencia se ha entendido con frecuencia como un ejercicio de traducción en el que los científicos producen conocimiento y luego alguien (un divulgador, un periodista, una oficina de comunicaciones) lo traduce para que el ciudadano común lo entienda. Es un modelo que tiene sus méritos, pero también tiene un límite considerable, y es que reduce al ciudadano a un receptor pasivo de un saber que otros producen y otros interpretan.
Una verdadera apropiación social de la ciencia, una que merezca ese nombre debería incluir algo más. El ciudadano necesita, sí, acceder a los resultados de la investigación científica. Pero necesita también comprender cómo se produce ese conocimiento, entender mínimamente qué es un diseño metodológico, cómo y por qué se revisan los trabajos por pares antes de publicarse, qué significa que un resultado sea estadísticamente significativo y qué no significa, cuáles son los límites de una muestra de conveniencia, por qué un estudio con veinte participantes no puede generalizarse a toda una población.
Esa comprensión del proceso, y no solo del producto, es lo que permitirá a cualquier ciudadano distinguir entre un hallazgo científico legítimo y una noticia disfrazada de ciencia que circula con la misma velocidad y la misma tipografía en las redes sociales (las famosas fake news).
Y es que la proliferación de información pseudocientífica es, en parte, un problema de acceso, pero es sobre todo un problema de formación. Quien nunca ha visto cómo funciona una cocina puede creer que la comida aparece sola en el plato. De manera análoga, quien nunca ha tenido contacto con el modo en que se construye el conocimiento científico (con sus hipótesis provisionales, sus errores, sus limitaciones, sus revisiones constantes, etc.) está en desventaja frente a quien le presente cualquier afirmación con apariencia de rigor con intenciones ocultas; una desventaja que tiene consecuencias prácticas, pues se pueden tomar decisiones de salud basadas en testimonios «virales» pero que no son reales, o emprenderse políticas públicas sostenidas sobre datos mal interpretados o malintencionados, y se puede producir una desconfianza generalizada hacia instituciones que, con todos sus defectos, sostienen los mecanismos de verificación que permiten distinguir lo confiable de lo inventado.
Las revistas científicas de acceso abierto, y particularmente las que funcionan bajo el modelo diamante, donde ni el autor ni el lector pagan por publicar o leer, tienen aquí una responsabilidad que va más allá de la mera comunidad académica. Cuando una revista publica en acceso abierto, cualquier persona con conexión a internet puede leer un artículo completo, ver su metodología, sus datos, sus limitaciones y sus conclusiones. Eso, en principio, ya es un acto de apertura. Pero la apertura adquiere su verdadero valor cuando el lector, sea este un investigador, un estudiante, un docente, un periodista o un ciudadano interesado, puede comprender lo que lee. Y esa comprensión requiere, a su vez, que existan espacios donde se hable de ciencia con honestidad: sin endiosarla, sin demonizarla, sin simplificarla hasta el punto de traicionarla.
Porque la ciencia no es un oráculo infalible, pero tampoco es una opinión más entre otras. Se trata de un modo de producir conocimiento que se distingue de los demás, básicamente, por un rasgo: que sus afirmaciones se someten a verificación sistemática, y cualquier resultado está abierto a ser corregido si la evidencia lo exige. Esa característica, la de la autocorrección, es lo que le da a la ciencia su confiabilidad relativa. Y digo relativa porque ningún científico serio sostiene que la ciencia posee la verdad definitiva sobre nada. Lo que sí es sostenible es que, entre todas las formas disponibles de conocer el mundo, la ciencia es la que mejor corrige sus propios errores.
Entender eso cambia la relación del ciudadano con la información que consume, pues aquel que sabe que la ciencia funciona por aproximaciones sucesivas no va a esperar de ella verdades absolutas, pero tampoco la va a descartar cuando sus resultados incomoden. El ciudadano que sabe que la revisión por pares es un mecanismo de control de calidad (que es imperfecto, lento y a veces injusto, pero mejor que la ausencia de control) va a ser capaz distinguir entre un artículo publicado en una revista indexada y un hilo de red social con tono erudito.
Vuelvo al sancocho. Hay quienes prefieren comer cada vianda por separado, y es una opción respetable. Pero el sancocho existe porque alguien, en algún momento, entendió que la combinación de ingredientes distintos, cocinados juntos el tiempo suficiente, produce un resultado que ningún ingrediente aislado puede ofrecer. Del mismo modo, las revistas multidisciplinares lo que buscan es reunir en un mismo espacio trabajos que provienen de tradiciones, métodos y problemas diversos, y dejar que el lector, como el comensal, encuentre en esa variedad todo lo que le nutra. La ciencia se fortalece cuando se comparte. La sociedad se fortalece cuando puede comprender la ciencia. Entre ambas cosas, una buena revista cumple la función del caldo: sostiene la mezcla, conserva los sabores y permite que todo llegue a la mesa.
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