La maldición del conocimiento: un llamado a la humildad epistémica

Carolina Canela

Se suele pensar que el conocimiento es una llave que abre puertas. Pero a veces, paradójicamente, se convierte en un muro. La llamada maldición del conocimiento nos recuerda que quien sabe demasiado corre el riesgo de olvidar cómo se ve el mundo desde la ignorancia o incluso desde otras disciplinas también válidas. Y en ese olvido, la comunicación se rompe.

La llamada maldición del conocimiento es un sesgo que surge cuando alguien supone que los demás poseen el mismo conocimiento que él/ella, dificultando la comunicación, pero sobre todo la comprensión del tema.

Desde áreas como la psicología y la comunicación autores como Steven Pinker (2014), “The sense of Style”: El autor hace famoso el concepto mostrando como los expertos olvidan las perspectivas de los principiantes.

En otras palabras, este fenómeno, es un sesgo cognitivo que nos impide comunicarnos con claridad porque asumimos que los demás saben lo mismo que nosotros.

La filosofía a través de la epistemología siempre se ha cuestionado por los límites del conocimiento, tanto así, que para Sócrates y Platón saber no era transferir datos o información, sino, guiar al interlocutor a descubrirlo. En este aspecto, hay que destacar el éxito para darse a entender que ha tenido la pedagogía, implementando estrategias para mitigar este sesgo por medio de metodologías que incluyen narrativas, analogías y experiencias multisensoriales.

Otra cosa a tener en cuenta, es que la maldición del conocimiento revela que el saber no se transmite intacto: lo que para mí es evidente puede ser incomprensible para otro.

Desde la fenomenología y hermenéutica autores como Husserl y Gadamer subrayaron que nunca accedemos directamente a la experiencia del otro. Comprender exige interpretar, ponerse en su horizonte. La maldición del conocimiento es, en este sentido, un fallo hermenéutico: olvidamos que el otro no habita nuestro mismo mundo de significados.

En su libro teoría de la acción comunicativa Jürgen Habermas (1998), defendió que el diálogo auténtico requiere empatía y claridad. Cuando caemos en la maldición del conocimiento, rompemos esa ética comunicativa: hablamos desde nuestra torre del saber, sin tender puentes hacia el interlocutor. El sesgo no es solo un error cognitivo, sino una falta ética en la acción comunicativa con el otro.

En algún momento de nuestras vidas, tal vez mas de uno, nos ha tocado estar frente a alguien que explica con tanta seguridad que parece olvidar nuestra ignorancia.

Para citar algunos ejemplos:

  • El médico que usa tecnicismos y jergas con sus pacientes, presuponiendo que estos lo están entendiendo.
  • El profesor que asume que sus estudiantes ya dominan los conceptos básicos y que por tanto puede hablar con el vocabulario especializado que compete a la materia que imparte.
  • Las plataformas y base de datos que no son amigables ni intuitivas para los novatos resultando confusas y dificultando la navegación.
  • Algunos libros de filosofía llamados oscuros (“Fenomenología del espíritu” – G. W. F. Hegel, “Crítica de la razón pura” – Immanuel Kant, “Ser y tiempo” – Martin Heidegger, “El ser y la nada” – Jean-Paul Sartre, “Tractatus logico-philosophicus” – Ludwig Wittgenstein), donde hay que comprar otros donde se analice la obra original. Tal vez una de las razones por las que filosofía disfruta de una masa incontrolable de adeptos.

Por último, ejemplo, cuando una figura política en hace uso del léxico y terminologías en sus discursos que solo él y un grupo muy selecto de intelectuales sabe lo que está diciendo. El resto de la población, que use internet o busque comentaristas que aclaren lo que dijo o como suele suceder en vez de dilucidar tergiversen el discurso y es aquí donde entra un segundo problema. En tiempos de polarización y desinformación, este sesgo se vuelve aún más peligroso. Los expertos que no logran hacerse entender refuerzan la brecha con el público. Los discursos que presuponen comprensión generan distancia y desconfianza. El conocimiento, sin humildad, se convierte en incomunicación.

Es por tanto que esta falla ética comunicativa como le llama Habermas, es más que un síntoma de nuestra dificultad para salir de nosotros mismos. Más allá de la incomprensión en la comunicación, este sesgo abre un abanico de preguntas no solo del marco epistemológico con preguntas como: ¿Qué significa realmente compartir conocimiento? o ¿Qué significa “saber” si no podemos transmitirlo sin distorsión?, sino, también en el campo de la ética con preguntas como: ¿Hasta qué punto la incomunicación deliberada puede considerarse una forma de manipulación?, ¿Qué deber moral existe en traducir el conocimiento especializado a un lenguaje común?, ¿Puede haber democracia auténtica si los discursos políticos no son comprensibles para la mayoría? ¿Qué riesgos éticos implica la brecha comunicativa entre expertos y ciudadanos en tiempos de polarización?

En términos epistemológicos, el sesgo muestra la fragilidad del conocimiento compartido, pues evidencia lo difícil que resulta transmitir ideas sin que se distorsionen o pierdan en el proceso comunicativo. Pero en términos éticos, revela la responsabilidad moral de quien posee y comunica el saber: el deber de hacerlo comprensible, de reconocer al interlocutor como sujeto de derechos y no como receptor pasivo.

Cuando el discurso se encierra en sí mismo y presupone comprensión, se transforma en una falla ética comunicativa que erosiona la confianza, amplía la brecha social y debilita la posibilidad de un diálogo genuino. Así, el conocimiento sin humildad se convierte en incomunicación y, en última instancia, en una forma de poder que margina en lugar de integrar.

La maldición del conocimiento nos recuerda que saber no basta; comunicar es un acto filosófico de apertura al otro. La propuesta ética es cultivar la humildad epistémica y la empatía cognitiva: reconocer que nuestro saber no garantiza comprensión ajena y que enseñar, negociar, explicar, dialogar o cualquier otra actividad compartida en sociedad exige ponerse en el lugar del otro.

Referencias:

  • Edmund Husserl, (2000), Problemas fundamentales de la fenomenología. 325-350
  • Hans-Georg Gadamer, (1997), Verdad y método. 300-320
  • Jürgen Habermas, (1998), Teoría de la acción comunicativa. 120-180

 

 

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