
¿Puede una persona alcanzar la felicidad y la buena vida en condiciones de pobreza?
Bien, volvemos a lo mismo, Osvaldo. La felicidad no es un concepto unívoco. Es un término que reúne fenómenos y significados diferentes, determinados por circunstancias históricas, sociales y culturales. Se convierte en metafísico cuando se presenta como un estado pleno, universal y definitivo al que estarían destinados todos los seres humanos. Algo semejante ocurre con la expresión «buena vida», cuyo significado depende de las condiciones concretas en las que vive cada persona.
Voy a responder tomando como referencia una discusión que se originó durante un foro realizado en la pandemia con quien fuera vicerrector administrativo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el profesor Desangles. El maestro argumentaba en esa ocasión:
—Sí, Eulogio, los pobres son más felices que los ricos.
Señalaba el ejemplo de un hombre pobre que, después de pasar el día buscando alimentos, llega a su casa con una mano de plátanos y dos huevos. Cuando ve a sus hijos comiendo, es feliz.
Parece una paradoja. No podemos afirmar, de manera general, que los pobres sean más felices que los ricos. Lo que podemos afirmar es que una persona pobre puede experimentar momentos reales de alegría, alivio o satisfacción. Una cosa es un momento placentero y otra muy distinta, una felicidad plena que abarque la totalidad de la vida.
Esos momentos de alegría tienen necesariamente componentes neurofisiológicos. El organismo produce determinadas sustancias cuando recibimos algo grato o cuando conseguimos algo que hemos deseado durante mucho tiempo. Sin embargo, esa experiencia también depende de las relaciones familiares, económicas, éticas y morales dentro de las cuales actúa el individuo corpóreo.
En el caso de este hombre, su alegría no procede solamente del placer producido por la obtención de los alimentos. También está relacionada con el cumplimiento de sus obligaciones dentro del grupo familiar.
Gustavo Bueno menciona experimentos realizados con ratas en los que los animales accionaban reiteradamente una palanca para recibir una estimulación eléctrica en determinadas regiones cerebrales vinculadas con los mecanismos de recompensa. Las ratas podían pulsar una palanca que les proveía alimentos, pero preferían pulsar la que enviaba una señal eléctrica al cerebro que estimulaba el placer sexual.
Este experimento permite distinguir el placer de la felicidad. La estimulación produce una recompensa inmediata, pero no garantiza la conservación del individuo. Incluso puede poner en peligro su vida. El placer y la felicidad no son términos equivalentes.
Pensemos ahora en una persona pobre, con limitaciones económicas como las que humildemente tenemos nosotros. Si recibe la noticia de que ha ganado diez millones de pesos, probablemente experimentará una alegría intensa. No se trata solamente de una reacción placentera. Ese dinero modifica materialmente sus posibilidades de actuación: puede alimentarse mejor, recibir atención médica, pagar sus deudas, ayudar a su familia y realizar proyectos que anteriormente estaban fuera de su alcance.
Ahora bien, si a Pepín Corripio le comunican que ha ganado diez millones de pesos, posiblemente reaccionará de otra manera:
—Sí, deposítenlos en tal lugar.
La misma cantidad no representa para él lo mismo que para una persona pobre. La intensidad de la alegría depende de las circunstancias económicas, sociales y biográficas de quien recibe la noticia. Esto no significa que el rico no pueda experimentar alegría, sino que para él no existen, probablemente, tantas ocasiones en las que su cerebro produzca serotonina como en aquellos que tienen una vida llena de privaciones.
No podemos determinar si los ricos son más felices que los pobres o si los pobres son más felices que los ricos. La felicidad no es una cantidad homogénea que pueda medirse y compararse entre clases sociales. La riqueza no garantiza una vida feliz, pero la pobreza limita las posibilidades reales de actuación del individuo y dificulta la conservación de su salud, el cuidado de su familia y su participación en la vida social.
El hombre pobre del ejemplo no experimenta alegría gracias a la pobreza, sino porque consiguió superar momentáneamente una privación producida por ella. La necesidad puede intensificar el alivio que siente al obtener los alimentos, pero no convierte la pobreza en una fuente de felicidad.
Si entendemos por «buena vida» una existencia dotada de condiciones materiales suficientes para conservar la salud, ejercer una autonomía relativa y participar en relaciones familiares, sociales y políticas, la pobreza dificulta gravemente su realización.
Una persona pobre puede experimentar momentos reales de alegría, satisfacción y alivio. Sin embargo, esos momentos no permiten afirmar que su vida sea globalmente feliz. Es necesario distinguir entre los mecanismos corporales del placer, los fenómenos pasajeros de alegría y la idea metafísica de una felicidad plena y definitiva.
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