Sin estructura no hay movilización política

Eulogio Silverio

Las redes sociales pueden difundir rápidamente una consigna, una indignación o una convocatoria, como señala Noel. Sin embargo, confundir esa capacidad de difusión con una verdadera movilización política constituye un error frecuente.

Una cosa es el contagio espontáneo de una conducta —por ejemplo, que varias personas comiencen a tocar cacerolas después de escuchar a sus vecinos— y otra muy distinta es organizar una manifestación capaz de reunir, transportar y coordinar a miles de personas.

Desde las coordenadas del materialismo filosófico en las que se ubica este análisis, las masas no deben entenderse como una realidad amorfa que se mueve por impulsos puramente psicológicos. Una multitud políticamente movilizada está compuesta por sujetos operatorios corpóreos, vinculados mediante instituciones, organizaciones y planes concretos. Para que las personas salgan a las calles hacen falta dirigentes, recursos económicos, medios de transporte, mecanismos de comunicación, lugares de reunión, consignas y objetivos compartidos. En definitiva, hace falta una estructura.

Por eso, afirmar que determinados movimientos políticos fueron producidos simplemente por Twitter, Facebook o cualquier otra plataforma digital supone convertir un instrumento de comunicación en la causa total del proceso. Las redes pueden acelerar la circulación de los mensajes, pero no sustituyen a las organizaciones que coordinan las operaciones efectivas. El mensaje virtual no alquila autobuses, no organiza rutas, no distribuye responsabilidades ni garantiza la continuidad de una protesta.Eulogio Silverio

Pienso que la acción política se despliega mediante planes y programas ejecutados por grupos enfrentados o coordinados entre sí. Las plataformas digitales pueden formar parte de esos planes, pero no constituyen por sí mismas el sujeto político que los realiza. Una movilización no surge de una supuesta «conciencia colectiva» flotante, sino de cuerpos organizados que operan dentro de instituciones concretas.

Esta distinción permite comprender también por qué la popularidad mediática, como el caso de Alofoke, no se transforma automáticamente en poder político. Un comunicador puede reunir millones de visualizaciones, provocar debates y atraer grandes audiencias sin poseer una organización capaz de convertir a sus seguidores en electores. Ver un programa, compartir un video o reaccionar favorablemente ante una publicación son operaciones diferentes de afiliarse, votar, defender una candidatura o participar de manera activa en una campaña.

Los partidos políticos conservan, precisamente, esa capacidad de transformar opiniones dispersas en operaciones coordinadas. Poseen locales, dirigentes territoriales, registros de electores, recursos, delegados, mecanismos de financiamiento y cadenas de mando. Puede criticarse su funcionamiento, pero no puede ignorarse su condición de estructuras objetivas dentro del Estado. En política, el número de seguidores digitales no equivale necesariamente al número de ciudadanos dispuestos a actuar en una dirección electoral determinada.

De la ilusión política al juicio por los resultados

La adhesión política tampoco puede explicarse únicamente mediante argumentos racionales. Muchas personas apoyan a un movimiento porque este promete transformar situaciones que consideran injustas. Las promesas funcionan como prolepsis, es decir, como representaciones anticipadas de un futuro posible. No obstante, esas prolepsis no surgen de la nada: se construyen a partir de experiencias anteriores, modelos históricos y expectativas socialmente compartidas.

El problema comienza cuando los programas proclamados durante la oposición no pueden traducirse en transformaciones efectivas desde el gobierno. Entonces se produce el desencanto. La distancia entre las promesas y los resultados permite descubrir que algunas propuestas no eran planes políticos realizables, sino instrumentos ideológicos destinados a conquistar adhesiones.

La defensa que ustedes realizan al gobierno no debe reducirse a impresiones subjetivas ni a declaraciones partidarias. Debe apoyarse en hechos verificables: obras terminadas, servicios públicos funcionales, mejoras educativas, reducción de los problemas de tránsito, calidad de las infraestructuras, eficacia administrativa y capacidad para ejecutar los presupuestos.

La pregunta filosóficamente relevante es: ¿qué transformaciones estructurales ha producido?, ¿qué problemas fundamentales ha resuelto?, ¿qué instituciones funcionan mejor después de varios años de gestión?

Una gestión no debe evaluarse porque su propaganda afirma haber inaugurado tantas obras. Debe examinarse su inserción en el conjunto de la ciudad y del Estado. Un metro, un teleférico, una carretera o un centro educativo solo adquieren sentido político cuando se integran en una red funcional y responden a necesidades objetivas. Una infraestructura aislada, mal conectada y escasamente utilizada, como considero que ocurre con el teleférico de Santiago, no puede presentarse como una obra emblemática de transformación nacional.

El presente en marcha

Debemos insistir en que la política no puede analizarse desde abstracciones intemporales ni mediante comparaciones históricas que desvíen la atención de los problemas actuales. Debe considerarse desde el presente en marcha, es decir, desde los procesos que están operando actualmente y cuyas consecuencias todavía no se han cerrado. Esto obliga a evitar tanto la idealización del pasado como la justificación automática del presente.

No se trata de afirmar que los gobiernos anteriores resolvieron todos los problemas ni de negar, por principio, cualquier logro del gobierno actual. Se trata de exigir criterios objetivos de comparación. La eficiencia política debe medirse por la capacidad de una administración para transformar recursos públicos en instituciones, servicios y obras que fortalezcan la sociedad política.

La cuestión fundamental, por tanto, sigue siendo concreta: ¿qué ha mejorado realmente? La respuesta no puede consistir en consignas, lealtades partidarias o campañas publicitarias. Debe expresarse mediante obras concluidas, servicios que funcionen e instituciones más sólidas.

Termino con mi afirmación inicial: «las masas no se movilizan sin estructuras», de modo que los llamados influencers deben bajarse de esas nubes y el gobierno debe comprender que no puede legitimarse únicamente mediante discursos. La política se demuestra en sus operaciones y en sus resultados.

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One comment

  1. Muy buen artículo.

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