
Saludos, Flete. A propósito de tu nota sobre Žižek, Tolerancia, pluralidad y poder, me parece conveniente recordar la figura de Don Quijote, a quien muchos han querido presentar como símbolo de la paz y la tolerancia.
Gustavo Bueno rechaza expresamente esta interpretación: «Lo que me parece totalmente inadmisible es que se escoja a Don Quijote como símbolo de la paz y de la tolerancia» (Bueno, 2005, 14:04). Esta lectura desfigura al personaje, pues el caballero andante no representa el pacifismo ni la aceptación indiferente de opiniones y conductas contrarias. Por el contrario, Don Quijote se concibe como un hombre de armas obligado a intervenir en el mundo para combatir aquello que juzga injusto.
Recuerda el episodio del Retablo de Maese Pedro, en el que Don Quijote muestra una actitud orientada a la acción: no tolera siquiera la representación teatral de una injusticia. El pobre hombre confunde la ficción con la realidad y destruye las figuras del titiritero para liberar a quienes considera perseguidos. Como señala Gustavo Bueno, Don Quijote «no tolera ni siquiera una representación» de aquello que juzga injusto (Bueno, 2005, 15:08). Su reacción no es, evidentemente, la de un hombre tolerante; por el contrario, está siempre dispuesto a intervenir para transformar la realidad mediante la fuerza. 
Esta misma actitud aparece en el discurso sobre las armas y las letras, donde nuestro amigo, sin dejar de reconocer la importancia de las leyes y de quienes las interpretan, sostiene que las armas ocupan un lugar superior, porque tienen la misión de defender la sociedad política, conservarla frente a sus enemigos y hacer posible la vigencia efectiva de las propias leyes. Bueno interpreta este discurso subrayando que las armas se encuentran por encima de las letras, entendidas estas como las leyes y el orden jurídico (Bueno, 2005). Pienso que aquí aprendemos una lección clara: sin una fuerza capaz de proteger el orden político, las letras y las normas jurídicas quedarían reducidas a formulaciones impotentes.
Algo semejante ocurre en los espacios sociales: la tolerancia, la pluralidad y el poder no siempre se llevan bien. Por lo general, quienes carecen de poder reclaman tolerancia, pluralidad e inclusión y utilizan estas ideas como banderas políticas. Sin embargo, cuando alcanzan el poder, frecuentemente olvidan esas banderas y comienzan a actuar según la propia lógica del poder. Evidentemente, el problema no reside únicamente en ellos, sino también en quienes aceptan ingenuamente ese discurso sin analizar las relaciones de fuerza que lo sostienen.
Una expresión muy socorrida en estos casos es: «Si quieres la paz, prepárate para la guerra». A este respecto, conviene recordar la clasificación de guerra propuesta por Gustavo Bueno. Frente a la consideración abstracta de las guerras como justas o injustas, Bueno propone juzgarlas políticamente como prudentes o imprudentes, tomando como criterio la eutaxia, es decir, la capacidad del Estado para conservar su existencia y continuidad histórica. En sus palabras: «La guerra es prudente o imprudente en función de la eutaxia, de la sostenibilidad de los Estados» (Bueno, 2004).
Una guerra es imprudente cuando un Estado entra en ella aun sabiendo que la confrontación pone en peligro su propia continuidad. Incluso una guerra defensiva puede ser imprudente si conduce previsiblemente a la destrucción del Estado. Por el contrario, una guerra será políticamente prudente cuando resulte necesaria para preservar la sociedad política y existan posibilidades razonables de alcanzar sus objetivos. Por eso, Bueno afirma que la paz no es una armonía abstracta fundada en la buena voluntad, sino «la paz de la victoria»: el orden político establecido por el vencedor después de la guerra (Bueno, 2004).
Don Quijote tampoco representa la paz evangélica defendida por el pacifismo. La paz que defiende en su discurso es la paz del vencedor: no una armonía universal alcanzada mediante la buena voluntad, sino el orden establecido por quien obtiene la victoria. Gustavo Bueno recuerda que la afirmación aristotélica según la cual «el fin de la guerra es la paz» debe entenderse como referencia a «la paz de la victoria», es decir, la paz impuesta por la parte vencedora (Bueno, 2005, 1:14:01–1:16:00).
Conviene recordar también la lección de Heráclito: la realidad no está constituida por seres que conviven espontáneamente en armonía, sino por una pluralidad de fuerzas, grupos y sociedades políticas que se enfrentan entre sí. La guerra no constituye una anomalía accidental, sino una posibilidad permanente derivada de la propia pluralidad de la realidad. Bueno interpreta la visión de Don Quijote en términos próximos a Heráclito: el mundo es una «máquina» en la cual unas cosas se enfrentan a otras, y no una armonía orientada hacia la paz perpetua (Bueno, 2005, 1:20:33–1:21:43). La lección está dada: no espere necesariamente tolerancia ni pluralidad de quienes han alcanzado el poder enarbolando estas banderas.
Otro episodio del Quijote que puede ofrecernos luz sobre este asunto es el de los galeotes. En este caso, nuestro amigo tampoco actúa como defensor de la tolerancia. Se apresura a liberar a los prisioneros porque considera injusto que sean conducidos por la fuerza y contra su voluntad. Don Quijote sostiene que su oficio consiste en «desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables» (Cervantes Saavedra, 1605/2015, primera parte, cap. XXII). Su intervención representa, por tanto, el enfrentamiento práctico contra una situación que juzga injusta, aunque esto lo coloque en conflicto con las leyes y las autoridades.
El mayor consejo que nos ofrece Don Quijote aparece al final de la obra: muere precisamente cuando abandona las armas. Don Quijote solo puede existir como caballero mientras las conserva y actúa mediante ellas. Cuando abandona la caballería, recupera la «cordura», vuelve a ser Alonso Quijano y muere. Bueno sintetiza esta interpretación afirmando: «Cuando cuelga las armas, entonces muere Don Quijote»; de aquí extrae el mensaje de que «sin armas no se puede vivir» (Bueno, 2005, 1:21:10).
Como podrás ver, las armas no constituyen un elemento meramente decorativo del personaje, sino una parte esencial de su forma de intervenir en el mundo. Don Quijote no es para nada símbolo del pacifismo, él sostiene con claridad meridiana la superioridad de las armas frente a las letras, entendidas como las leyes y los letrados (Bueno, 2005, 1:19:16–1:19:56).
Don Quijote representa la intervención y la respuesta frontal y oportuna frente a aquello que considera injusto. La paz, desde esta perspectiva, no se obtiene mediante la simple proclamación de buenos deseos, sino mediante la fuerza política que permite alcanzar la victoria y establecer un nuevo orden.
Cervantes Saavedra, M. de. (2015). Don Quijote de la Mancha. Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. (Obra original publicada en 1605 y 1615).
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Aprecio la profundidad de esta reflexión y la lectura de Gustavo Bueno sobre Don Quijote, pues cuestiona una interpretación excesivamente idealizada del personaje. Sin embargo, considero que la intervención de Don Quijote no debe entenderse como una simple apología de la fuerza, sino como la expresión de un compromiso radical con la justicia. Cervantes muestra que la acción sin prudencia puede producir consecuencias contrarias a las deseadas. Coincido en que el poder condiciona el discurso sobre la tolerancia y la pluralidad, pero creo que una sociedad política estable requiere equilibrar la fuerza legítima con el derecho, la razón y la deliberación pública.
Saludos, Flete. Gracias por tu lectura tan cuidadosa y por tu comentario. No veo a Don Quijote como un defensor ciego de la fuerza ni creo que toda acción enérgica sea prudente. Mi punto es que el derecho y la razón necesitan una fuerza legítima que los sostenga, porque sin ella pueden quedar en palabras vacías. Por eso, la cuestión de fondo no es oponer fuerza y derecho en abstracto, sino ver si una acción contribuye o no a mantener una sociedad estable. Ahí, más que en un ideal aislado, está la clave de la prudencia política.