Pedro de Jesús Paulino y El frío instante de la muerte

Nan Chevalier
Por: Nan Chevalier

     A Pedro Paulino lo conocí a mediados de los años ochenta, en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Además de cursar la misma carrera, nuestros amigos han sido los mismos e incontables nuestras andanzas. Pertenecimos al movimiento estudiantil y recorrimos gran parte de la geografía nacional realizando actividades culturales. Ha sido un aventajado de las palabras y buscador incansable del conocimiento. Por esos motivos siento gran satisfacción al poder presentar su libro El frío instante de la muerte.

     Se trata de una selección de minificciones (género literario en el que Pedro Paulino ha obtenido varios premios) y cuyo auge en nuestro país le debe mucho a la labor de creación y promoción del escritor Basilio Belliard. En la actualidad el género cuenta con una cantidad importante de excelentes cultivadores, empezando por el mismo Belliard y continuando con Pedro Antonio Valdez, Noé Zayas, Iveth Guzmán… 

     Como el título sugiere, el tema de la muerte atraviesa en diferentes direcciones este libro. Pero la muerte no se erige en tristeza; constituye la conciencia de lo inevitable, del término o final de la existencia, en una palabra, de lo siniestramente hermoso. Como ha señalado el teórico español Antonio García Berrio, al tratar ese tema, “La gravitación universal del término tiñe intensamente de fervor vital las acotaciones de plenitud eufórica de las historias narradas, lo mismo que presta su relieve melancólico a los instantes de evocación nostálgica y que aporta la conciencia abismal al luto de la muerte.” Ese “luto de la muerte” (que en Pedro Paulino es celebración dolorosa de lo efímero, de la insignificancia del ser humano en el entramado del Cosmos), se percibe desde el primer microrrelato, el que da título al libro: “Cuando vi la luz, al otro lado, una figura sin rostro, enfundada en un manto siniestro, me confirmó que el estruendo sobre mi cabeza no eran rayos de la tormenta que se avecinaba: eran las paladas de tierra deshaciéndose sobre mi hueco ataúd”. (El frío instante de la muerte, p. 31) Más que angustia, percibimos resignación ante el hecho atroz de ser enterrado vivo.

     La certeza de lo inevitable, de lo irremediable horroroso, reaparece en “Letreros de baño”, cuando el narrador sentencia: “La muerte, tan segura de sí, te da toda una vida de ventaja”. (p. 33) No importa cuáles decisiones tomemos, todo conduce hacia el “vacío total y eterno”, como decía el filósofo rumano Emil Cioran.

      En otros textos, como en el microrrelato titulado “La visión”, el destino entrecruza sus redes con las supersticiones cotidianas, y sentimos una grotesca indefensión; leamos: “Era viernes trece y la mañana, falsamente apacible, se tendía en la atmósfera como una emboscada”. (p. 43) Hermoso texto que nos hace recordar que ante la rueda demoledora del sino nada podemos hacer, al menos los que tienen fe en el destino. Por supuesto, ese destino que nos marca el rumbo no tiene por qué no ser poético, como se puede verificar enUn pacto sombrío”, cuando el narrador observa y dice: “En la orilla, las olas lamían la arena; a lo lejos, mar y sol bailaban la danza de la muerte”. La poetización de las narraciones es un rasgo diferenciador del libro El frío instante de la muerte; pero la obsesión con la belleza poética no interfiere con el curso de los eventos; antes al contrario: barniza la narración con un toque de necesaria poesía.

     Lo fantástico ocupa una dimensión notable en la segunda parte del libro. Semejante a lo que escribiera Harold Bloom, refiriéndose a Tlön, de Borges, en estos microrrelatos “La realidad cede y con el tiempo el mundo será Tlön.” Dicho de otro modo: la realidad es desplazada y, en su lugar, se instala el universo de lo intangible.

         Esta interrelación entre lo fantástico y lo siniestro tiene uno de sus mejores momentos enEl ventrílocuo”, pequeña obra maestra que condensa una larga historia en pocas palabras: “Todos se asombran de la elocuencia de aquel muñeco. Sobre todo, al saber que el ventrílocuo es mudo”. (p. 105) Texto que de algún modo se complementa con “El muñeco del diablo”; leamos: Desde la noche sin luna en que el titiritero murió, no ha habido forma de parar de bailar al muñeco”. (p. 109)

      La interacción de los elementos fantásticos con los siniestramente poéticos llega a su cénit en “Crimen desde la otra orilla”. En esa minificción, el sueño se interpone de tal forma al mundo real que “Cuando [el personaje] salió de la pesadilla, aún llevaba puesto el vestido rojo con que había soñado”. (p. 137) Esa intromisión de la pesadilla en la realidad acaba alterando el curso normal de los eventos: lo onírico irrumpe en el orbe de la vigilia y crea una realidad mestiza.

     Sin embargo, en esta zona del libro el espanto cede por su aura fantástica y se detiene, sin prisa, en lo inesperado y brutal del término, barnizado (de nuevo) con tonos de la mejor poesía. Es lo que ocurre en “Azul”, cuando el narrador omnisciente nos hace una fatídica revelación: “Entonces suspiró la princesa. Al abrir los ojos y dejar de respirar, el cielo se nubló. Todo el azul quedó condensado en su infinita mirada”. (p. 59) Esa princesa, cuya hermosura emana del halo de la muerte, es una versión astuta de la de Rubén Darío.

       Lo tenebroso aguarda en las sombras, es cierto; pero también en el silencio, o en el eco del viento arrebatado contra las paredes. Lo podemos sentir en el texto “Susurros”, cuento que mezcla lo fantástico con la probable llegada de la locura a través, para decirlo de algún modo, del eco del pensamiento; leamos: “Si no fuera porque vivo solo, nada tendría de extraño escuchar los susurros de un niño en mi cuarto de baño cada noche”. (p. 97)      

     En la tercera parte de El frío instante de la muerte, el libro se enriquece aún más porque el autor se acerca al universo realista, matizado por el humor negro y los efectos impredecibles de la locura. Si en la sección anterior del libro la alucinación compaginaba con lo intangible, en este apartado los efectos de la sicosis son tangibles como la luz del día. Así lo podemos captar en “Narcizo”, cuando el narrador nos dice: “Turbadoramente bella en la superficie del río, la figura de Estela surgía ante sus ojos. En un avance de locura, presa del veneno perfumado de sus labios, abrió los brazos y se lanzó sobre ella. La nube escarlata que emergió de las aguas, fue la confirmación de la roca tras el rostro desvanecido”. (p. 89) La alucinación desconecta al personaje de los eventos reales y lo remite al fatal encuentro con el vacío eterno.

     Las referencias literarias son una constante en este libro; a través de sus páginas entablamos un diálogo imaginario con Borges, Faulkner, Homero… Y, esquivando siglos y culturas, con las paráfrasis de otros autores sobre textos clásicos. Es lo que ocurre en el texto “La otra Penélope”, alusión directa no sólo a la novela de Andrés L. Mateo, sino también al poema de León Felipe acerca del interminable retorno de Ulises a Ítaca: “Esa mañana, después de mucho esperar, lanzó a una esquina (rincón) el hilo y las agujas y salió al bar del pueblo. Al no encontrarla en casa, Ulises asumió de nuevo su destino de vencer cíclopes y retornó al mar. Penélope se consuela cada noche divirtiendo a los marineros por unas copas de vino. El viajero nunca volvió; a ella poco le importa”. (p. 69)

     Entre las innumerables paráfrasis de la epopeya homérica (no olvidemos, por favor, aquel gran poema de Kavafis que nos asegura que quien echó a perder su vida entera en este sitio la habrá perdido en cualquier lugar del mundo) esta que realiza Pedro Paulino posee la particularidad de que nos informa, situándonos en la posmodernidad, de los caminos por los que pudo extraviarse Penélope, la amante ¿fiel?

     Otras virtudes de este libro la constituyen los finales sorprendentes, deslumbrantes, la multiplicidad semántica de muchos textos, la variación continua de persona narrativa y el humor negro. Si bien es cierto que las minificciones de Pedro Paulino atestiguan su conocimiento y lectura de autores como Augusto Monterroso (especialmente en algunas fábulas que este libro incluye), no menos verdadero es que la visión del mundo de Pedro Paulino se acerca más a la de Juan José Arreola, ese maravilloso escritor mexicano que logró que el camello bíblico pasara por el ojo de una aguja.

     A Pedro Paulino lo conocí a mediados de los años ochenta, en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Desde que conversé con él entendí que sería un buen escritor. La publicación de El frío instante de la muerte es una feliz confirmación, aunque no sea la única noticia que debo transmitir a través de estas páginas. Lo mejor de todo es que Pedro Paulino ha decidido dar a la imprenta otros libros de poemas y de cuentos. Soy feliz por tener la oportunidad de comunicarlo… Muchos estamos contentos por su decisión, especialmente los que hemos realizado juntos esta travesía literaria de varias décadas: José de Rosmantes, Félix Betances, Gerardo Castillo, Bergson Rosario, Eulogio Javier, Reyson Peralta, Omar Messón, Félix Betances, Víctor Saldaña, Janio Lora…

     ¡Todos esperamos por ti, Pedro Paulino, ahora que nos haces llegar El frío instante de la muerte!

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