
No todos tienen la vocación para dedicarse a la carrera de profesor, la cual conlleva una responsabilidad social muy personal. Ser el responsable de guiar, formar y ayudar a construir un ser humano honesto, capaz, responsable, con costumbres, valores, ético… va más allá de solo impartir un contenido.
Escuchar «El estudiante no aprende por falta de estrategias del docente» es un discurso que se difunde a grande escala. Ahora bien, debemos dejar claro que todos los docentes utilizan estrategias, pero ¿Cuál? ¿De enseñanza o aprendizaje?
«Las estrategias de aprendizaje son procesos de toma de decisiones conscientes e intencionales en los cuales el alumno elige y recupera, de manera coordinada los conocimientos que necesita para cumplimentar una determinada demanda u objetivo, dependiendo de las características de la situación educativa en que se produce la acción» (Monereo, 1994).
Según autores (Schmeck, 1988; Schunk, 1991) «Las estrategias de aprendizaje son secuencias de procedimientos o planes orientados hacia la consecución de metas de aprendizaje»
Si se analizan las dos conceptualizaciones identificamos que la responsabilidad recae en el alumno no en el docente. Por ello, existe una diferencia extrema entre estrategia de aprendizaje (alumno) y estrategia de enseñanza (docente). Todos los docentes incluyéndome empleamos diversas estrategias de enseñanza, pero no todos logran que el estudiante aprenda, logrando el proceso cognitivo que permita la construcción del conocimiento y así aprender.
La didáctica contemporánea se encuentra inmersa en una transición fundamental, redefiniendo los roles de docentes y estudiantes, priorizando la adquisición de competencias sobre la mera asimilación de contenidos. En este contexto, la efectividad educativa reside en la selección e implementación de estrategias de enseñanza-aprendizaje que procuren la participación consciente e intencionada del alumno en la construcción de su propio conocimiento. El conocimiento no es un cuerpo estático de información, sino una herramienta dinámica para comprender y transformar la realidad, coproducida a través de la actividad y la interacción con el entorno.
Históricamente, la enseñanza tradicional se ha basado en la transmisión de saberes conceptuales establecidos, concibiendo al profesor como proveedor y al alumno, en el mejor de los casos, como un consumidor pasivo de conocimiento acabado. Sin embargo, la investigación educativa subraya que, para forjar ciudadanos capaces de razonamiento, creatividad y comprensión, este modelo es insuficiente.
Los enfoques modernos exigen que la enseñanza se base en la experiencia y en la actividad, facilitando el desarrollo de procedimientos y actitudes, además de conceptos. El aprendizaje se concibe como un proceso comunicativo mediado, donde el estudiante adquiere destrezas y habilidades a través de técnicas disponibles, generalmente en contextos de solución de problemas.
Por su parte, el estudiante se erige como el eje central del sistema de aprendizaje. Se espera que el alumno sea un «descubridor, integrador y presentador de ideas». Esto implica que dirija por sí mismo sus actividades de aprendizaje, que se enfrente a la ambigüedad y busque recursos para resolver los retos que se le presentan.
Dentro de las estrategias didácticas que impulsan la autonomía y la capacidad de transferencia del aprendizaje, el Método de Problemas (MPP) destaca por su naturaleza activa. Este procedimiento didáctico confronta al alumno con situaciones problemáticas que requieren investigación, revisión de temas y la formulación de una o más propuestas de solución. El MPP enfatiza el razonamiento, la reflexión profunda y la utilización de ideas, ayudando al alumno a desarrollar actitudes de autofinanzamiento y confianza en sí mismo. ver (UAEM, s.f.).
Por otro lado, el Método de Simulación o Juego de Roles (Role-Playing) se presenta como una técnica valiosa, pues permite a los participantes asumir roles en un sistema de condiciones similares a la realidad, practicando y evaluando su propia conducta en situaciones que involucran carga emocional o conflicto. Este método es especialmente útil para explorar posibles soluciones y desarrollar habilidades de comunicación y comprensión de otras personas, al obligar al alumno a asumir actitudes y comportamientos diferentes a los suyos.
La clave del éxito en estas estrategias radica en la intencionalidad didáctica. Las actividades deben ser estructuradas o semiestructuradas, nunca limitándose a secuencias rutinarias o automáticas de habilidades.
Para garantizar que el aprendizaje sea significativo, las estrategias deben enfocarse en la reestructuración conceptual del estudiante. El enfoque de la enseñanza mediante Conflicto Cognitivo asume que la meta de la educación científica es sustituir las concepciones intuitivas del alumno por conocimiento científico más riguroso y lógico. Esto se logra confrontando las concepciones alternativas del estudiante con situaciones o hechos que generen una insatisfacción con su teoría previa, motivando el cambio conceptual.
Esta integración debe estar enmarcada en una intencionalidad pedagógica clara, donde el profesor se desdoble como asesor y facilitador, y el alumno se comprometa con la responsabilidad y autonomía requeridas para ser un agente transformador de la realidad. Solo mediante este enfoque multidimensional, que valora tanto el proceso como el producto, se puede garantizar un aprendizaje significativo y activo que prepare a los estudiantes para los retos del futuro.
Sin embargo, (Barriga, 1998) se inscribe dentro de la corriente cognitiva y constructivista que revalora el papel activo del sujeto en la construcción del conocimiento. Desde esta perspectiva, enseñar y aprender constituyen procesos interdependientes que requieren de la mediación consciente y planificada del docente, así como de la participación estratégica del alumno. Las estrategias de enseñanza, diseñadas intencionalmente por el agente educativo, buscan generar las condiciones óptimas para que los estudiantes desarrollen aprendizajes significativos; mientras que las estrategias de aprendizaje se refieren a los procedimientos que los propios alumnos internalizan y aplican de manera autónoma para aprender, recordar y transferir la información. Ambas dimensiones confluyen en un mismo propósito: favorecer una comprensión profunda, funcional y duradera del conocimiento.
En este marco, en la enseñanza se distingue tres momentos clave de aplicación: las estrategias preinstruccionales, que preparan cognitivamente al estudiante antes del aprendizaje; las coinstruccionales, que lo acompañan durante el proceso; y las posinstruccionales, que facilitan la integración, síntesis y evaluación de lo aprendido. Entre las más representativas se encuentran los objetivos de aprendizaje, los organizadores previos, las analogías, las ilustraciones, los resúmenes, las preguntas intercaladas, los mapas conceptuales y las redes semánticas. Cada una de ellas cumple una función específica que, articulada en la práctica docente, potencia la comprensión y retención de los contenidos escolares.
Por su parte, las estrategias de aprendizaje constituyen un conjunto de procedimientos cognitivos, metacognitivos y autorreguladores que los estudiantes desarrollan para aprender de manera eficaz y significativa. Estas estrategias incluyen la elaboración conceptual, la organización de la información, la autoevaluación, la planificación de tareas y la regulación de la propia comprensión. El aprendizaje estratégico implica que el sujeto es capaz de seleccionar, combinar y adaptar conscientemente estas estrategias según la naturaleza de la tarea y las demandas del contexto. Así, el alumno deja de ser un receptor pasivo de información para convertirse en un aprendiz autónomo, reflexivo y responsable de su propio proceso formativo.
La relación entre las estrategias de enseñanza y las de aprendizaje es, por tanto, dialógica y complementaria. Las primeras orientan, facilitan y estructuran el proceso educativo desde la acción pedagógica del docente; las segundas expresan la apropiación y uso consciente de tales mediaciones por parte del estudiante. Esta interacción constituye el núcleo de la enseñanza significativa, en la que se busca que los contenidos adquieran sentido personal, relevancia funcional y aplicabilidad en contextos diversos. La función mediadora del profesor se traduce en la creación de ambientes de aprendizaje que favorezcan la reflexión, la transferencia del conocimiento y el desarrollo de competencias cognitivas y metacognitivas.
Referencias
Díaz Barriga Arceo, Frida y Gerardo Hernández Rojas (1998). “Estrategias de enseñanza para la promoción de aprendizajes significativos” en Estrategias docentes para un aprendizaje significativo. Una Interpretación constructivista. México, McGraw Hill pp. 69-112.
Monereo. C. (Coord.) (1994). Estrategias de enseñanza y aprendizaje. Formación del profesorado y aplicación en la escuela. Barcelona: Graó.
Schmeck, R. R. (1988). An introduction to strategies and styles of learning. En R. R. Schmeck (Ed.), Learning strategies and learning styles. New York: Plenum Press.
Schunk, D. H. (1991). Learning theories. An educational perspective. New York: McMillan
Universidad Autónoma del Estado de México. (s.f.). Manual de estrategias de enseñanza-aprendizaje. Facultad de Medicina. Recuperado de https://www.uaem.mx/sites/default/files/facultad-de-medicina/descargas/manual-de-estrategias-de-ense%C3%B1anza-aprendizaje.pdf
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