
Como movimiento ideológico, cultural, político, la Ilustración removió las bases y el orden del mundo occidental y asentó sobre la libertad, la fraternidad y la igualdad, ya no sólo políticas, sino de pensamiento, una nueva manera de concebir la organización y relación social de los pueblos que sobre ella se levantarían.
El camino desde las concepciones teóricas a la praxis política fue largo, audaz, imperfecto; muchas de las fuerzas vivas que hicieron posible las primeras revoluciones “ilustradas” tuvieron que recordar, reclamar y arrebatar para sí, de sus compañeros, los mismos derechos que ya habían conquistado de la nobleza y la jerarquía que derrocaron, ¿causas?, quizás no bastó la reflexión teórica previa, la enciclopedia, para desintegrar viejos prejuicios y concepciones humanas. En el caso específico de la Mujer, el nuevo proceso se negaba a sí mismo y seguía privándolas de la “capacidad para pensar por sí mismas”.
El presente artículo intenta reflexionar de manera breve sobre la problemática de la mujer y su plena integración y reconocimiento en torno a la Ilustración. Para esto se hará un primer esbozo sobre este movimiento según lo define en su clásico ensayo Immanuel Kant, se contextualizará la ambigüedad del abordaje de la cuestión femenina por los ilustrados y se analizará a partir del análisis de otro de los ensayos del propio Kant, como ha sido consecuente con sus ideas y su época a la hora de abordar la problemática femenina.
La ilustración según Kant
A finales del S XVIII quizás a la usanza de la prensa de la época en un periódico alemán se publicó una pregunta: ¿Qué es la ilustración? Una de las primeras respuestas en aparecer es la del filósofo alemán Immanuel Kant quien inmortaliza en un ensayo de igual nombre el espíritu de la época que se estaba gestando, es la salida del hombre de su minoría de edad. Puntualiza el autor desde las primeras líneas que esta culpable minoría de edad radicaba en la imposibilidad de servirse de su propia razón sin la ayuda de otro, ante esta, la nueva fórmula resumida en el Sapere Aude, “Ten el valor de servirte por tu propia razón” (Kant, 2009: 249)
El ejercicio pareciera muy simple, sin embargo la realidad evidenciaba hasta el inicio de la época, a la mayoría de los hombres y la totalidad de las mujeres (nótese como Kant lo explicita), incapacitados de valerse y pensar por sí mismos; aclara entonces Kant los obstáculos: La pereza del individuo que se acomoda a que todo se lo den, no involucrarse, no esforzarse, anquilosarse, no pensar; las prescripciones de los tutores de la época a los que la citada pereza, les cede la responsabilidad de conducirnos, según Kant, atontarnos como reses domesticadas; por último el miedo, la cobardía, que nace de la alerta y persuasión del tutor sobre el riesgo que implicaría si se intentase independizar y andar lejos de ellos.
No obstante, afirma Kant, es casi inevitable que el ser humano llegue por sí a la Ilustración, sólo basta la libertad, con esta, el germen del ejercicio racional para el que por naturaleza estamos dotados, brota necesariamente, aun incluso entre quienes antes habían sido tutores, lo que provocará una estima y admiración alrededor suyo que moverá a otros a liberarse; pero ojo con esta libertad, conquistarla mediante una revolución no garantizará por sí misma que lleguen los individuos a la ilustración, la verdadera revolución para Kant sería interna, personal, del pensamiento, porque sin esta: “nuevos prejuicios, en lugar de los antiguos, servirán de riendas para conducir al gran tropel.” (Kant, 2009:250)
La libertad que aquí propugna el autor es la de hacer uso público de la razón, de cuyo uso privado distingue. Hacer uso público de la razón es presentar nuestras propias ideas, desde la formación, a consideración de los demás, esta debe gozar de total libertad y es la única vía para fomentar la ilustración en los otros. El uso privado de la razón es el que algunos individuos hacen utilizando sus facultades racionales dentro del marco de unas funciones o puestos, esta debe ser limitada pensando en los fines de la institución o el bien común que pueda representar sus servicios.
Casi al final de su ensayo, Kant hace referencia al alcance social y político de la ilustración de los individuos, se puede dilatar su adquisición, pero no renunciar a ella, hacerlo sería pisotear los derechos, ya no de las personas, sino de la humanidad. La reunión de las voluntades de los integrantes de un pueblo permitirá aquella libertad necesaria que ningún gobernante pueda dar y permitirá a los legítimos regir de acuerdo a la voluntad popular. Al hacer un análisis sobre la época en la que vive, Kant, la declara sino ilustrada, de ilustración, y destaca como en su país se iban garantizando las condiciones para el ejercicio del libre pensamiento. Finalmente este nuevo orden de cosas es visto por nuestro autor con esperanza porque repercutirá en el sentir del pueblo, lo irá habilitando para la libertad no sólo del pensar sino del actuar y le merecerá de sus gobernantes un trato conforme a la dignidad humana que ahora, empoderado e ilustrado refleja.
Las mujeres y la ilustración
Las mujeres, casi siempre han sido las grandes olvidadas en las historias de emancipación mental y política de la humanidad, relegadas al trabajo doméstico o a la “sublime” constitución del hogar y la familia. Sus luchas y victorias al lado de los hombres, han tenido que ser reclamadas por posteriores luchas en contra de la mentalidad de estos. Les ha costado igual sangre el acceso a la pluma, el grito y el texto; que a la tierra, la patria y el derecho.
Así pasó también con la Ilustración, cuya reflexión teórica ya avizoraba lo difícil que les resultaría conquistar la igualdad que se pregonaba, pero les abría la puerta quizás como nunca, para legitimar su lucha en contra del poder patriarcal.
Para (Puleo et al, 1993) el discurso de la Ilustración sobre las mujeres es ambigüo y está matizado por el debate entre sus defensores y detractores. Esta ambigüedad encuentra fuentes según la autora, en la fortaleza de las costumbres y prejuicios afincados en la sociedad, de los cuales no podían desprenderse los ilustrados; la tensión entre el deseo de cambio, la crítica a las estructuras y el nuevo enfoque determinista, biologicista de las ciencias naturales; el discurso imperante de una nueva burguesía, que liderados por Rousseau expresarán tácitamente “un nuevo modelo de familia que consagra la exclusión de las mujeres del ámbito de lo público (Puleo et al, 1993:14)
Teniendo claros los presupuestos básicos de la ilustración tal y como los desarrolló Kant y contextualizadas las posibles faltas de este movimiento cultural hacia las mujeres, se intentará mostrar a continuación la coherencia del propio autor sobre el tema, a partir del análisis de uno de sus textos, que aunque anterior en fecha, se alinea con una variante de los presupuestos teóricos de la Ilustración que sus máximos exponentes proponían.
Visión kantiana de la mujer. ¿Ilustrada?
EL texto que será analizado se titula “Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime” publicado por Kant en el 1764, se trata de un ensayo sobre varios temas con la Estética como común denominador. Específicamente se centrará el análisis en su sección III “Sobre la diferencia entre lo sublime y lo bello en la relación recíproca de ambos sexos”
Menciona Kant que la naturaleza había dispuesto al hombre, en sentido genérico, para poder llegar por sí a la ilustración y salvo algún defecto de esta, todos la podían en potencia alcanzar, sin embargo, acota acá con más detalle las características de esta naturaleza en el hombre y la mujer.
El bello sexo tiene tanta inteligencia como el masculino, pero es una inteligencia bella; la nuestra ha de ser una inteligencia profunda, expresión de significado equivalente a lo sublime…De ello debemos deducir que los fines de la naturaleza tienden, mediante la inclinación sexual, a ennoblecer siempre más al hombre y a hermosear más a la mujer.(Kant, 1919: s.p.)
Deja de esta manera queda definida una diferencia intrínseca de la naturaleza humana que conducirá luego el ejercicio racional por caminos muy distintos, el de la contemplación y disfrute de las fatuidades en la mujer, difícilmente la pueda encaminar por las sendas de la ilustración.
Situaba nuestro autor como hemos visto con anterioridad una serie de obstáculos que podían impedir el libre ejercicio de la propia razón, la pereza, la cobardía, las prescripciones de los tutores.
Nos descubre ahora en este nuevo texto cuan pesado, trabajoso y penoso pueden llegar a ser la meditación profunda, el examen prolongado, el estudio y la reflexión para las mujeres y cuan mal le pueden sentar a quien sólo debe mostrar una naturaleza bella.
La tarea de una inteligencia bella es elegir “por objetos suyos los más análogos a los sentimientos delicados, y abandonar las especulaciones abstractas o los conocimientos útiles, pero áridos a la inteligencia aplicada, fundamental y profunda.” (Kant, 1919: s.p.)
¿No se está aquí favoreciendo, orientando a la mujer, a la tan temida pereza que en el ensayo sobre la ilustración paralizaba? ¿Acaso no se le está persuadiendo a un estado de comodidad y distensión, que en otro caso adormeciera?
Los casos de mujeres que cruzaron esa línea de la comodidad, ¿entonces no hay tal limitación natural para cruzarla? Y se llenaron de griego, o que discuten sobre mecánica, son puestas en ridículo enseguida por nuestro autor y comparadas con hombres a los que sólo les falta la barba, lo que no sola crearía repulsión, sino miedo a querer emprender semejante camino.
Si antes eran considerados los tutores como unos aprovechados que sacaban ventajas de la ignorancia de los demás y los persuadían como reses domesticadas a seguir su voluntad, ahora tácitamente no sólo es propuesto el oficio de tutor de las mujeres sino que se declaran sus beneficios en el ennoblecimiento del hombre y se les da un programa para instruirlas de acuerdo a su débil naturaleza: “se procurará ampliar todo su sentimiento moral, y no su memoria, valiéndose, no de reglas generales, sino del juicio personal sobre los actos que ven en torno suyo.” .(Kant, 1919: s.p.)
Si antes Kant hacía referencia a los tipos de uso de la razón humana, subrayando el uso público en libertad como el verdadero camino para, no solo llegar a la ilustración, sino repercutir en la ilustración de los otros, ahora niega a las mujeres hasta el uso privado de la razón que antes había definido: “Nada de deber, nada de necesidad, nada de obligación. A la mujer es insoportable toda orden y toda constricción malhumorada… No se exijan, además, sacrificios y generoso dominio de sí mismo.” (Kant, 1919: s.p.) Condiciones estas últimas abordadas, que antes había pedido como sacrificio para el mayor bien común, a quienes ejercieran cargos públicos o desempeñasen funciones sociales.
Si antes había alabado el gobierno de Federico porque abría las puertas al uso de la razón propia, siempre y cuando se obedeciera, y veía en esto una feliz tendencia que permitiría el acceso a libertades cada vez mayores y el ejercicio de un gobierno que reconociera la dignidad de sus miembros; ahora en su ensayo sobre lo bello y lo sublime en los sexos preconiza un autoritarismo necesario en el matrimonio, comunidad menor, donde: “la pareja unida debe constituir como una sola persona moral, regida y animada por la inteligencia del hombre y el gusto de la mujer” .(Kant, 1919: s.p.)
Conclusiones
El “atreve a pensar por ti mismo” de la época moderna se convirtió en estandarte de generaciones posteriores y resurge ahora como eco necesario cuando tantas voces y tantos medios quieren servirnos la información a su gusto. Acoger la llamada implica volver a la época y distinguir los obstáculos que ralentizaron la Ilustración de hombres y mujeres para identificarlos y sortearlos en la actualidad, comprender la imperfección de los precursores de sus presupuestos teóricos, pero no justificarlos porque como diría el profesor Ignacio Ayestarán también en esa misma época e igualdad de condiciones otros se manifestaron diametralmente opuestos. Immanuel Kant fue un hombre de su época, sintetizó lo mejor que pudo de toda la Filosofía que lo precedió y sentó bases para su desarrollo futuro, sin embargo no se pudo desligar de sus prejuicios y los prejuicios de su época al abordar en toda su profundidad el merecido lugar de las mujeres en la Ilustración.
Les atribuyó en los maridos a los tutores que otrora había despreciado como retardadores de la ilustración, de manera determinista limitó las posibilidades de su inteligencia centrándola en lo meramente sentimental y fatuo, no les concedió ni le limitado uso privado de la razón que en ocasiones vio necesario para el bien común de los pueblos, las condenó al hogar, a la pereza, a la sujeción; el estudio de estas preconcepciones kantianas puede ser de amplia utilidad en nuestros días cuando nuevas expresiones machistas y acomodos del feminismo se alzan.
Referencias
Kant, I. (1919). Lo bello y lo sublime. Recuperado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/lo-bello-y-lo-sublime-ensayo-de-estetica-y-moral–0/html/fefdabe2-82b1-11df-acc7-002185ce6064_3.html#I_3_
Kant, E. (2009). ¿ Qué es la Ilustración?. Foro de Educación, 7(11), 249-254.
Puleo, A. H., De Caritat marquis de Condorcet, J. A. N., De Gouges, O., & De Marguenat de Courcelles marquise de Lambert, A. T. (1993). La Ilustración olvidada: la polémica de los sexos en el siglo XVIII. Barcelona, España: Anthropos.
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