Reflexión sobre la formación profesional de la psicología en la República Dominicana

Por: Enerio Rodríguez Arias PhD

Con el crecimiento incontrolado de los programas de formación de psicólogos en el país, resulta difícil describir el proceso de formación del psicólogo en República Dominicana, pues hasta el momento no ha habido unidad de criterio al respecto.  Cada institución decide libremente sobre los requisitos para graduar un psicólogo así como la forma en que dichos requisitos serán cumplidos por el candidato. Dentro de la mencionada heterogeneidad, sobresalen algunas dificultades que son comunes a la tarea de formar profesionales de la Psicología en República Dominicana.

En el nivel de Licenciatura, la principal dificultad común a todos los programas de formación de psicólogos ha sido la falta de facilidades para el entrenamiento práctico profesionalizante.  La ausencia de personal acreditado para supervisar las prácticas de los estudiantes en la fase terminal de su formación profesional ha impedido alcanzar el equilibrio y la coordinación necesarios entre los aspectos teóricos y prácticos de la docencia en los departamentos de psicología del país. Esta situación existente en 1967 como consecuencia de la ausencia de tradición de ejercicio profesional en Psicología en el país, se ha agravado durante las últimas décadas como resultado de la proliferación de programas de formación de psicólogos, que ha hecho crecer las necesidades vinculadas al entrenamiento profesional en una progresión geométrica, mientras que las facilidades institucionales para dicho entrenamiento no han crecido ni siquiera en una progresión aritmética.  Debido a ello, aspectos cruciales de la formación profesional del psicólogo quedan frecuentemente bajo la responsabilidad de jóvenes recién egresados de las aulas universitarias, con escasa experiencia docente y profesional. En un orden similar de ideas, la multiplicación de los programas de Psicología en el país, con sus niveles altamente variables de exigencia, podría conducir a un equivalente psicológico de la «Ley de Gresham» en Economía; en este sentido, mientras los programas con niveles más altos de exigencia estarían destinados a sufrir una sensible reducción en su matrícula, los programas con niveles más bajos de exigencia experimentarían un notable crecimiento en la misma, reproduciendo en el campo de la formación de psicólogos el fenómeno señalado por Gresham en el siglo XVI de que «La moneda mala desplaza a la buena». Esto tiene a su vez el considerable perjuicio de inundar la profesión psicológica con profesionales pobremente preparados para hacerse preguntas importantes y buscar las respuestas, para leer con actitud crítica la literatura psicológica, y para contribuir en algún sentido al desarrollo de su propia profesión.  La tentación que constituye el atractivo de obtener un título universitario en corto tiempo y sin mucho esfuerzo, representa la amenaza más grave al desarrollo de la psicología como profesión destinada a dar respuestas verdaderamente profesionales a las necesidades de servicios psicológicos de la sociedad dominicana; además, un profesional formado bajo esos criterios está en franca desventaja cuando las circunstancias lo coloquen en inevitable interacción con profesionales afines, enajenándose el respeto de estos últimos. Por otra parte, cualquiera que haya vivido en contacto con la Psicología por más de una década se habrá dado cuenta de que el saber psicológico es de aprendizaje muy lento e incierto, y por ello la formación profesional del psicólogo requiere de esfuerzo y dedicación persistentes, y de tiempo. En cuanto a los programas de Maestría, los principales problemas residen en la flexibilidad de los criterios para el ingreso, que conduce inevitablemente a grupos académica y profesionalmente muy heterogéneos, y en el régimen de tiempo parcial con que la mayoría de los estudiantes desarrolla el programa de estudios; pero a pesar de ello, estos programas constituyen las únicas oportunidades abiertas en el país para que el psicólogo dominicano pueda alcanzar cierto nivel de especialización; en esa virtud, sería deseable que las universidades con más tradición en la enseñanza de la Psicología incorporaran los programas de Maestría a su quehacer permanente y les brindaran facilidades a los licenciados en Psicología egresados de sus propias aulas, que por sus credenciales académicas sean considerados candidatos potencialmente exitosos para continuar estudios en el nivel de Maestría. De esa manera, los programas de Maestría podrían convertirse en la fuente de los recursos humanos calificados, necesarios para enfrentar el reto de formar profesionales en la psicología que puedan sustentar su ejercicio profesional en el conocimiento de la ciencia psicológica.

Sin pretender ofrecer una panacea a los complejos problemas que rodean el proceso de formación profesional en la carrera de psicología, creo que la discusión debe comenzar por la relación entre la psicología como ciencia y la psicología como profesión.  A diferencia de la medicina y la ingeniería, que en sí mismas no son ciencias sino profesiones basadas en la integración y la aplicación de conocimientos generados por diferentes disciplinas científicas, la psicología conjuga en sí misma la doble condición de ciencia y profesión.  Es por ello que, desde mediados del siglo XX se ha sostenido que una persona que se llame profesional de la psicología debe, primero que todo, ser científica Raimy, 1950). El modelo de formación profesional que se deriva de esta convicción implica que un verdadero profesional de la psicología debe familiarizarse con la aplicación del método científico en un grado tal que un simple profesional debe ser un científico-profesional de la psicología.

Las implicaciones de este modelo conceptual de adiestramiento profesional han sido ampliamente discutidas, en vista de las habilidades aparentemente diferentes que caracterizaran al investigador y al profesional en ejercicio (Peterson, 1976; Wollersheim, 1974).  Peterson (1971) ha argumentado que la formación de un científico es un proceso tan complejo y prolongado que limita considerablemente el espacio al adiestramiento en la adquisición y uso de las destrezas necesarias para el ejercicio profesional. A pesar de este argumento, y de que la evolución de las necesidades de servicios psicológicos ha obligado a abrir espacios a nuevas modalidades de adiestramiento profesional (Korman, 1974), el modelo del científico-profesional sigue gozando del más alto prestigio entre quienes dirigen los  programas de formación de psicólogos en Norteamérica (O´Sullivan & Quevillon, 1992).

Mark R. Rosenzweig

Rosenzweig (1992) incluyó a la República Dominicana entre los países cuya psicología muestra un énfasis en la aplicación y la práctica, lo cual implica que no es posible la adopción pura y simple del modelo de adiestramiento profesional previamente descrito.  Además, sería inútil pretender conseguir en menos de cinco años y con estudiantes a tiempo parcial lo que con estudiantes a tiempo completo y en mejores condiciones de adiestramiento requiere aproximadamente siete años.

Es obvio que las limitaciones señaladas no cambian la realidad de la psicología en su doble condición de ciencia y profesión, pero sí pueden imponer cierto reordenamiento de las prioridades en la formación profesional del psicólogo dominicano. En este sentido, el futuro profesional de la psicología debe familiarizarse con una ciencia relativamente joven, conceptualmente heterogénea y con un bajo nivel de integración. Partiendo de esa realidad, la enseñanza universitaria de la psicología debe ser un permanente ejercicio crítico, más que un proceso simple de transmisión de conocimientos.  En otra dimensión, la formación profesional del psicólogo, lejos de limitarse al adiestramiento rutinario en el uso de técnicas y procedimientos, debe dotar a la persona de los recursos analíticos indispensables para evaluar científicamente los procedimientos más frecuentemente empleados en la práctica profesional, así como realizar aplicaciones profesionales nuevas a partir de los conocimientos científicos establecidos. De esta manera, el modelo de formación profesional resultante pone el énfasis en formar un profesional de la psicología con una clara convicción de su quehacer que debe sustentarse en los conocimientos establecidos por la propia psicología y las ciencias afines.

Aunque cada país de América Latina ha hecho su propia discusión sobre la formación profesional del psicólogo, la elaboración de un modelo latinoamericano para el adiestramiento profesional en psicología ocurrió en la primera conferencia latinoamericana sobre adiestramiento en psicología, celebrada en Bogotá en diciembre de 1974 (Ardila, 1978). El llamado modelo latinoamericano propone un período de formación de cinco años, al término del cual, el estudiante, previa presentación de una tesis de grado, obtiene el título de psicólogo que le califica para laborar en cualquier área de la profesión sin necesidad de un perfeccionamiento adicional.  Aunque pone énfasis en los aspectos profesionales aplicados, el modelo latinoamericano considera que el psicólogo debe ser tanto un científico como un profesional. Según este modelo, la formación debe darse en todas las áreas de la psicología, y aunque en los últimos semestres se promueva la especialización, esta última no debe aparecer en el título, que será el de Licenciado en Psicología o el de Psicólogo, sin ninguna otra mención. Con excepción de la duda en torno a la posibilidad de que en cinco años se pueda preparar un psicólogo que, sin necesidad de adiestramiento adicional, sea capaz de trabajar en todos los campos del ejercicio profesional de la psicología, creo que el modelo latinoamericano, con su énfasis en los aspectos aplicados de la profesión y la insistencia en su fundamentación científica, constituye un punto de referencia útil en la discusión sobre la formación profesional en la disciplina.

B. F. Skinner

Por otra parte, el énfasis en un ejercicio profesional basado en el conocimiento de la ciencia psicológica constituye el mejor antídoto contra las ocasionales «huidas hacia lo profano» (Skinner, 1972) de algunos profesionales de la psicología, y contribuirá a proteger al público ingenuo que, ansiando salud, felicidad y éxito, se deja arrastrar por las más extrañas afirmaciones y las promesas más fantásticas (Yates, 1967). Asimismo, constituye una barrera contra la proliferación del charlatanismo dentro de la profesión psicológica.  Anastasi (1970) incluye entre los charlatanes a aquellas personas que promueven diversos sistemas para desarrollar la personalidad en poco tiempo y sin esfuerzo alguno, perfeccionar la memoria en unas cuantas lecciones, superar fácilmente los temores y otros problemas emocionales en general, alcanzar salud, riqueza y felicidad. En esta forma, el charlatán promete soluciones más fáciles y satisfactorias para los problemas de la gente que las que puede ofrecer el verdadero psicólogo, consciente del alcance y de los límites de su ciencia y profesión. En síntesis, fortalecer la formación del psicólogo en los aspectos científicos y metodológicos, vincular de manera coherente la enseñanza teórica con el tratamiento práctico, y extender el proceso de formación profesional hasta cinco años, son medidas que conducirían a mejorar la calidad profesional y científica de los futuros psicólogos dominicanos.

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El autor del retrato: Enerio Rodríguez Arias es el PhD. Dustin Muñoz

Fuente: http://www.psicolatina.org/17/dominicana.html

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