POSMODERNIDAD E HISTORIA

Prof. Anthony Almonte

 Lyotard habla de la crisis de los metarrelatos legitimadores como parte esencialde la posmodernidad, para destacar el hecho de que todos los teóricos están de acuerdo en señalar dicha crisis como la condición sine qua non de lo posmoderno. La condición posmoderna se presenta, entonces, como un desencanto o ruptura de los topoi que han servido de base a la Modernidad. Es por ello que Nada tiene de extraño que las estrategias posmodernas ejerzan presión sobre los lugares concretos en los que la modernidad se sitúa y pretende perpetuarse: en este sentido, podemos entender los ataques a la idea de progreso, a la linealidad y el curso de la historia, al desarrollo y a la evolución.
Si durante la Modernidad se propugnaba la idea de la Historia «como un todo que evoluciona impulsado por algunas fuerzas maestras», como un discurso global y jerarquizado por los diversos metarrelatos teleológicos de la Historia, bajo la condición posmoderna, en cambio, «se desconfía de las visiones totalizadoras. La gran historia se disuelve en muchas microhistorias. El objeto no es ya tanto la verdad como la verosimilitud» (Ramírez, 21).
Podemos entender el posmodernismo como una crítica hacia la ciencia histórica, puesto que considera la historia como un género literario, ya que ésta se debe basar en el estudio de los textos, aparte de que se empieza a considerar como una historia “subjetiva”, por lo que carece del elemento científico de universalidad.
El posmodernismo lo podemos identificar con los planteamientos del paradigma tradicional-culturalista. La historia tradicional se caracteriza por poseer un estilo narrativo y análisis político, se trata de la historia «desde arriba». Por el contrario, la historia social se centra en estudiar al ser humano como parte de una colectividad, tendiéndose a la interdisciplinariedad.
La Historia en la posmodernidad muestra, sólo parcialmente, la experiencia humana del pasado, es susceptible de medida, una manifiesta tendencia a la individualización no necesariamente opuesta, sino compatible con un enfoque «globalizador».
El posmodernismo ha dado origen a una historia desglosada, apareciendo millones de historias. Se superpone así la microhistoria a la macrohistoria, puesto que ahora es el individuo quien cuenta con la atención del historiador, y no la colectividad. Esta corriente la podemos ver reflejada en el auge creciente de la biografía.
Esto lo señala Geroge G. Iggers, quien dice que la historiografía está centrada, no ya en personalidades relevantes ni en las estructuras económicas y sociales, sino que se centra en la experiencia de personas concretas. Estas personas que han permanecido ocultas, salen ahora a la luz.
Hasta los años setenta, el paradigma estructural y cuantitativista propugnado por la escuela de Annales era indiscutido. El nuevo paradigma va a hacer primar la comprensión sobre la explicación, lo particular sobre lo general, lo «micro» sobre lo «macro».
Hoy la Historia se encuentra en continuo contacto con las ciencias sociales, por lo que el oficio del historiador se encuentra sometido a grandes desafíos teóricos y metodológicos. Esto origina que hoy en día, ni en historia ni en ciencias sociales, sea tiempo de certezas inquebrantables ni de métodos seguros e infalibles.
A pesar de este cambio historiográfico, y lo que ello ha conllevado (ruptura de la Historia como ciencia, influencias de las ciencias sociales, marginación del modernismo, etc.), es verdad que la actualidad del enfoque posmoderno representa una renovación historiográfica, puesto que una «apertura a nuevas ideas, provengan de donde provinieren, así como la capacidad de adaptarlas a los objetivos propios y encontrar la manera de verificar su validez, es el sello distintivo tanto del buen historiador como del buen teórico» (Geroge G. Iggers, La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales).
Como dice Antonio Morales Moya en Historia y postmodernidad, «habría que caracterizar la situación actual de la historia como de ampliación y de diversificación extrema, lo que da lugar a un panorama de extensión inmensa y de increíble riqueza de contenidos».
Sin embargo Carlos Barros defiende que «el posmodernismo que predicó el «todo vale», enalteció la fragmentación, negó dogmáticamente la objetividad y la cientificidad de nuestra disciplina, propugnando como solución final la reincorporación de la historia al campo de la literatura».
Esto hace que sea necesario un diálogo crítico y público entre las corrientes historiográficas que compiten entre sí, como el continuismo de los años setenta, el posmodernismo y el «regreso a Ranke». Igual de necesario se hace una mayor coherencia entre lo que hacen y dicen los historiadores, evitando así los dobles discursos.

Podemos por tanto decir que la imaginación histórica posmoderna abarca tanto la conciencia de nuestras limitaciones históricas como la de nuestras posibilidades históricas, nuestra relación con el pasado, con la tradición, con la cultura en general y con nuestra cultura en particular.
Josep Fontana: plantea que «Necesitamos repensar la historia para analizar mejor el presente y plantearnos un nuevo futuro, dado que las viejas previsiones en que habíamos depositado nuestras esperanzas se han venido abajo, porque estaban mal fundamentadas».

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