Uno de los temas más inquietantes para el ser humano es el de la gratitud. Esta es definida por la Real Academia Española como el “sentimiento que obliga a una persona a estimar el beneficio o favor que otra le ha hecho o ha querido hacer, y a corresponderle de alguna manera”. Es decir, cuando el individuo es consciente de que ha sido favorecido por alguien, surge en él una suerte de imperativo que lo mueve a reconocer el bien recibido y a corresponder de alguna manera.
Un ejemplo significativo de esta actitud se encuentra en el Evangelio de Lucas (17:11-19), donde se relata la curación de diez leprosos. De los diez que recibieron el beneficio de la sanidad, solamente uno, compelido por ese imperativo de gratitud, regresó para agradecer a Jesús por el milagro recibido. La expresión del Maestro: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:17), pone de manifiesto la importancia que adquiere el agradecimiento frente al beneficio recibido.
La sorpresa expresada por Jesús ante el regreso de uno solo de los diez permite comprender que la gratitud no constituye una respuesta automática en el ser humano. Por el contrario, supone conciencia del bien recibido y reconocimiento de aquel de quien procede. Desde esta perspectiva, el agradecimiento adquiere una dimensión moral, pues revela cualidades propias de personas íntegras y leales, capaces de reconocer el favor recibido y de no olvidar a quien, en determinado momento, les ha extendido la mano.
Pero el tema de la gratitud campea, incluso, fuera de los límites bíblicos. El poeta peruano César Vallejo, en su poema Masa, presenta la gratitud no ya simplemente como un sentimiento peculiar del individuo, sino como un valor que adquiere sentido en el ámbito de la colectividad. Por su parte, el teólogo católico Scott Hahn plantea que el primer contacto que el individuo tiene con la sociedad se produce mediante la familia; es decir, que, en su devenir histórico y en su relación con los demás, el individuo aprende una serie de valores, buenos y malos, entre estos últimos los que contribuyen a su formación moral, como es el caso de la gratitud.

En este sentido, el poema de Vallejo permite comprender que el carácter del individuo se configura en función de su devenir y de su roce permanente con la sociedad. Para expresarlo, el poeta narra la historia de un combatiente de guerra que tiene que enfrentar la contingencia más desfavorable de la existencia humana: la muerte. Escribe Vallejo:
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: “¡No mueras, te amo tanto!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
“¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
La narrativa de Vallejo se inicia de manera inductiva, esto es, de lo particular a lo general, del mismo modo en que el individuo aprende valores, costumbres y formas de comportarse frente al otro. En el poema no se evade la otredad del sujeto, sino que se la contempla como necesaria y vinculante en la configuración de su comportamiento. El combatiente, metáfora del individuo que emerge y se forma en medio de los avatares de la vida, tiene un primer contacto con alguien que se acerca a él y le ofrece su solidaridad. Este primer encuentro es descrito por Vallejo en medio de un momento tortuoso y embarazoso: la muerte del combatiente.
Se trata de uno de esos momentos en los que, en medio de la mayor soledad ominosa del sujeto, alguien aparece «echando a rodar la pelota», como se plantea en el filme Mi nombre es Khan (My Name Is Khan, 2010), dirigido por Karan Johar. Este «echar a rodar la pelota» hace alusión al momento en que el sujeto, convertido en objeto de censura y desprecio, encuentra a alguien que, contra toda opinión adversa y toda censura, decide creer en él. Es precisamente lo que representa el primer hombre del relato de Vallejo: aquel que se acerca al combatiente caído y, frente a la indiferencia de los demás y a la adversidad de las circunstancias, extiende hacia él su brazo de apoyo, solidaridad y compañerismo.
Continuando con Vallejo, aquel acto inicial, reconoce el poeta, había tenido tal efecto en la colectividad que el ruego dejó de ser local para consolidarse en lo universal. Tal es el efecto de los primeros actos que, gracias a la persistencia, producen resultados que trascienden lo particular hasta alcanzar lo universal. Es decir, de golpe y porrazo nadie cree en nadie; sin embargo, basta el esfuerzo de uno solo que, contra los convencionalismos y las opiniones adversas, decida darle una oportunidad al otro, confiarle una tarea o depositar en él su confianza, para que ese acto primigenio pueda convertirse, por decirlo así, en una especie de onda expansiva moral que termina adquiriendo una dimensión colectiva.
De este modo, lo que comienza con la acción solitaria de un hombre frente al combatiente caído se multiplica progresivamente hasta involucrar a la humanidad entera. El gesto inicial rompe la indiferencia y abre el camino para que otros hagan lo mismo. Así, Vallejo conduce su relato de lo particular a lo universal y muestra cómo la persistencia de un acto solidario puede trascender al individuo y convertirse en una fuerza colectiva. El poeta lo describe de la siguiente forma:
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando “¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: “¡Quédate hermano!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Aquí viene, precisamente, el tema de la gratitud. Vallejo no dice que el combatiente se detenga a disertar en un acto de reconocimiento hacia las muchedumbres que hoy corean vítores en su derredor, cuando otrora, en medio de su desplome moral, yacía en el suelo —porque la muerte también puede tener una connotación moral— y no le dieron siquiera el beneficio de la duda o, por citar otro caso, no lo consideraron apto para determinada función.
El hecho es que la decisión de uno hizo efecto en miles, provocando una especie de onda expansiva que terminó convirtiendo aquel acto individual en una acción colectiva. Sin embargo, la gratitud del combatiente parece dirigirse, de manera especial, no hacia los miles que finalmente se congregaron a su alrededor, sino hacia el primer hombre, aquel que, cuando todavía nadie creía en él, se acercó y le dio el primer aliento de vida. Dice Vallejo:
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…
Aquí, la reflexión de Vallejo nos encamina hacia el reconocimiento y la honra de quienes, en un acto inicial, nos valoraron contra toda aversión colectiva que nos fustigaba. El “abrazar al primer hombre” denota la preeminencia de la gratitud que, partiendo del poema, puede entenderse como producto del devenir del sujeto en sociedad, en contacto con grupos que, de alguna forma y en tanto estructuras sociales, moldean en nuestra conciencia el valor de reconocer a quienes nos favorecieron en el rumbo de nuestras vidas.
Y el acto de “favorecer” no necesariamente implica el detrimento del otro; aquí significa recibir un “favor”: ser ayudado, motivado o, como encierra simbólicamente el poema, impulsado a seguir adelante. Significa, sencillamente, encontrar a alguien que no nos deje hundidos en la miseria, el fracaso o el abandono, por citar algunos casos, sino que extienda su mano cuando las circunstancias y el juicio de los demás parecen empujarnos en dirección contraria.
Pero hay una nota disruptiva que tanto la historia lucana como la vallejana presentan entre líneas y que se hace preciso resaltar: la valoración de la gratitud implica, de alguna forma, la presencia latente de su opuesto, la ingratitud. Esta última, pariente antagónica de aquella, se caracteriza precisamente por desconocer el mérito de los demás, resistirse a volver sobre sus pasos y negarse a agradecer a quien, en algún momento, contribuyó a que el individuo pudiera superar su ignominia, su fracaso o alguna circunstancia desfavorable de su existencia. En este sentido, no puede comprenderse plenamente el valor de la gratitud sin considerar la posibilidad de su contrario, pues el acto de reconocer el bien recibido adquiere mayor relevancia precisamente frente a la posibilidad de olvidarlo o desconocerlo.
Dos casos permiten ilustrar este tipo de carácter: el personaje que presenta Nicholas Hytner en el filme La locura del rey Jorge (The Madness of King George, 1994) y el personaje histórico de Benito Mussolini que Néstor Luján y Luis Bettonica describen, a grandes rasgos, en Y Mussolini creó el fascismo (Luján & Bettonica, 1971). El primer caso apunta a la locura como factor que perturba inicialmente el reconocimiento del otro; el segundo, en cambio, conduce hacia la soberbia y la traición como factor y consecuencia, respectivamente. En ambos casos, aunque desde circunstancias diferentes, la ingratitud aparece como la negación del reconocimiento debido a quien, en determinado momento, estuvo presente, favoreció o extendió su mano cuando las circunstancias resultaban adversas.
En la primera, La locura del rey Jorge, Hytner presenta la historia de un monarca que, a semejanza de Nabucodonosor, por un factor demencial fue privado temporalmente del ejercicio de su mandato. El rey en cuestión quedó prácticamente en completa soledad, mientras muchos de sus leales deliberaban sobre si destituirlo o no; sólo uno permaneció a su lado, su chambelán, quien, acto seguido, emprendió un verdadero periplo procurando su recuperación, buscando al mejor médico y enfrentándose contra quienes atentaban contra la estabilidad de su señor. Al final, sus esfuerzos prosperan y el monarca, cual insigne figura de la antigüedad babilónica, retorna al ejercicio de sus funciones. Y aquí entra el tema de la ingratitud, no necesariamente como un fenómeno ligado exclusivamente a lo demencial, sino como una actitud que adquiere su verdadera dimensión cuando se contempla a la luz de los acontecimientos que la precedieron. El monarca, ya en un acto de aparente lucidez, ejerce nuevamente sus funciones monárquicas, favoreciendo paradójicamente, a quienes lo adversaron abiertamente designándolos en puestos claves. Pero, al llegar a su chambelán, aquél que, a pesar incluso de los episodios más degradantes padecidos por el rey, entre ellos el descontrol de sus esfínteres, nunca lo desamparó, su sentencia delante de todos fue clara: «¡Y tú estás despedido!».
El director Hytner da aquí un giro inesperado al final de su obra. ¿Qué quiso resaltar? Es una pregunta que, para responderla, obliga a apreciar el filme con detenimiento, pues sólo así puede comprenderse la dimensión que adquiere la ingratitud dentro de su desenlace. El filme resalta que esta actitud no puede ser apreciada en toda su magnitud si no se contempla dentro de su contexto. Sin presentar el desmoronamiento paulatino de las facultades racionales del monarca y su consecuente deterioro gubernamental, así como la entrega que le manifestó su chambelán durante el momento más ominoso de su existencia, no puede entenderse el impacto connotativo de su despido. La ingratitud, como némesis de la gratitud, emerge precisamente cuando quien ha recibido el favor, una vez superada la adversidad, se siente nuevamente seguro y considera que ha alcanzado cierto grado de completitud que le permite prescindir de aquel que otrora le extendió la mano. Es entonces cuando el olvido del bien recibido adquiere toda su dimensión moral: mientras Vallejo hace que el combatiente, una vez levantado, abrace al primer hombre, Hytner resalta figura moral de un monarca que, una vez restablecido, despide a quien permaneció a su lado cuando los demás deliberaban sobre su funesto destino.
Pero, si el planteamiento de Hytner resulta disruptivo respecto a las narrativas del Evangelio de Lucas y de Vallejo, particularmente por la inquietud que plantea en torno a la racionalidad del sujeto y al sentido que éste atribuye al beneficio recibido de la otredad, el de Luján y Bettonica resulta todavía más descarnado, porque plantea que la ingratitud, en cuanto némesis de su opuesto, constituye una especie de nexo entre la soberbia y la traición. Los autores de Y Mussolini creó el fascismo presentan a un Mussolini inicialmente abyecto, cuyo medrar transcurre entre la miseria y lo que podría denominarse la moral del sobreviviente; esto es, la de quien, acuciado por la necesidad, no tiene miramientos en satisfacerla aun allende los límites morales.
Un caso que los autores citan, a modo de ejemplo, es aquel en el que el futuro Il Duce, acuciado por el hambre, entra en una iglesia cristiana y, para arrebatarle un mendrugo de pan a una anciana feligresa, se lanza violentamente hacia ella. El episodio, más allá de la necesidad inmediata que lo provoca, permite apreciar la configuración de un carácter en el que la supervivencia propia parece imponerse sobre cualquier consideración respecto al otro. Es precisamente desde este trasfondo que posteriormente puede comprenderse con mayor fuerza el tránsito entre la soberbia, la ingratitud y, finalmente, la traición.
A continuación, Luján y Bettonica inician una contextualización en la que el ego inflado de Mussolini comienza a ponerse de manifiesto. Es imperativo advertir que la megalomanía no necesariamente se manifiesta en la escasez ni en las circunstancias deplorables; antes bien, estas pueden fungir como caldo de cultivo para que aquella se exteriorice en el preciso momento en que el individuo encuentra acogida en alguien que decide recibirlo, alimentarlo y favorecerlo, sin saber que, con ello, también puede estar alimentando el ego de quien comienza a considerarse superior a los demás. La precariedad, pues, no constituye por sí misma la megalomanía, pero el tránsito de la miseria al reconocimiento y, posteriormente, al poder puede crear las condiciones para que esta se manifieste en toda su dimensión.
Los autores contextualizan el ego megalómano de Il Duce cuando describen el ambiente en el que este encontró acogida y comenzó a rodearse de aquellos que posteriormente integrarían el movimiento fascista, particularmente los llamados Camisas Negras. Es aquí donde, a modo de analogía, puede establecerse una semejanza con Alí Babá y los cuarenta ladrones, del célebre relato contenido en Las mil y una noches: un individuo inicialmente precario que encuentra acogida en un grupo que termina siendo determinante en su devenir. Sin embargo, la acogida que inicialmente representa auxilio y oportunidad puede convertirse, con el ascenso del sujeto, en alimento de una percepción desmesurada de sí mismo. Es precisamente en este tránsito donde comienza a configurarse el terreno sobre el cual la soberbia puede conducir al olvido del beneficio recibido y, finalmente, a la ingratitud.
Los autores describen la trayectoria ascendente de Mussolini; su crecimiento halló consistencia en medio de la abyección moral, en tanto consecuencia de la miseria que lo circundaba. Allí creció y alcanzó el triunfo político; cualquier acto deleznable, sin importar su grado de cerrilidad, cursilería o histrionismo, constituía para él un medio factible y justificable para alcanzar su ascenso político. Crecimiento que el mismo líder italiano llegó a considerar como una virtud privativa, conquistada mediante su propio empeño y una entrega incansable, como si cuanto había alcanzado fuese producto exclusivo de sí mismo y no existieran, detrás de su trayectoria, personas y circunstancias que hubiesen contribuido a encumbrarlo.
Tanto llegó a afianzarse esta percepción que, ante una medida tomada durante su mandato, por nefasta que ésta fuera, reaccionaba con expresiones de irrevocabilidad, como una especie de vox Dei a la que nadie podía contradecir. Su voluntad adquiría así, ante sus propios ojos, el carácter de sentencia definitiva: no era solamente el gobernante quien decidía, sino el individuo convencido de que su decisión era correcta por el solo hecho de provenir de él. Indiscutiblemente, la soberbia lo había investido.
Pero la soberbia deja lastre; lo que sigue a continuación es la actitud de desconocer el mérito de quienes lo acogieron en su peor momento de soledad. A continuación, los autores describen cómo Mussolini, después de consentir en un acto anárquico de los Camisas negras, porque convenía a sus pretensiones políticas del momento, ante la presión de la opinión pública termina denunciándolos como una partida de malhechores con los que, según él, no tenía ningún nexo. De este modo, aquellos que otrora habían resultado útiles para su ascenso son desconocidos precisamente cuando el vínculo con ellos comienza a resultar inconveniente para sus intereses políticos.
El hecho es que no solamente olvida haber sido favorecido por ellos, sino que los desconoce y, más aún, los expone a la sanción pública, lo que revela un acto pleno de traición. La soberbia deja entonces su lastre: primero, conduce al desconocimiento del mérito de quienes lo favorecieron; luego, a la ingratitud hacia aquellos que le extendieron la mano en el momento de la adversidad y, finalmente, a la traición, cuando el antiguo favorecedor se convierte en un obstáculo para los intereses de quien, una vez beneficiado, considera que ya no lo necesita.
Pero la ingratitud carece de vergüenza y de memoria: de la primera, porque tiende a instrumentalizar a los demás sin el menor escrúpulo; y de la segunda, porque tiene el descaro de dirigirse nuevamente a quienes traicionó, bajo el supuesto de que nadie recuerda. Así puede apreciarse en la referida biografía sobre Benito Mussolini, quien, ante un inconveniente político que escapó de su control, se dirige precisamente hacia el grupo que anteriormente había denunciado como anárquico y malhechor. Carente de memoria y desprovisto de toda vergüenza, recurre nuevamente a los Camisas Negras para solicitar su apoyo, como si el acto de desconocimiento y traición cometido contra ellos nunca hubiese ocurrido.
Pero la ingratitud, si bien es cierto que es producto de la soberbia y tiene como lastre la traición, tarde o temprano termina conduciendo a la soledad. La respuesta que Mussolini obtuvo de sus antiguos favorecedores fue un rotundo no, expresado en una sentencia que encierra precisamente la memoria de la traición padecida: “¡Quien traiciona una vez, traiciona dos veces!”. De esta manera, quien en un momento instrumentalizó a los demás en función de sus propios intereses termina enfrentándose a las consecuencias de sus actos: aquellos a quienes desconoció cuando ya no los consideraba necesarios recuerdan la afrenta y, llegado el momento en que vuelve a necesitarlos, se niegan a extenderle nuevamente la mano.
Concluyendo, la gratitud es una actitud que solamente existe en quienes reconocen que, de alguna manera, son también producto de los demás. A Isaac Newton se le atribuye una frase que sostiene que, si pudo ver más lejos, fue porque estaba “sobre hombros de gigantes”. Nadie llega lejos sin haber recibido, en algún momento de su devenir, el favor, la ayuda o el impulso de alguien. No es que quien favorece deba necesariamente esperar la gratitud del otro, pero resulta improcedente cortar las ramas del árbol que alguna vez nos dio cobijo. Cuando esto ocurre, se ponen de manifiesto la ingratitud, la soberbia y la traición; y, lo que es peor, quien así procede termina viviendo bajo la constante sospecha de los demás, pues aquel que traiciona a quien otrora le extendió la mano deja siempre abierta la posibilidad de volver a hacerlo.
Cito, a modo de ejemplo, el caso del dictador dominicano Ulises Heureaux, Lilís, quien, habiendo crecido políticamente bajo la sombra de Gregorio Luperón, terminó desconociendo el ascendiente de quien había contribuido a su encumbramiento y posteriormente conspiró en su contra. No porque Lilís no mereciera crecer ni alcanzar sus propias aspiraciones, sino porque su ascenso no justificaba desconocer a quien alguna vez le había extendido la mano. En términos coloquiales, “mordió la mano de quien le dio de comer”. He ahí, finalmente, la diferencia entre quien reconoce los hombros sobre los cuales pudo mirar más lejos y quien, una vez alcanzada la altura, pretende olvidar que alguna vez necesitó de ellos.
Como enseña Lucas, hay que volverse y agradecer a quien nos abrazó a pesar de lo putrefacto de nuestras circunstancias; y, como sugiere Vallejo, abrazar al “primer hombre”, a aquel que se acercó cuando todavía los demás permanecían distantes. No se trata de rendir culto a su persona, de someternos perpetuamente a su voluntad ni de convertir el favor recibido en una deuda impagable, sino de reconocer, con integridad, el lugar que ocupó en nuestro devenir. La gratitud no exige servidumbre; exige memoria.
Es, en definitiva, un valor que aprendemos inicialmente en casa y un principio que permanece latente en nuestra conciencia a medida que entramos en contacto con los demás. Consiste en saber volver la mirada hacia quienes, en algún momento de nuestro recorrido, nos tendieron la mano, creyeron en nosotros, nos dieron el beneficio de la duda o, sencillamente, se negaron a dejarnos tendidos en el suelo. Volverse, como aquel hombre del relato lucano, y abrazar al “primer hombre”, como en Vallejo, constituyen entonces dos imágenes de una misma exigencia moral: no olvidar a quien estuvo presente cuando todavía no había razones, conveniencias ni multitudes para estarlo.
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