Plegaria a la muerte de una hija

El libro que -a continuación- comento, aunque es poesía, está basado en un hecho real; la hija del autor fue secuestrada y asesinada en los Estados Unidos.

Con el conmovedor título «Plegaria a la muerte de una hija», el Dr. Lorenzo Araújo nos ofrece su bello e importante libro de poemas. Está escrito sobre un hecho real cuando perdió a su hija Laura, secuestrada y asesinada en los Estados Unidos. Es un texto desgarrador que pone a prueba el alma humana y constituye un material didáctico de análisis en la práctica docente para las ciencias de la Sociología, la Socioliteratura, la Psiquiatría y la Psicología. El autor nos narra la manera espantosa, trágica, dolorosa, despiadada, triste e inhumana, en que su joven hija Laura pierde la vida bajo un asombroso panorama que nos envuelve en un terrible espanto emocional. Leer los poemas que giran alrededor de esta tragedia, la muerte de una hija, (…) tiende un manto de oscura sombra sobre toda su familia, especialmente sobre su esposa, madre de Laura, quien tenía la esperanza de encontrarla con vida.

Aunque abordemos el hecho desde la ficción, se basa en una historia real; y se hace imposible, al leer los poemas o el apéndice, no conmoverse hasta las lágrimas frente a una situación descrita con maestría escritural que transforma nuestro mundo psicológico y, además, podemos apreciar el valor estético de un texto de antología que nos hace disfrutar de la elevación espiritual del hecho literario, que es, en esencia, el trabajo del lenguaje y sobre el lenguaje realizado por el artista empinado sobre la palabra para conseguir la belleza bajo las imágenes que bajan como río desbordado sobre el alma del lector. A pesar de basarse en un hecho que afectó grandemente a un gran dominicano y a su familia.

Plegaria a la muerte de una hija es una obra que nos mantiene en un suspenso permanente, donde el sobresalto nos rodea durante la narración de un hecho trágico que afecta a esa primera célula de la sociedad, que es la familia, que sufre la pérdida irreparable de uno de sus miembros en el momento menos esperado de la vida. Es un texto de una gran belleza estética, tanto en la parte poética como en la parte de su prosa cargada de poesía.

El autor de la obra es el poeta Lorenzo Araújo, médico dominicano, egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), quien reside en los Estados Unidos, donde se ha especializado y ha ejercido su carrera de Doctor en medicina. Estudió Lenguas Modernas en la academia estatal -la UASD- y artes escénicas en Bellas Artes, en República Dominicana. Se graduó con honores en lenguas también en el Colegio de Brooklyn, de la ciudad de Nueva York.

Además, ha publicado otros textos: Muertos que Viven; Dos tiempos en los mitos indígenas en la obra de Miguel Ángel Asturias; Un breve canto de amor y muchos sueños; Mesianismo sociológico en la obra de Pedro Mir. También es el autor de Nostalgia de los tiempos idos. Se certificó en abuso de sustancias en el American Board of Addiction Medicine y del Board de Psiquiatría y Neurología; desde el 2005, es profesor asistente voluntario de la Clínica Psiquiátrica de la Escuela de Medicina de la Universidad de Oklahoma. En la actualidad, vive en Oklahoma y trabaja como director ejecutivo de la Clínica de Abuso de Sustancias, en el Hospital de Veteranos de la misma ciudad.

El Dr. Lorenzo Araújo es una persona sencilla, de fino trato y excelentes relaciones humanas, que camina por los senderos del mundo de la ciencias médicas y el mundo de la poesía. Bien dicen las personas de ciencias: «Es que la ciencia es arte». Le agradecemos los libros de su autoría que nos regalara. Gracias, Dr. Araújo!!

Cito algunos textos de la parte en prosa de la obra:

«Inicialmente Laura argumentaba que como ella nació en Nueva York había tenido muy poco contacto con la familia en la República Dominicana… Pero cuando llegó al país se dio cuenta que todo el mundo la recibió con el calor y entusiasmo típico de la isla. La estadía había sido alegre, llena de júbilos y de emociones…

Julio es un mes bello en la isla. El cielo tiene siempre un color azul profundo. La brisa es suave y generosa como la gracia divina y viajar desde la capital al aeropuerto bordeado de agua azul claro del mar, es siempre grato. De repente salta a la vista una gaviota suspendida en el aire allá en el horizonte; un avión que despega y otro que aterriza, gente alegre y jovial, explosiva música de merengue.

Ella tenía infinito deseo de viajar. Como a ella no le gustaba ser abrazada, nos despedimos como siempre, sin abrazos. Después que nos despedimos sabíamos que podíamos irnos; ella no volvería a mirar hacia atrás para decir adiós con las manos. Ese día era diferente. Como siempre, nos quedamos mirándola hasta que se perdió en la muchedumbre. No tuvimos sobresaltos ni premoniciones y sin ninguna señal, este fue para siempre nuestro último encuentro. No había señales de tormentas naturales. De repente el sonido del teléfono interrumpió la armonía del corazón para siempre. En un instante descubrimos que el sonido puede tener color; y la brisa, sabor y que el cuerpo puede adquirir la liviandad de una copa de algodón suspendido en la brisa.

El teléfono, una voz atormentada hizo unos cuantos segundos parecer una eternidad. Lleno de espanto le rogué a mi cuñada que dijera la noticia, finalmente nos informó. Luchamos para llegar a la casa y cuando entramos, un aluvión de llamadas telefónicas con información fragmentada y distorsionada nos esperaba. Sin embargo, una instrucción era exacta: un cuerpo sin vida había sido encontrado y la oficina del médico legista de la ciudad de Filadelfia pedía que fuésemos a identificarlo. Por las descripciones dadas, yo estaba seguro de que se trataba de mi hija. Mi esposa, sin embargo, abrigaba la última esperanza de que no fuera ella.

Mas el informe de la prensa y la policía indicaron que antes de matarla, el victimario debió haberla torturado severamente para obtener el número de cuenta del banco. Posiblemente la amarró, le tapó la boca, le cubrió los ojos y la golpeó severamente antes de ejecutarla. Por esa razón mi duelo es por el proceso de dolor, de desesperación, de soledad y de desesperanza que ella debió haber pasado,

precisamente antes de morir. La noticia de la muerte fue seguida por una repetición del proceso en mi imaginación. Verla amarrada de pies y manos, tapada su boca, en una posición incómoda, deseando ayuda, teniendo la esperanza de ser socorrida por alguien, deseando que ocurriera un milagro. Obviamente sus plegarias no fueron oídas».

  • Cito estrofas del primer poema, titulado Sálvame Ahora:

«Ahora investida con el poder que te da la muerte

Tú has trascendido lo mortal y lo humano.

Puedes ver todo sin que nadie te vea

Y al igual que Dios quizás lo sabes todo.

Ayúdame como yo te ayudé,

ahora que eres invisible.

Delante de mí, señálame el trillo por donde andar seguro.

Remueve los peligros escondidos a mi paso.

Aléjame de las trampas que me asignó el destino.

Morir en la flor de la juventud te da poderes

para ver por mí lo que yo no puedo.

Yo estoy viejo, ya medroso por los años,

lento, cansado, sin ambición alguna.

En la muerte, llena de inmortales privilegios,

tú inspiras en los mortales admiración y envidia.

Yo te ayudé cuando tú eras frágil,

en la muerte tú vives como árbol florido.

Yo sigo decadente como triste mortal, débil por el pecado.

Tú con llevarte primero, Dios te ha dado poder para que tú me salves…» (Pág. 39)

Y en el poema Camino de Dolor, encontramos la voz de un sujeto de la narración que expresa su desventura que, en ocasiones, producto de la herida que le lacera el alma, realiza un viaje sin lugar seguro para encontrarse en un árido desierto y la más espantosa soledad. Citamos:

«Salí de algún lugar

y comencé un viaje sin saber a donde iba.

Me encontré caminando por árido desierto.

Yo iba caminando solo, pero no solitario.

Por muchos días y por muchas noches

estuve caminando por ese inhóspito camino.

Caminaba callado bajo un ardiente sol.

El polvo del viento me golpeaba en los ojos,

noche y día.

Por el día, el caliente del sol y la arena caliente

me calcinaban.

Por la noche la brisa fría me congelaba el alma.

Salí de algún lugar, sin saber hacia donde.

Noche y día yo caminaba solo.

No había nadie a quien pedirle ayuda.

El instinto era la única guía.

Yo no llevaba alforjas, mantas ni agua.

Me abrigaba en mí mismo, me alimentaba el aire,

me bebía la esperanza. (Pág. 37)

Es importante destacar la manera estratégica en que el autor es capaz de trabajar el tema tan lacerante de la muerte de su hija, tratándolo desde el reportaje periodístico convertido en largo relato y el verso, pero sin perder la línea fundamental de la narración del hecho en la obra.

Felicitaciones al Dr. Lorenzo Araújo por su importante texto poético, y la vez nuestras más profundas condolencias. Queremos excusarnos por vernos en la obligación de comentar esos versos de su autoría.


Maestro Rafael Nino Féliz
27 de octubre, 2018
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