Certificado de pobreza

Syria Poletti
Por: Syria Poletti

FUE EL INVIERNO más crudo. Ella vendía lo poco que todavía quedaba, pero ya no quedaba nada.

Doña Beta, la campesina fiel que había sido una de sus criadas en los buenos tiempos, de vez en cuando nos traía un poco de leche o cuajada. Le pagábamos con chucherías. Pero ella lo hacía porque, gracias a abuela, había logrado casarse y salir de las garras de los patrones. También abuela, al referirse a sus propios hermanos, pronunciaba la palabra “patrones” con rapidez y disgusto, como si esa consanguineidad la molestara. Otros genes, decía.

Doña Beta enfermó. Sus manos, acostumbradas a escarbar la tierra y a estirar las ubres de las vacas, se pusieron nudosas. Cuando íbamos a verla, se condolía por no poder traernos la poca leche que a veces sobraba de las ventas.

—¿Leche? —se extrañaba abuela—. ¡No es tan necesaria, Beta! Las zanahorias son mejores.

—Es por la niña —insistía Beta—. Por el desayuno.

—¡Oh! Nada envejece más que formar hábitos. Desayunarse con leche es un hábito. Se puede reemplazar con unas nueces.

TODAS LAS MAÑANAS, tía Josefa, la dueña de la joyería, mandaba un tazón de leche para su madre y un pedazo de zapallo al horno para mí. La sirvienta tenía instrucciones precisas: vigilar para que la leche la tomara solamente abuela. Yo debía comer el zapallo y mandar a decir “muchas gracias a la señora”.

Yo miraba la leche, tan cara, tan preciosa. Tenía un poquito de nata, que casi parecía manteca Nunca comíamos manteca. Y yo pensaba: “El día en que me case, si es que me caso, con Bruno, seguramente habrá una fiesta y yo me daré un atracón de manteca”. Y al zapallo lo miraba de reojo, o con los ojos turbios del hambre. Pero cuando iba a cortarlo, algo raro, indómito me oprimía la boca del estómago y el hambre se iba a serpentear por otras zonas.

Si la muchacha no nos hubiese observado, abuela y yo habríamos compartido la leche y el zapallo. En cambio, la muchacha permanecía parada, estúpida, misérrima, repitiendo:

—La patrona manda decir que usted, señora, tome la leche y la chica coma el zapallo. Caliéntelos…

Abuela sonreía, lejana, divertida, hecha de alas intocables y disponía:

—Siéntate, muchacha. Toma esa leche. Trabajas mucho y te hace falta calcio. También para el cerebro. Tómala con el pedazo de zapallo que trajiste para la niña. Come y no le cuentes nada a tu patrona.

La muchacha engullía, ávida, golosa, un poco torva, avergonzada. Y como para justificar su actitud, contaba a boca llena:

—Los chicos de mi patrona se desayunan con chocolate, bizcochos, manteca…

El chocolate era algo fuera del alcance de mis sueños, pero la mención de la manteca daba en el blanco: su resentimiento alcanzaba mi resentimiento.

Abuela me sacaba de allí. Me susurraba:

—No mires a la muchacha mientras come. No hay nada más feo que ver a alguien comer humillado. Parece que cada bocado lo va a intoxicar. En cambio, un pedazo de polenta en libertad se te vuelve sangre.

La muchacha terminaba de comer y se iba. Y por el resto del día tía Josefa podía atender a sus negocios tranquila. Había cumplido con esa madre tan absurda y con esa sobrina caída como peludo de regalo en medio del escándalo, del desastre familiar y la inflación, esa sobrina como fuera de sangre que siempre esperaba un pasaje para América. Y ese pasaje nunca llegaba, ni llegaría, porque quien abandona un hijo por algo lo hace. Para escurrirse el bulto. Y ese pasaje era la comidilla del pueblo.

—NO SÉ POR QUÉ una no puede desayunarse con un alcaucil si eso le gusta —decía abuela.

—No tenemos alcauciles. En casa de tía Josefa se desayunan con chocolate. Y manteca.

—Yo prefiero una grapa. O un huevo recién puesto. Tibio, Uno siente que adentro late la vida.

—Pero le das tu huevo a Marietta. ¿Por qué?

—Bueno, ella es una vieja. Todo el día en la calle, con su hornalla de asar castañas…

Yo sabía que trocaba ese huevo por un puñado de castañas para mí. Entonces la miraba, mientras ella removía la polenta en ese calderito de cobre suspendido sobre las llamas del fogón. Parecía preparar pócimas prodigiosas. Con ese rostro envuelto en sombra o arrebatado en llamaradas semejaba una figura de cine mudo iniciada en misterios insondables.

Volcaba la polenta sobre el disco de madera. La cortaba con un hilo inmaculado para no dañarla con la hoja del cuchillo. A veces, la adornaba con perejil, con orégano… O con un poco más de sal. Y como era duro mandar abajo la polenta sin un poco de leche, o de vino, ella hablaba, creaba fantasías, inventaba proyectos.

Pero eso sucedía pocas veces. Casi siempre encontrábamos algo para acompañar la polenta. Ella cultivaba una minúscula huerta debajo de la escalera exterior. Unos tres metros de tierra. Teníamos hojas de salvia para limpiarnos los dientes, plantas aromáticas, zanahorias mínimas, algunas arvejas, algún poroto, una planta de tomates.

Y yo siempre lograba vender algo: trapos viejos, diarios, pedazos de hierro, huesos, carreteles de hilo vacíos, botellas, frascos. Entonces comprábamos el pan, y a veces dos sardinas. O una anchoa. Además, recogíamos espárragos silvestres, ranas, caracoles… A veces los campesinos nos traían frutas. O un salame. Era cuando necesitaban su mediación ante los “patrones”, el médico o el cura. Ella recibía los dones de la tierra con alegría de novicia y así nuestras comidas estaban hechas por sorpresas, con las combinaciones más disparatadas y originales. Mezclas improvisadas con recetas que se remontaban a los alquimistas. O empinadas por algo llegado imprevistamente, por ejemplo un dorado melón enviado desde Sicilia por el extravagante, lujoso hijo artista que deambulaba por el mundo, inexplicablemente ajeno a nuestra pobreza y al malestar prebélico.

Comíamos con apetito jubiloso. Con los escasos elementos encontrados, ella preparaba manjares. Un tomate era un sol. Traía temperaturas de América. Ella multiplicaba por días su sabor, su rojo dominical. Las comidas eran siempre un picnic.

Hacíamos larguísimas caminatas en busca de ramas y bayas para adornar la mesa. Así, también la decoración era improvisada: pámpanos, hojas de hiedras o ramas de muérdago como si todos los días fuese Navidad.

YO TENÍA CONCIENCIA de haber resbalado dentro de una familia insólita: una mezcla ácida y a la vez excitante de privilegios y marginaciones. Me sentía desubicada y apartada de todo rumbo. Desprendida. Ella parecía no darse cuenta de que su manera de vivir estaba totalmente fuera de la normalidad y de la prudencia que imponía la situación.

—No le enseñas nada provechoso a la muchacha —le reprochaba tía Josefa.

—¿Nada provechoso? ¡Le enseño el provecho de vivir! Y de vivir libre en la pobreza. Eso le va a servir en cualquier época. En cualquier lugar. Tú nunca comprenderás eso. No sé en qué descuido te parí. Estableces categorías sobre la base de chocolate y de zapallo. Y no te das cuenta de que a tus hijos les arruina el hígado. Y el corazón.

Yo no entendía por qué abuela no podía admitir la aparición de esa hija ni el parentesco con sus hermanos.

Lo entendí ese invierno. Lo dije. Fue el más crudo.

El agua de las cañerías se había congelado y no teníamos leña para el fogón de la cocina, la que calentaba la pequeña, humosa casa. Yo hacía largas exploraciones por la campiña, en procura de ramas y de cortezas. Aquello me gustaba, especialmente en los días de lluvia. O de nieve. No eran bosques de encantamientos como aquellos adheridos a las Dolomitas. Pero había árboles y estaba el río, verde y tortuoso, con sus puentes y su neblina. Y en cada recodo del río surgía la imagen de las luchas contra los invasores, los opresores, los tiranos. Y estaba la casa de Bruno, mi compañero de banco, hijo de antifascistas, el que yo imaginaba como el nuevo héroe, el que ocupaba mis pensamientos o esa sucesión de estremecimientos y de ensoñaciones que son la anticipación del amor.

Cuando volvía con algún atadito de leña, sentía que me acompañaban los pasos de quienes habían caído en esos mismos campos, sobre esos mismos puentes. Era como hollar una tierra húmeda de huesos en fermento. Cables que me transmitían no sé qué secreto mandato. Me hubiese gustado hablar con Bruno de todo eso, pero él era taciturno, esquivo. Cuidaba lo suyo. Y me conformaba pensando que esa poca leña servía para hacer fuego. Un fuego que se me ocurría ritual, inextinguible.

EL FRÍO CORTABA LA CARA. El agua de las cañerías se había congelado. Había que ir a buscarla a la fuente pública. Pagar el impuesto. Impuestos para todo, también para ir al colegio. Veinte grados bajo cero. En el colegio, el Comité Fascista solucionó el problema de la falta de agua, proporcionando palanganas colectivas con agua jabonosa para que los chicos, al llegar, pudiéramos lavarnos allí las manos y la cara. Eso era bueno. Significaba no tener que ir a buscar agua a la fuente pública.

Una mañana, yo iba a salir de casa sin lavarme. Me lavaría en el colegio. Y al entrar a la cocina, encontré una palanganita de agua tibia sobre la mesa.

—Lávate aquí —dijo ella—. El agua es de Dios y no de un Comité.

¿Habría ido ella a la fuente pública? Descubrí el martillo. Ella había convertido en agua los trozos de hielo pegado a la canilla.

NUESTROS PUEBLOS eran difíciles de adoctrinar. La tierra mísera, las invasiones y depredaciones habían templado a la gente. Desconfiaban de las promesas y de todo lo que no saliera de sus propias manos.

—Mussolini no logra convencer a la gente. Habla demasiado—, decía ella.

En cambio, convenció a muchas madres y a muchos chicos, que corrieron a inscribirse al Partido cuando el Comité Fascista organizó la copa de leche para los escolares con certificado de pobreza. Entre las organizadoras estaba tía Josefa. Ella fue la primera en decir a abuela:

—La muchacha puede desayunarse en el comedor escolar. Dan café con leche y pan. Y hasta una cucharada de aceite de hígado de bacalao. Que coma allí. Hablaré con la encargada para que le den ración doble. Que tramite el certificado de indigencia y le darán la tarjeta. Finalmente, sus padres…

—Ella no irá. Es mi nieta.

—Al fin y al cabo, usa el apellido del padre y no el nuestro. Además necesita tomar su leche todos los días.

—También necesita su libertad todos los días. No quiero que empiece a someterse. No acatará mentiras a cambio de una taza de leche. Aquí tiene zanahorias, sardinas, piñones…

—Estás completamente loca. Y además es peligroso…

Tía Josefa se marchó, más encapotada que nunca en su asfixiada indignación. Abuela le dio piñones molidos al canario e hizo polenta. La condimentó con canela y clavos de olor. Era lo único que nos quedaba. La colocó sobre la mesa, bien humeante. Y de repente, no sé de dónde, sacó dos tajaditas de tocino. Algo habría desaparecido: el molinillo del café. Pero allí estaba el tocino. Y por varios días.

—Tú no irás a tomar el desayuno en el Comité. No necesitas agachar la cabeza. Aquí tenemos sardinas, nueces, castañas… Y a veces algunas manzanas. Sería como despreciar la gracia de Dios, que todos los días nos permite comer algo apetitoso y diferente sin por ello tener que desfilar bajo el retrato de Mussolini con el brazo levantado. Además les hacen cantar también un himno de gracias al Duce por la miserable copa de leche que les dan. No sé por qué tienen que rendir acción de gracias a un hombre por algo que sale del vientre de la tierra. O de las vacas. No sé qué tiene que ver él con las vacas. ¿Por qué le vais a cantar un himno a él si jamás les cantasteis un himno de gracias a las vacas?

Era un razonamiento justo. Yo podía desayunarme con bayas o castañas. Y agua pura, perfumada con cascaritas de limón. El precio de la leche la volvía cada vez más quimérica.

Pero yo tenía mi obsesión, tenía mi avidez, no por la leche, sino por la nata, esa nata que podía parecerse a la manteca. Y por el pan fresco, recién horneado. Y me hubiese gustado compartir las mesas con los chicos, con los que reían y cantaban, con los que sabían arreglárselas muy bien, seguros de las ventajas de su pobreza. No eran como yo, ni como Bruno, que era un héroe. Porque seguramente Bruno no claudicaría: él no iría a tomar la copa de leche en el Comité. Jamás haría el saludo fascista. Iría a trabajar antes que doblegarse.

EL FRÍO AUMENTÓ. Era duro salir de casa sin algo caliente en el estómago. Y era tentador mirar a los chicos del comedor escolar, sentados ante las largas mesas, todos de guardapolvo negro, todos con las bocas llenas…

Resolví anotarme para ir yo también a tomar la copa de leche sin que ella lo supiera.

Fui a informarme, así, como de pasada. Pero yo no figuraba en ninguna de las listas de chicos “indigentes” o de “padre desocupado”. Mi apellido paterno no decía nada. Una nulidad. Ni siquiera un número. El único antecedente era un abuelo borracho. Y el apellido materno, el de abuela, era un arma de doble filo: seguía siendo uno de los más aristocráticos y detestables del pueblo. Una incongruencia. Sus sobrinos seguían siendo dueños de tierras, de industrias y de joyerías. Eran todos fascistas, porque, decía ella, si defienden sus intereses con manos y uñas y orejas, ¿con qué defienden las ideas? Tendrían que dejar todos los bienes, como San Francisco. Y después vivir. Pero eran unos bellacos y ella sentía conmiseración por esos sobrinos que a fuerza de mimetizarse con los colores políticos y de trabajar con trampas el mazo de las inflaciones, habían terminado por volverse tan amarillentos y resecos como limones viejos.

Sentía confusión, inhibición. Avancé, pero en el momento de presentarme ante la mesa de entrada para llenar mi “certificado de indigencia” me paralicé. Debía dar datos concretos. Inclusive, me pesarían para saber si estaba bien alimentada o no, si realmente necesitaba esa copa de leche o no. ¿Cómo decirles que ella se sacaba la comida de la boca, para dármela a mí, pero que yo deseaba la leche para hacerme la ilusión de comer manteca?

A lo mejor, me preguntarían por mi padre. Nombre. Apellido. Profesión. ¿Qué profesión tenía mi padre? Y dirían: ¿cómo tu madre se casó con él? ¿Adónde están? ¿Por qué se fueron a América? ¿Por qué no te mandan dinero? ¿Tú, pobre? ¿Y los bienes de tu abuela? ¿Qué hizo con ellos? Y el hijo, el artista, el divo ése, ¿no manda dinero? Y a los hermanos, a los millonarios, ¿no les da vergüenza? ¿Y la hija, la que se hace la santa? ¿Declaración de indigencia? Tienes que venir con tu abuela.

Un trámite imposible. Todo resultaría absurdo. Yo terminaría por confundirme, por confesar mi vergüenza, ese escozor de culpa que me acosaba ante el hecho de acumular sobre mí tantas incoherencias. Me avergonzaba el tener que revelar las quemazones ocultas por una mísera copa de leche. Y, a lo mejor, sin nata. Todo hubiera salido al revés. Nadie entiende a los descolocados. Acabarían por pensar que yo también estaba trastornada, como la vieja.

Era imposible sacar certificado de indigencia sin exhibir todas las llagas, sin marcarlas a rojo, sin patentizarlas a vida. Era por eso, entonces, que ella nunca había sacado tarjeta de indigente. Pero ella había nacido rica. Y yo no. Yo afrontaría esa realidad. No quería estar al margen, como Bruno. Finalmente, él podía tener ideas porque él tenía padres. Y yo no.

Al pasar ante la Municipalidad vi largas colas de chicos desarropados en espera de cumplir con el otro trámite necesario para lograr la tarjeta que daría derecho a la copa de leche. Allí se expedía el certificado de “no ejerce la limosna”. En esos años de carestía estaba prohibido pedir limosna. Había que desterrar a los pordioseros. No daban una buena imagen del país. Los llevaban presos. Y si un chico pedía limosna en la calle, no tenía acceso al desayuno escolar.

Con enorme sorpresa vi salir de allí, ufanos, provistos del certificado de “no ejerce la limosna”, precisamente a los chicos que acostumbraban pedir limosna. Otra farsa a la vista. Yo nunca había pedido limosna. No tenía la menor experiencia para conseguir un certificado tan injuriante. Y el hecho de que unos empleados tuviera el poder de certificar una verdad que no precisaba demostración resultaba más humillante que necesitar de limosna. Me di cuenta que ésas eran las experiencias que hacían a los chicos desenvueltos y expeditivos. Pero todo el coraje acumulado a fuerza de pensar me abandonó. Me venció el desaliento. Me fui pensando que tampoco Bruno sacaría tarjeta para la copa de leche.

POR LAS MAÑANAS, antes de entrar a clase, pasaba ante el Comedor Escolar instalado en el pabellón de gimnasia. Miraba a los chicos de guardapolvo negro que tomaban su desayuno y espiaba si la leche tendría nata o no. ¿Les darían también azúcar? Azúcar, imposible. Habían adornado el frío salón con un gigantesco retrato del Duce, con insignias, inscripciones y banderas.

Los chicos comían incólumes a todo, como suele pasar con los pobres.

Quizá yo hubiese podido colarme, decir a los conserjes que había extraviado la tarjeta… Además, era sobrina de la señora Josefa, la organizadora.

Sí, colarme, como lo estaban haciendo muchos otros chicos. ¿Sí? ¿No? ¿Ahora? ¿Mañana?

Si yo hubiese conformado a tía Josefa, si yo hubiese sacado la tarjeta que daba acceso al desayuno escolar, tal vez tía Josefa volvería a proporcionarle a abuela esa taza de leche que había dejado de mandarle como escarmiento por su tozudez. Quizá volvería a mandarle ese poquito de café que ella tanto añoraba.

Me arrebató una ola de heroísmo, de ternura hacia ella. Yo no debía permitir que abuela quedara sin leche, sin café, tan sólo porque a mí me avergonzaba sacar certificados de indigente y pasar por el mal trago de pedir también un certificado de “no ejerce la limosna”. Finalmente, se trataba de dos verdades. ¿Por qué debía avergonzarme tanto? “Ni la gramática saben —decía ella— porque la limosna no se ejerce”. Tonterías. La realidad era que las dos necesitábamos desayunaros con leche.

Vi a los conserjes distribuyendo cucharadas de aceite de hígado de bacalao a los chicos más flacos y linfáticos. Sentí un vuelco de admiración por Bruno, que nunca estaría entre ellos. Bruno era fuerte por dentro y por fuera. Callaba. Sabía ser un héroe.

AL FIN, LLEGÓ LA OPORTUNIDAD. El Comité del colegio organizó una reunión extraordinaria para recibir a un jerarca. El alto personaje venía para hablar a los niños del Duce y, en particular, a los que recibían los beneficios de la copa de leche.

Ese día, entre la puja de chicos que querían entrar para comer, el alboroto de las maestras de tiesos guardapolvos negros adornados de grados e insignias, entre banderas y fanfarrias, yo también entré, anhelante e insegura. Era mi oportunidad.

Al verme entrar, una maestra sin insignias me miró azorada:

—¿Tú también vienes a tomar la copa de leche?

—Sí.

Me miró con mayor perplejidad todavía, Parecía decirme: no tienes culpa. Pero en su mirada no había reproches, sino la infinita tristeza que suele haber en los ojos de algunas mujeres que conocen demasiado el peso de la realidad sobre el corazón humano. Entonces advertí que su silencio era muy diferente del silencio precavido de Bruno.

Me acerqué cautelosamente a los grupos de chicos movedizos. Se percibía el aroma a pan mezclado con el olor a aceite de hígado de bacalao. Los chicos estaban ansiosos por sentarse a comer. La tardanza del desayuno los ponía molestos: sembraba en ellos atisbos de disconformidad.

Miraba a los que iban desfilando ante la mujer que distribuía cucharadas de aceite. Ella también llevaba guardapolvo negro y un brazalete con las insignias del Partido. Eso me hizo recordar que, años atrás, a los contrarios les hacían tragar a la fuerza aceite de castor. Yo no conocía bien la diferencia entre los dos aceites, y, por consiguiente, por las muecas de asco que hacían mis compañeros al tomarlo me pareció que era el mismo aceite. La mujer me hizo señas para que yo también me acercara a tomar una cucharada.

—Te hará bien. Es bueno para los huesos —dijo.

—Pero no me va a sacar las ideas —rebatí yo.

La mujer me miró sin entender. Y por las dudas de que yo fuera una débil mental, me hizo tragar dos cucharadas. Ella no sabía que abuela me contaba: “Nos hacían tragar aceite de castor. Con esa purga nos sacaban todo lo que teníamos en el cuerpo, menos las ideas”.

Entonces, lo único limpio eran las ideas y tragué las dos cucharadas de aceite sin protestar, para sentirme héroe. Yo también podía perder todo lo que tenía en el cuerpo, menos las ideas. Pero ¡qué ideas! Yo sólo quería comer el pan y probar la manteca. Me hubiese gustado tener ideas, como Bruno. Eso daba identidad. Pero yo sólo tenía ganas de comer. Y de pronto lo vi.

Sí, era él. Bruno.

Lo vi parado entre otros chicos, con su cara que no decía nada, cara de papanatas. Lo llamé. Necesitaba que me dijera algo. O ver que él también se sentía avergonzado, al igual que yo. Pero él sonrió, con desgano. Toda su atención se concentraba en marcar el paso, en hacer lo que correspondía hacer para alcanzar el desayuno.

Nos colocaron en fila, parados. Límpiense los zapatos, arréglense el pelo, alisen los guardapolvos, listos, silencio. Sentí náuseas, no sé si por el aceite que me revolvía el estómago vacío o por encontrarme entre chicos que exhibían sus credenciales de indigencia y de “no ejerce la limosna”. Me pareció que allí todos estábamos ejerciendo la limosna. Se percibía hasta por el olor. Y capté lo que la abuela jamás había percibido: la exactitud del término “ejercer” limosna. Todo estaba impregnado de aceite de hígado de bacalao tomado de la misma cuchara.

Nos obligaron a desfilar a lo largo del salón con el brazo en alto, para saludar el retrato del Duce. Todavía no habían traído el desayuno. Sólo las canastas del pan. Nos colocaron en semicírculo para recibir al jerarca que venía a hablarnos. Las instrucciones eran: después del discurso, aplausos, y, finalmente, himno al Duce.

Yo estaba bastante cerca de las largas mesas recubiertas con papeles llenos de leyendas que exaltaban al Partido. “Gastan más dinero en imprimir palabras que en el pan y la leche. Lo que quieren es que los niños se traguen esas mentiras. Es mejor que ayunen.”

¿Cuándo traerían la leche? Sentí ganas de arrancar esos papeles y de arrojar también los tazones de hojalata, tan iguales a los de los presos. Y ganas de pisotear las tajadas de pan, de refregar ese pan sobre la cara de embotada de Bruno que atendía en silencio, con una pasividad tan cobarde que lo volvía anónimo.

El pan era fresco, todavía tibio. Los chicos hurtaban tajadas y las guardaban en los bolsillos, comiéndoselas de a migas, sin masticar. Sentí la necesidad desenfrenada de comer. Con timidez, torpemente, hice lo mismo. Hurté una tajada. La guardé debajo del capotón invernal. Descubrí entonces que también llevaba guardapolvo negro. “Estropean nuestro color negro. Hicieron del luto una farsa”, decía ella. Hubiese querido arrojar ese pan, ese negro.

Entró el jerarca en medio de un coro de aplausos y saludos.

Subió a una tarima y comenzó a hablar. Era arrogante, floreciente, lustroso, rutilante de insignias, la cara afeitada, reluciente. Lucía un cinturón con hebillas doradas. Movía los brazos en arcos y en péndulos y sus insignias, charreteras, cordones, flecos y penachos oscilaban opulentos. Hablaba un idioma tan pomposo y grandilocuente que nosotros, norteños ceñidos a un dialecto entroncado a tiempos heroicos, lo mirábamos atónitos, como ante un es pectáculo incomprensible. Era el precio de entrada para alcanzar, al fin, la dichosa copa de leche.

El jerarca desgranó toda la gastada fraseología del momento, mientras los chicos sólo espiaban el instante oportuno para hurtar las tajadas de pan correspondientes a los más tímidos, los que no se atrevían a tocarlas.

El jerarca dijo que teníamos el orgullo de vivir momentos de austeridad. Austeridad para los mayores, pero no para los niños, destinados a engrandecer la gloria de un imperio. La austeridad, el ajustarse el cinturón, era para los mayores. Y en el gesto de señalarse el cinturón, advertí que la hebilla del cierre estaba por reventar ante la imperativa curvatura del abdomen. Sonreí, tal vez con la sonrisa de abuela y miré azorada su boca, caverna de la que emergían palabras lesivas, ristras de agresiones que revoloteaban en el aire impunemente.

Al fin terminó. Los chicos aplaudieron, obedientes al ejemplo de las maestras. Bruno aplaudió con perruna aplicación. Y entonó el himno de agradecimiento al Partido. Abrí la boca, pero la voz no me salía. Y tampoco podía acercarme a las mesas ni a las canastas del pan. Sentí todo el mareo de la desubicación, la desventaja de no estar adherida a ningún grupo, la angustia de tener hambre y de detestar la tarjeta que me acreditaría como indigente. La desubicación me anonadaba, sin saber aún que era también levadura. Hundí mi mano en el bolsillo, como para asirme de mí misma. Y encontré la tajada de pan.

Guardapolvo negro, bolsillo negro, pan negro. Miré a través de los vidrios empañados. No había pájaros ni sol. Ni siquiera hojas en los árboles. Sentí una acuciante necesidad de comer y, al mismo tiempo, la total imposibilidad física de permanecer allí, mezclada a olores, a palabras, a caras que me revolvían el cuerpo. Tal vez era el efecto del aceite de hígado de bacalao… Ojalá trajeran un poco de café con leche. Ya ni siquiera la nata me atraía. Sólo tomar algo para frenar ese temblor que socavaba entrañas y arterias.

Una maestra subió al estrado. La acompañó el Director. Sonrió. Hizo el saludo de rigor y dijo, triunfal:

—Hoy, para los niños del Duce, ¡habrá pan con manteca!

Hubo una ovación estruendosa y en seguida se repitió el himno al Duce. En conexión directa con ese corear masivo, una voz perforó nítidamente mis oídos: “No sé por qué no cantáis un himno a las vacas”.

—¿Un reproche? Pero si yo me avenía a desayunarme todas las mañanas en el Comité, provista de certificados de pobreza, tía Josefa volvería a mandarle la leche. Ella la tomaría. Y quizá también un poco de café… —rebatí yo a esa voz que me azotaba los oídos.

—No. Ella no la tomaría —me dijeron los dedos que en mi bolsillo comenzaron a estrujar el pan. Ella nunca la tomaría. No era como yo. No era como Bruno.

Abruptamente, saqué del bolsillo la tajada de pan. Quería depositarla, sobre la mesa, donde estaba impreso “Viva el Duce”. Dudé, pero ya el motor estaba en marcha. Fui directamente hacía Bruno y la coloqué delante de su taza.

—Gracias —me dijo él, guiñándome un ojo.

Creyó que era el homenaje de la mujer al varón. No entendió que yo acababa de estrangular mi primer amor y que en esa tajada de pan le enrostraba la muerte de mi héroe.

Entró la mujer del conserje con el carrito. Los tarros de leche ya ni siquiera humeaban después de tantos discursos. Los chicos estaban exhaustos. Pero yo vi que en el carrito sobresalía un enorme pan de manteca.

Miré más allá de los vidrios y de la neblina, y vi que todavía estaban los Alpes.

Salí.

Antes de entrar a clase, en la puerta del colegio, me encontré con ella. Me estaba esperando:

—Mi criatura: sé que tendrás hambre —dijo—. Te traje un alcaucil. Es una primicia. Lo preparé con ajo y perejil.

El cuento  Certificado de pobreza

Por Syria Poletti fue publicado en el diario La Opinión de Buenos Aires en 1977.

Revisión y edición electrónica:

© In Octavo, 2010.

Texto: © Herederos de Syria Poletti, 2010.

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