Pedro Santana: ¿dentro o fuera del Panteón Nacional? Ponencia, en Vista Pública, Senado de la República Dominicana

fotografía de José Vasquez RomeroIntroducción.

Al margen de las pasiones que despiertan las posturas ideológicas y los intereses políticos, sobre la pertinencia o no de la permanencia de los restos de Pedro Santana en el Panteón de la Patria, los historiadores tienen la responsabilidad de ofrecer respuestas objetivas ante la comunidad académica y la sociedad. La controversia que enfrenta a liberales y conservadoras sobre los méritos patrióticos del personaje en cuestión, para merecer reposar o no, en el espacio reservado para los forjadores de la dominicanidad, constituye un ejercicio necesario, cuya trascendencia repercutirá como referente paradigmático, sea cual fuere el resultado de la decisión de académicos, políticos, legisladores e intelectuales al respecto. En esa perspectiva, los estamentos académicos y las instituciones llamadas a salvaguardar los intereses de la patria, tienen ante sí un desafío cuya responsabilidad es  indeclinable. La juventud dominicana merece y espera, ser correctamente orientada acerca de cuál es el comportamiento cívico, patriótico apropiado para ser reconocido como ciudadano ejemplar. La elevación a Héroe Nacional del caudillo seibano, mediante el depósito de sus despojos mortales en el Panteón de la patria, tiene la agravante de haber sido el resultado de una jugada política coyuntural, utilizada por el veterano Joaquín Balaguer, con la cual intentó perturbar el avance liberal, que auguraba la victoria del candidato del Partido Revolucionario Dominicano, el hacendado Antonio Guzmán Fernández, el 16 de mayo de 1978.

Es decir, en fecha 23 de julio del año 1978, faltando solo 24 días para transferir el mando presidencial al perredeista Guzmán Fernández, el saliente primer mandatario Joaquín Balaguer, ordenó trasladar las cenizas del caudillo Pedro Santana al Panteón Nacional. Desde entonces  se ha suscitado una controversia sobre la pertinencia o no, de aquel acto de reconocimiento a favor de quien, no obstante haber sido una figura decisiva en el plano militar, para la derrota de las tropas de ocupación haitianas, ordenó diversos fusilamientos sumarios al amparo del Artículo 210 de la Constitución promulgada el 6 de noviembre del año 1844, que le otorgaba poderes dictatoriales y, decidió la afrentosa Anexión a España. Es decir, es cierto que el general Santana protagonizó batallas como “el número”, “Cachimán”,  “El Memiso”, entre otras; con las cuales impuso la superioridad del ejército dominicano sobre el haitiano, las cuales fueron decisivas para la creación de la República; pero condujo al patíbulo a patriotas como, María Trinidad Sánchez, José Joaquín y Gabino Puello, Antonio Duvergé, Francisco del Rosario Sánchez, entre otros, y enajenó la soberanía nacional, mediante la Anexión a España.

Santana y el medio histórico-social

Ahora bien, para juzgar la conducta política del personaje en cuestión  es preciso situarlo en un contexto caracterizado por una formación social, en la cual se desarrolló su perfil ideológico, impregnado de una mentalidad que lo predispuso frente al invasor haitiano. En tal sentido, la traumática experiencia sufrida por sus padres, cuando se vieron urgidos a emigrar desde su natal Hincha hacia la parte Este, décadas después de la división insular protagonizada por España y Francia mediante el Tratado de Aranjuez (1777), fue transferida a los miembros de la familia en forma de sentimiento xenófobo, contra los pobladores negros de origen africano, que bajo el control de los franceses ocuparon los territorios que hasta entonces habían pertenecido a la colonia española de santo Domingo.  Con los años aquel retiro forzoso de su lar nativo, se tradujo en deuda étnico-racial, que llegado el momento era preciso saldar. Coincidencialmente Pedro Santana nace el 29 de junio del año 1801, año en el que Toussaint Louverture ocupa la parte Este de la isla, en nombre de Francia y, al amparo del Tratado de Basilea (1795); pero el éxodo de familias dominicanas de origen canario, se había iniciado con anterioridad, a partir del referido Tratado, mediante el cual fueron cedidas las villas de Hincha, San Rafael, San Miguel de la Atalaya y las Caobas, a los franceses.

Sobre su entorno familiar debe decirse que, Pedro era hermano gemelo de Ramón; además tenía un tercer hermano (el mayor), de nombre Florencio, el cual era discapacitado de nacimiento y enfermo mental. Su prestigio se desarrolló a la sombra de su padre, depositario de una prestante relevancia social  en la Villa de El Seibo, en virtud de la posición privilegiada que le asignaba su control de los medios de producción en su condición de hatero y, de haber ostentado el rango de coronel en las milicias coloniales españolas, y de haberse destacado en la Batalla de Palo Hincado. Bajo esos presupuestos emerge la figura imponente del caudillo seibano, cuyo poder ilimitado emanaba de una dualidad representada por el conservadurismo encarnado en la oligarquía ganadera y, la intelectualidad ilustrada. En éste último sector halló Santana y familia al mentor que lo involucraría, conduciría y asesoraría en las artes políticas, hasta que el déspota se sobreestimó creyéndose imprescindible, e hizo de su obra una tragedia nacional. Este fue Tomás Bobadilla. En este plano, el tirano actuó bajo los criterios con que procede la mayoría de los caudillos, que hacen del poder que la sociedad les confía, un medio para saciar sus egos, sus resentimientos, sus odios y sus ínfulas de grandeza. Santana como todo caudillo, se creyó indispensable, y ese concepto de sí mismo no era producto exclusivo de sus caprichos, sino de una sociedad que fruto de la vaciedad institucional vigente, delegó en sujetos dotados de sus atributos  todo el poder político y social. También es necesario destacar la falta de fe y de confianza en las posibilidades autogestionarias y de sobrevivencia de la República, ante la amenaza haitiana, esgrimida por Santana y el resto de los sectores conservador e ilustrado. Dichas limitaciones fueron expuestas como justificación, para gestionar un protectorado o anexión ante una potencia europea cualquiera. En esos cabildeos, la potencia mejor ponderada desde el principio fue Francia, cuyo protectorado fue procurado por los afrancesados, encabezados por Tomás Bobadilla y Briones y luego por Buenaventura Báez. Bobadilla era tenido como una figura respetable por su fina formación intelectual; familiarizado con las ideas político-filosóficas más avanzadas de la época dieciochesca y decimonónica, representadas por liberales como, John Locke, Rousseau, Herbart, Jefferson, entre otros.

Dichas gestiones pro-Francia se enmarcaron en las labores diplomáticas realizadas por el Cónsul haitiano Levasseur, quien nombró en la República Dominicana a Jechereau Saint-Denys, el cual previamente se desempeñaba como Vicecónsul en Cabo Haitiano. Bajo la influencia de éste Cónsul francés, Pedro Santana fue nombrado “Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la República” recién fundada. Pero a la larga, aquellas diligencias de protectorado no prosperarían, por lo que fue menester agenciarse la Anexión a España, siendo esta última la que bajo la condición de Provincia de ultramar se anexó a la otrora soberana República Dominicana. De forma que, aquel final en el que naufragó la soberanía, evidenció que los sectores ilustrados y conservadores jamás creyeron ni fueron partidarios de preservar la Independencia nacional, dado que el problema a resolver consistía en mantener la parte Este, separada del Oeste haitiano. En ese sentido también hubo contactos con la diplomacia inglesa cuyo país fue valorado como potencia protectora. Ya para la época había sido concebida la  Doctrina Monroe, por los Estados Unidos de Norteamérica vigilaba de cerca lo sucedido en el país.

Es útil resaltar que, a pesar de ser consultado como un oráculo por los “notables”,  Bobadilla, al igual que su pupilo Santana y el resto de los miembros de este sector, también estaba desprovisto de la fe y la perseverancia propias de los forjadores de la República que, como Juan Pablo Duarte y los Trinitarios, se jugaron sus vidas por la nación a pesar de ser estigmatizados como locos aventureros. Francia fue concebida como la “genuina encarnación de la protectora providencia y la “concretación” material de todos los anhelos” de bienestar. Además a la oligarquía ilustrada y conservadora le atraía el hecho de que Saint-Denys era miembro de la nobleza francesa. Se afirma que en ocasiones, este sector representante de lo más depurado de los ilustrados, conminó  a Duarte y a los Trinitarios a concertaciones indeseadas. Ahora bien, la condición de ley batuta y constitución encarnada por Santana, desaparece cuando Báez lo enfrenta y se erige en representante de los sectores que otrora representaba el caudillo seibano. Mantener la supremacía en aquella rivalidad, influyó en su determinación a la Anexión. Es decir, la condición de imprescindible que ostentaba el Marqués de Las Carreras, desaparece ante la apertura de un nuevo escenario en el que, con Báez en el poder, la búsqueda del protectorado o la anexión estaban igualmente garantizadas.

Santana y los españoles.

Tomas Bobadilla

La Anexión o el protectorado, estuvieron presentes como preceptos doctrinarios, desde la creación del Estado dominicano; el manifiesto del 16 de Enero firmado por un total de 155 separatistas e independentistas, encabezados por Tomás Bobadilla, dejaba implícitamente abierto el cauce de la Anexión, dado  que no hizo alusión a la Independencia: “que el sentimiento del interés público sea el móvil que nos decida por la justa causa de la libertad y de la separación”.  Además, al principio la idea de la Anexión resultó atractiva para amplios segmentos de la población, cuya nostalgia respecto a los valores de la hispanidad, se había manifestado como necesidad espiritual ante los trastornos provocados por el periodo de dominación haitiana. Pedro Santana intentó sacar provecho político de esta situación, bajo la promesa del bienestar que sobrevendría tras la Anexión. No obstante, dichas expectativas pronto se desvanecieron, dado la imposición de un régimen jurídico que chocó con las costumbres del pueblo dominicano. Desde su instauración, las autoridades españolas “comenzaron temprano a obrar en interés exclusivo y de acuerdo con sus peculiares rémoras”. Aplicaron preceptos, ordenanzas y leyes desvinculadas de las costumbres nacionales. Sustituyeron el racional sistema contemplado en el Código Civil, al que se estaba acostumbrado, y que se caracterizaba por una flexibilidad en la que estaban ausentes las normas inquisitoriales propias del Código español, y que fueron  introducidas al nuevo régimen jurídico dominicano.

De manera que, formalizada la Anexión el 18 de marzo de 1861 y, desatada la Guerra Restauradora dos años más tarde, tras la proclamación del Grito de Capotillo, la autoridad del general Santana fue mermando su prestigio frente a las propias autoridades españolas, representadas por el General José de la Gándara.  Además de la destitución de Santana y la cúpula de su entorno, incluyendo los empleados públicos, “los españoles trajeron señoritos ociosos y “desaprevenidos” de facultades para formar la burocracia”, desde la primera gobernación encabezada por el General Felipe Rivero Lemoine. Santana, acostumbrado a ser dueño absoluto de la administración pública se enfadó, por lo que renunció al cargo de Capitán General con el cual fue investido, yendo al Prado a rumiar su rabia, recibiendo como premio de consolación el rango de “Marqués de Las Carreras”, lo cual implicaba una estrepitosa degradación. El General Felipe Rivero Lemoine, su sucesor, resultando víctima de los exabruptos del caudillo del Prado, quien torpedeó sus distintas medidas administrativas; pero la venganza no se hizo esperar, pues el General José de la Gándara se trasladó desde Santiago de Cuba a Santo Domingo, donde asumió la capitanía General, sometiendo a Santana a la obediencia y haciéndolo objeto de múltiples humillaciones. De la Gándara venía con el propósito de intentar apagar la hoguera en que se había convertido el país en medio de la Guerra de guerrillas encabezada por los restauradores. “La Gándara halló en quien “desafogar” las iras resultantes de los fracasos por donde quiera experimentados y Santana, a sus manos pagó las que debía”. Es decir, se propuso domar la soberbia cerril, y vengar los desafueros con que había herido al General Rivero. Lo acusó de haber engañado a España con las supuestas bondades de la Anexión, por lo que le formuló expediente inquisitorial.

Puede inferirse que, las contradicciones inherentes al proceso anexionista en el que se enfrentaron sus gestores locales y los representantes de la Corona española, contribuyó a desmoralizarlos, lo que a su vez se transformó en avasallante autoridad moral, a favor de la resistencia anti anexionista. No obstante los extravíos de Santana, alude Miguel Ángel Monclús, que hubo ingratitud por parte de los españoles frente a Santana, dado que aunque infligió un acto de traición contra el pueblo dominicano mediante la Anexión, actuó en defensa de los intereses del imperio. En medio de esta nueva realidad surge la preocupación de los haitianos ante la amenaza que representaban los blancos europeos en esta parte de la isla; temían, que tras los conflictos que sobrevendrían se restableciera la esclavitud. De ahí su rechazo  a la Anexión. Además esta era una de las razones por las que insistían en controlar esta parte del territorio insular. A raíz de la Anexión “los negros gritaban al Oeste del Masacre: los blancos están de aquel lado, somos perdidos”.

Conclusiones

Aunque la Anexión representa la culminación de múltiples eventos, que definen la falta de fe de los conservadores en las posibilidades autonómicas de la República y, la ausencia de valores patrios; en cuanto a Pedro santana, aunque éste no hubiese consumado aquel acto de traición, su legado político ya estaba comprometido y manchado con el crimen, debido a los fusilamientos llevados a cabo contra forjadores de la dominicanidad como María Trinidad Sánchez, José Joaquín y Gabino Puello, Antonio Duvergé. Además de posteriores y afrentosos fusilamientos, como reacción a la resistencia manifestada contra la Anexión, protagonizada por Francisco del Rosario Sánchez, José Contreras, entre otros. Es decir, el acto anexionista aunque bochornoso, no fue una sorpresa, dado que durante toda su carrera política el Marqués de Las Carreras y  los sectores conservadores e ilustrados que lo respaldaban, fueron partidarios de la misma, o del protectorado a cualquier potencia europea. Además el Artículo 210 introducido como traje a la medida en la Constitución de del 6 de noviembre de 1844, le otorgó la potestad de proceder despóticamente como siempre lo hizo y, ejecutar alevosos crímenes en nombre de la ley y de la patria.

De forma que la condición de traidor del personaje en cuestión es muy sui géneris, dado que la acepción de traición está asociada a una conducta contraria a lo que se ha profesado y a lo que se espera; a las expectativas creadas respecto a su lealtad, pero Pedro Santana jamás defendió la independencia, por cuanto de él no podía esperarse  solo veía como enemigos a enfrentar a los haitianos, por otra cosa, en tanto instrumento al servicio de una oligarquía desarraigada del ideal patriótico. Entonces, su resistencia militar estuvo orientada casi exclusivamente a la separación de Haití, en razón de los atavismos ya expuestos. Además, el concepto traidor describe un comportamiento engañoso, mentiroso, simulador; y aunque Santana carga con éste estigma, la emocionalidad a veces hace olvidar que toda su vida política estuvo signada por una actitud contraria a los principios democráticos y a la defensa de la dominicanidad, de modo que en él contrastan una “rabiosa haitianofobia con una idílica eurofilia”, que culminó arruinando  al pueblo dominicano, igual que su carrera política y su propia existencia como sujeto, víctima del desprecio de su pueblo y de sus amos españoles. De modo que, resultaría ilusorio esperar un comportamiento leal a una causa en la que nunca creyó. Por tanto, aunque desde el punto de vista jurídico-político, sobre el personaje pesa este deshonroso estigma, desde el punto de vista político-social responde a la condición de déspota, tirano o caudillo asesino, que por no haber creído nunca en la soberanía nacional ni en la libertad, su condición de traidor era predecible.

En definitiva, no obstante la controversialidad encerrada en el tema, emular la figura histórica de Santana, por parte de quienes lo hicieren, al extremo de defender su permanencia en el Panteón Nacional, constituiría una injusticia por partida doble. Primero, se pasaría desapercibido el bochornoso acto de la Anexión; y segundo, se licitarían y legitimarían los crímenes cometidos contra patriotas de probadas lealtades en la defensa del interés nacional, y por lo cual el déspota se ensañó en su contra. Además, aprobar la desafortunada conducta jurídico-política de aquel tirano, se traduciría en una reprobación implícita al comportamiento patriótico de sus víctimas; confirmar la afrentosa permanencia de aquel funesto huésped en el sacro nicho de nuestros patriotas más insignes, reconociéndole méritos atribuidos en el fragor del  folklore político dominicano, equivaldría a condenar al patricio Juan Pablo Duarte, cuya vida logró preservar mediante el destierro, en el cual se vio forzado a permanecer hasta el día de su muerte. De igual modo, este inmerecido y absurdo reconocimiento significaría condenar los comportamientos patrióticos y, a la vez, justificar los fusilamientos de María Trinidad Sánchez, José Joaquín y Gabino Puello, Francisco del Rosario Sánchez, Antonio Duvergé, entre otros.

La personalidad de una nación se engrandece y se hace fuerte y respetable ante la comunidad internacional, en la medida en que sea capaz de reconocer a sus verdaderos héroes e identificar a sus verdugos. Reconocer al caudillo seibano, en la categoría debatida, sería una decisión tan absurda como, reconocer a Buenaventura Báez en oposición a Gregorio Luperón; a Elías Wessin frente a Francis Caamaño; a los golpistas de 1963, frente al profesor Bosch, o la igualar de los asesinos de los guerrilleros de Las Manaclas a la estatura heroica de Manuel Aurelio (Manolo) Tavárez Justo.  Entonces, mantener vigente este yerro de factura político-administrativa, coyuntural y clientelar, constituiría un mensaje funesto para la juventud y el estudiantado dominicanos, dado que contribuiría a fomentar la confusa idea de que, la condición de patriota puede adquirirse por la mera condición haber protagonizado eventos militares de dimensiones épicas extraordinarias, como es el caso de Pedro Santana. Si bien estas cualidades han de tomarse en cuenta para definir el perfil de un héroe, las mismas deben estar articuladas indisolublemente aun ideal patriótico, que probó no poseer el “Marqués de Las Carreras”. Además la categoría de héroe de la patria, no se concibe al margen de los valores humanísticos y ético-morales expresados en la solidaridad, el amor y el respeto por la vida  de los demás y especialmente de los compañeros de causa, así como la lealtad, la honestidad y la tolerancia democrática. Dado que todos estos atributos estuvieron ausentes en el personaje juzgado, el mejor servicio que podemos ofrecer a la sociedad, con el cual se garantizaría cierto desagravio histórico a los fundadores de la República Dominicana, consiste en expulsar del Panteón de la Patria a un intruso que, como Pedro Santana y Familia, le quedó grande la dominicanidad.

Ciudad Universitaria, lunes 15 de octubre, 2018.


José L. Vásquez Romero, es egresado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), donde obtuvo el título de Licenciado en antropología. También realizó estudios multidisciplinarios de maestría sobre El Caribe, bajo los auspicios del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y El Caribe y la UASD, titulándose de “Maestro en Estudios de las Antillas Mayores”. Además recibió el Diploma de Estudios Avanzados (DEA) en el contexto del programa doctoral sobre Historia de América, auspiciado por la Universidad de Sevilla.

Bibliografía y fuentes.

Cassá Roberto, Historia Social y Económica de la República Dominicana, t. 2, Alfa y Omega, Santo Domingo, 1986, pp. 43-67.

Franco Pichardo Franklin, Historia del Pueblo Dominicano, séptima edición, Sociedad Editorial Dominicana, Santo Domingo, 2008, pp. 193-288.

Monclús, Miguel Ángel; El caudillismo en la República Dominicana, Editora Montalvo, Ciudad Trujillo, 1946.

Moya Pons Frank;  Manual de Historia Dominicana, 12ª, edición, Editora Corripio, Santo Domingo, 2000, pp. 297-358.

Peguero Valentina  y De los Santos Danilo, Visión General de la Historia Dominicana, séptima edición, Editora Corripio, Santo Domingo, pp. 179-219.

Tribunal Constitucional de la República Dominicana, La justa causa de la libertad (Manifiesto del 16 de Enero de 1844), Santo Domingo, 2014.

Santo Domingo, D N

30 de octubre, 2018

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