La radiografía de Bonó: un país que cambió de rostro, pero no de enfermedad

Han pasado más de ciento cuarenta años desde que Pedro Francisco Bonó escribió La República Dominicana y la República Haitiana (1885). Sin embargo, al recorrer sus páginas, el lector tiene la inquietante sensación de estar leyendo un diagnóstico del presente y no una reflexión del siglo XIX. Cambian los nombres, los gobiernos, las instituciones y las carreteras; cambia el tamaño del Estado y la modernidad de nuestras ciudades, pero muchas de las prácticas que Bonó denunció siguen encontrando eco en la vida pública dominicana.

No es casual que Bonó colocara la patria por encima de todo. Su lema, «Patria, familia, vida y libertad», refleja el compromiso de un intelectual que entendía que amar la nación implicaba denunciar aquello que amenazaba su existencia. Y una de esas amenazas era, precisamente, la corrupción.

Cuando Bonó escribió su ensayo, la República Dominicana tenía apenas cuarenta y un años de vida independiente. Era una nación joven, marcada por la inestabilidad política, las luchas caudillistas y la fragilidad de sus instituciones. Pero lejos de limitarse a describir los acontecimientos de su época, Bonó realizó una profunda radiografía del funcionamiento del Estado y de la sociedad dominicana. Su análisis trascendió el momento histórico para convertirse en una advertencia sobre los peligros de una administración pública orientada por intereses particulares, partidistas, clasistas y no por el bien común.

Su crítica a la corrupción no fue circunstancial ni superficial. Para Bonó, este fenómeno no constituía simplemente una falta administrativa, sino un problema estructural capaz de debilitar las instituciones, erosionar la confianza ciudadana y comprometer el futuro mismo de la República.

Pedro Francisco Bonó

En su obra La República Dominicana y la República Haitiana, Bonó denunciaba como actos de corrupción «dar los empleos de lucro desmedido y de reconocida inutilidad; dar concesiones; construir compañías de arrendadores generales de las rentas públicas; conceder monopolios inauditos, jubilaciones y pensiones gratuitas y otras muchas regalías ocultas y sin nombres». Al leer estas líneas, resulta inevitable preguntarse si describen la República Dominicana de 1885 o si, en algunos aspectos, continúan reflejando prácticas que todavía generan debate en la actualidad.

La vigencia de estas palabras no significa que el país no haya avanzado. Sería injusto desconocer las profundas transformaciones experimentadas durante más de un siglo. La República Dominicana ha construido carreteras, puentes, hospitales, universidades, sistemas tecnológicos y una infraestructura impensable para la época de Bonó. El Estado es hoy mucho más grande, administra mayores recursos y posee capacidades que antes no existían.

Sin embargo, ese crecimiento también ha multiplicado las oportunidades para la corrupción cuando los mecanismos de control resultan insuficientes. Si en el siglo XIX Bonó denunciaba el uso discrecional de empleos, concesiones y privilegios, en el siglo XXI los desafíos adquieren nuevas dimensiones, acordes con una administración pública más compleja y con presupuestos infinitamente superiores. La enfermedad cambia de tamaño porque el organismo también ha crecido.

Quizás lo más preocupante es que Bonó advertía sobre otro fenómeno que sigue teniendo vigencia: la indiferencia ciudadana frente a la verdadera política. A quienes denominaba víctimas de la «miopía política», los describía como personas incapaces de comprender que la política debía orientarse al interés colectivo y no a los beneficios particulares. Esa reflexión continúa siendo un desafío para una sociedad que con frecuencia normaliza prácticas que debieran generar indignación.

Bonó incluso fue más lejos al afirmar que la corrupción era «el gran mal que nos circunda, nos penetra y nos tiene bien cerca de la muerte», advirtiendo que podía conducir a la desaparición de la nacionalidad. La mayor lección, que nos dejó este ilustre pensador no consiste únicamente en haber denunciado la corrupción. Su verdadero legado radica en haber comprendido que los problemas del Estado son también problemas de la sociedad. La corrupción no nace exclusivamente en los gobiernos; encuentra terreno fértil cuando la ciudadanía la tolera, la justifica o termina considerándola parte inevitable de la vida pública.

Más de un siglo después, la gran pregunta sigue siendo la misma: ¿hemos aprendido la lección? Hemos construido un país con mejor infraestructura, mayor crecimiento económico y un Estado mucho más desarrollado que el que conoció Bonó. Pero mientras las prácticas que él denunció continúen encontrando paralelos en nuestra realidad, su ensayo seguirá leyéndose menos como un documento histórico y más como un espejo en el que la República Dominicana aún puede reconocer muchas de sus viejas heridas.

Quizás esa sea la mayor grandeza de Pedro Francisco Bonó: haber escrito para su tiempo y, sin proponérselo, haber escrito también para el nuestro. Por eso, retomar el pensamiento de Bonó es una necesidad del presente.

Por Alexandra González Tolentino

  • Magíster en Geografía para Educadores.
  • Licenciada en Educación, mención en Ciencias Sociales.
  • Docente de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).
  • Docente del Ministerio de Educación de la República Dominicana (MINERD).

 

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