¿Pablo Mella propone que la nación dominicana eduque contra sí misma?

Eulogio Silverio

Las afirmaciones de Pablo Mella, en torno a que la enseñanza de la historia dominicana no debe convertirse en propaganda ni ocultar conflictos sociales, desigualdades o actuaciones discutibles del Estado, son aparentemente bien intencionadas. Sin embargo, su veneno antidominicano aparece cuando cuestiona una visión de la historia dominicana destinada a fortalecer la identidad nacional y, en contra, propone una supuesta «historia crítica» abierta al Caribe y al mundo.

Mella habla como si la escuela dominicana fuera una institución situada fuera de una sociedad política concreta. Contrario a las ideas que propone, «la escuela dominicana» es una institución organizada, financiada y sostenida por el Estado dominicano, y sus estudiantes, ciudadanos de una sociedad política concreta, no son, por más que él lo pretenda, miembros de una «humanidad» abstracta.

La educación pública de toda nación, desde mucho antes de Platón, desempeña funciones muy específicas relacionadas con la reproducción y continuidad de esa sociedad política. Pretender que la enseñanza de la historia puede desligarse de esta referencia, equivale a ignorar, en su caso de manera maliciosa, las condiciones políticas que hacen posible la propia escuela.

La nación política no debe confundirse, como hace Mella, con una comunidad racial, étnica o puramente cultural. Se constituye históricamente alrededor de un Estado, un territorio, unas instituciones y una ciudadanía. Es por ello que debemos coger con pinzas la propuesta que hace Mella de estudiar «críticamente» la historia dominicana, lo que, en su jerga, no significa explicar históricamente cómo llegamos a constituirnos y cómo nos hemos conservado como sociedad política frente a otras sociedades políticas, sino todo lo contrario: la deconstrucción de la conciencia de lo que significa ser dominicano.

Es en este punto donde adquiere especial importancia la historia de las relaciones entre dominicanos y haitianos. Entiendo que estas relaciones deben estudiarse sin incurrir en falsificaciones de los intercambios económicos, culturales y migratorios, y de los conflictos internos de ambos Estados. Pero no debemos caer en la trampa ideológica de Mella, que pretende presentar esas relaciones eliminando su dimensión política y polémica. La República Dominicana y Haití son dos Estados distintos, surgidos de procesos históricos diferentes, asentados sobre un mismo espacio, cuyos intereses, la mayoría de las veces, han estado en conflicto. En consecuencia, señor Mella, una historia crítica no puede borrar esta realidad en nombre de una fraternidad caribeña concebida abstractamente.

No negamos la importancia de insertar la historia dominicana en procesos caribeños, americanos y mundiales. La trampa aparece cuando se observa que esa ampliación de escala busca diluir la República Dominicana como sujeto político histórico.

Por más lindo que parezca, lo universal no sustituye a las sociedades políticas realmente existentes. La historia mundial puede explicar muchas condiciones de la independencia dominicana, pero no elimina el hecho político de que fueron determinados grupos, instituciones y fuerzas históricas los que constituyeron y defendieron la sociedad política dominicana.

Resulta llamativa la propuesta de colocar en el centro de los contenidos de nuestra historia categorías como «grupos marginados», «derechos», «desigualdades» o «dignidad», sin determinar políticamente sus contenidos. Una historia organizada exclusivamente alrededor de víctimas y grupos marginados puede ser tan selectiva como aquella historia heroica que pretende reemplazar.

La cuestión filosófica relevante aquí es determinar desde qué coordenadas se seleccionan, relacionan e interpretan los acontecimientos.

La escuela dominicana no debería fabricar mitologías patrióticas, pero tampoco ciudadanos históricamente desarmados frente a su propia nación. Su tarea tendría que consistir en explicar cómo, mediante conflictos, alianzas, guerras, instituciones y proyectos incompatibles, llegó a constituirse la República Dominicana, cuáles fueron las condiciones materiales de su supervivencia y qué significa políticamente conservarla.

El criterio último sobre lo que enseñamos no puede reducirse a determinar qué relato resulta más inclusivo o moralmente edificante, sino qué interpretación permite comprender racionalmente y mantener la eutaxia de la sociedad política dominicana.

La crítica histórica es necesaria, pero jamás una crítica que pierda de vista la conservación de la propia nación política dominicana. La historia que propone Mella y sus patrocinadores está dirigida a destruir las condiciones institucionales que hacen posible ejercer esa misma crítica: la sociedad dominicana.

Comentarios De Facebook

Check Also

Negro sin nada en tu casa

Negro sin nada en tu casa

Yo te he visto cavar minas de oro -negro sin tierra-. Yo te he visto …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

litteranova.com