Prepárate para lo peor y así nunca te decepcionarás de tus amigos

Eulogio Silverio

Saludos, Flete. Si nos atenemos a la interpretación que nos ofrece de la conducta del rey Jorge III hacia su chambelán, debo admitir que, desde las coordenadas del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, la explicación podría ser un poco más compleja que el reduccionismo psicologista contenido en el rótulo “el rey fue un ingrato”. Pienso que la ingratitud describe el fenómeno, pero, a mi modo de ver, deja fuera la posible racionalidad política de la acción.

El materialismo filosófico rechaza toda pretensión de explicar la conducta desde una sustantivación de la interioridad psicológica del sujeto, al modo de “su conciencia le dijo”, “su carácter era ingrato”, “su naturaleza era así”. El individuo humano es un sujeto corpóreo operatorio que se forma dentro de redes familiares, políticas, jurídicas y morales. 

En el caso de Jorge III, recordemos que él no es únicamente un individuo llamado Jorge: es rey. Como tú y como yo, él desempeña distintas posiciones personales e institucionales.

Ese hombre que sufrió la enfermedad y recibió los cuidados del chambelán es, nuevamente, el monarca. Esto es particularmente interesante porque, durante la enfermedad, se produce una alteración efectiva de las relaciones de dependencia, donde, a mi juicio, está la clave para interpretar su comportamiento.

Vemos que, mientras Jorge está enfermo, el chambelán contempla aspectos del rey que la institución monárquica normalmente mantiene ocultos, tales como el deterioro corporal, la pérdida del autocontrol, la dependencia física o mental y la humillación derivada de la necesidad de asistencia permanente.

Naturalmente, durante la convalecencia de Jorge, la relación institucional no desaparece, el chambelán sigue siendo subordinado del rey. Sin embargo, durante la enfermedad se produce una inversión efectiva de la dependencia corpórea y operatoria, el rey depende del chambelán. Lo que significa que el chambelán conserva en su memoria la visión de un rey reducido a la nada. Recuerda lo que dice la canción de Facundo Cabral “Mi abuela decía: “Habría que acabar con los uniformes, que le dan autoridad a cualquiera. ¿Qué es un general desnudo?””. 

Recordemos, recordemos, también, el episodio que refiere Sigmund Freud en La interpretación de los sueños acerca de un emperador romano que ordenó ejecutar a uno de sus súbditos porque este había soñado que asesinaba al propio emperador.

Aunque Freud, en su afán de quitarle responsabilidad moral a los sueños, dice que el emperador actuó precipitadamente, pero, también, recoge la interpretación de Scholz, para quien el emperador no estaba del todo equivocado, pues un sueño de esa naturaleza podía tener algún indicio respecto de pensamientos hostiles del súbdito.

En el caso de Jorge, el chambelán ha conocido al monarca sin su máscara institucional de majestad. Esto no significa que se convierta en un conspirador político, pero, tal y como interpretó el emperador romano, quien ha contemplado la vulnerabilidad de una gran figura política o religiosa puede llegar a ser percibido por esta como un riesgo, particularmente cuando intenta reconstruir la distancia institucional asociada al poder.

Por eso no nos debe extrañar que el rey quiera reorganizar las relaciones institucionales que habían quedado trastornadas durante su enfermedad. Sé que su actitud para con el chambelán, “Tú estás despedido”, te parecerá una paradoja, porque es quien más le ayudó durante su caída, pero es que él es quien tiene el testimonio más vivido de aquella caída. El rey seguramente pensó que a los adversarios políticos y a los lambones se les puede comprar con algún cargo o beneficio. Pero nuestro amigo el chambelán lo ha visto sin la máscara del rey y eso puede resultar peligroso para quien pretende restablecer plenamente la distancia propia de su posición. 

No sé si esto te permite comprender por qué el rey recompensa a sus adversarios y despide al fiel. Sé que es un absurdo moral, pero políticamente puede tener cierta racionalidad.

Finalmente, recuerda que la gratitud crea relaciones de dependencia, pues quien reconoce públicamente “este hombre me ayudó cuando nadie creía en mí”, de alguna manera está reconociendo una dependencia histórica real respecto de ese alguien.

Te presento este análisis para reiterarte lo que he asumido como filosofía de vida, “Prepárate para lo peor y así nunca te decepcionarás de tus amigos .

Gratitud e ingratitud: entre la soberbia y la traición

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One comment

  1. José E. Flete Morillo

    Excelente punto, Prof. Silverio. Es cierto que el rey actuó políticamente al eliminar de su lado a quien, de alguna manera, conocía su lado débil por haberlo visto en uno de sus peores momentos. Desde la lógica del poder, la decisión puede resultar comprensible: quien ha contemplado la fragilidad del soberano posee un conocimiento que potencialmente amenaza la imagen de fortaleza sobre la cual se sostiene su autoridad. Si calificamos el hecho exclusivamente como político, el argumento es sólido, porque el rey no estaría actuando movido necesariamente por la ingratitud, sino por un principio de conservación del poder.

    Sin embargo, el problema cambia cuando se observa desde la perspectiva del chambelán. Este había permanecido junto al rey precisamente cuando su condición era más vulnerable; por tanto, cabría preguntarse: ¿la lección que debe extraer quien auxilia al poderoso caído es que nunca debe ayudarlo, porque mañana, una vez restablecido, podría convertirse en víctima de aquel a quien socorrió? ¿Sería entonces más prudente, desde el punto de vista de la autopreservación, abandonar al otro cuando se encuentra en desgracia?

    Aquí aparece una inquietante paradoja moral. Si ayudar al débil puede convertirse posteriormente en causa de nuestra propia destrucción, la prudencia terminaría aconsejando la indiferencia y hasta el abandono. Llevada al extremo, esta lógica nos acercaría provocativamente a Nietzsche en Así habló Zaratustra, cuando formula la dura imagen de que aquello que está cayendo debe ser empujado. La pregunta sería entonces: ¿debió el chambelán ayudar al rey cuando este atravesaba su peor momento o, pensando exclusivamente en su propia supervivencia, habría sido más conveniente dejarlo caer?

    El problema ya no es solamente político, sino profundamente ético. Una cosa es comprender las razones por las cuales el rey elimina a quien conoce sus debilidades y otra muy distinta convertir esa conducta en moralmente justificable. La razón de Estado puede explicar la acción, pero no necesariamente absolverla. De hecho, si la gratitud desaparece cada vez que entra en conflicto con la conservación del poder, entonces quien sirve al poderoso aprende una peligrosa enseñanza: estar a su lado durante la desgracia puede convertirse, paradójicamente, en una sentencia cuando este recupere la grandeza.

    Por eso, el caso del chambelán permite formular una cuestión todavía más profunda: ¿hasta dónde debe llegar la lealtad cuando ayudar al otro implica adquirir un conocimiento de su fragilidad que mañana puede convertirnos en una amenaza para él? Si la respuesta política consiste en que el rey debe eliminar al testigo de su debilidad, la respuesta moral podría ser exactamente la contraria: es precisamente ese testigo, el que permaneció cuando todos podían abandonar al soberano, quien tendría mayores razones para merecer su gratitud.

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