La muchachita que llevaba las tetas al aire

Tanama abrió los ojos. Unos hombres caminaban sobre los cuerpos de la gente de su tribu. Miró, conteniendo con dificultad el llanto que reclamaba la escena, a todas partes. Miró como buscando entre los muertos a sus muertos. No encontró a ninguno. Se levantó y, como pudo, empezó a correr. El taparrabo se enredó en una rama y se le desprendió. Sus senos, pequeños como bolitas redondas, desafiaron, inútilmente, la atracción inmutable de la gravedad.

Corrió todo lo que pudo. Cuando el hedor de la sangre dejó de metérsele, se detuvo. Se ocultó detrás de un árbol y, repasando la masacre como si se tratara de un sueño patrocinado por Maboya, se puso a llorar. Su pequeño cuerpo temblaba. No se había dado cuenta de su desnudez hasta ese momento. Entonces, improvisó un taparrabo con unas hojas y unas hilachas de guano y, sin mucha dificultad, trepó en el árbol más grande.

Turey, gritó desde arriba al ver pasar a unos muchachitos vestidos con su misma piel. Estos se detuvieron y, con las lanzas listas, inspeccionaron cuidadosamente todos los árboles cercanos. Turey, volvió a decir, moviendo algunas de las ramas y convirtiendo la palabra en una especie de contraseña o clave o lo que sea que sirva para comunicar algún mensaje secreto. Tanama, dijo uno de los muchachitos señalándole. Tanama, repitieron los otros levantando la cabeza. En sus caras redondas y pequeñas se dibujó una leve sonrisa. Desde que el sol se dejó ver huían de la muerte. La muerte que había aparecido en forma de hombres vestidos con vestidos blancos y negros.

Tanama estaba lista para bajar; sin embargo, unos pasos pesados y múltiples provocaron que el grupo que la esperaba en tierra se replegara en diferentes direcciones: uno regresó por donde habían aparecido, otro siguió la trayectoria que llevaban y, el último, con torpe vacilación, soltó su lanza y la imitó subiéndose en el árbol vecino. No pudo escalar a la misma altura que su compañera porque el ruido, inoportuno como siempre, podía denunciar su escondite, pero era suficiente, estaba a salvo.

Se quedaron inmóviles hasta que pasaron los blancos. Iban ondeando sus banderas y cantando cánticos a un tal altísimo. Caminaban como si la sangre de los caídos rejuveneciera sus cuerpos roídos y sucios. Pronto desaparecieron. Se llevaron, entre sus piernas, todos sus fonemas. Esos malditos sonidos, que violaron los oídos de Tanama y su gente, se habían muerto en el aire. Se llevaron, también, las piedras amarillentas que dormían desde el inicio de los tiempos en las aguas del río. 

Fue entonces cuando Tanama sintió un horrible dolor entre sus piernas. Miró, como buscando el consuelo del muchachito del otro árbol, pero este ya no estaba, había desaparecido con el maldito canto de los blancos. Levantó su taparrabo y notó que unas gotas rojas rodaban por sus muslos. 

Faustino Medina es profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Contacto: faustinomedina2683@gmail.com



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