El reloj

Virgilio Díaz Grullón

—Se lo diré yo —dijo el abuelo. Empuñó su bastón y poniéndose el sombrero de pajilla amarillento se dirigió en busca del niño que jugaba en un rincón de la galería.

—Ven, mi hijo, vamos a pasear.

—¿Tan temprano, abuelito?

El niño, sentado junto al ferrocarril eléctrico, miraba interrogante hacia el anciano.

—No es tan temprano: son ya más de las cuatro.

El niño se incorporó un poco y, de rodillas, comenzó a desarmar cuidadosamente los rieles de latón.

—Deja eso. Tía Irene lo recogerá más tarde.

El abuelo, inclinándose, tomó de la mano al niño y lo ayudó a levantarse:

—Lávate las manos y pásate un poco el peine… —y, al ver que el niño se dirigía hacia el interior de la casa:

—¡No!… ¡No entres ahí!… Lávatelas en el fregadero…

El niño volvió sobre sus pasos con docilidad y entró por la puerta que daba a la cocina. Se acercó al lavadero y, abriendo la llave de agua, se mojó un poco las manos alisándose con ellas el pelo rebelde. La mujer que estaba a su espalda extendió sus manos hacia él como si intentase ayudarlo, pero, arrepentida de su gesto, se contuvo y permaneció inmóvil observándole con una expresión extraña hasta que el niño salió de la cocina.

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En la galería, el abuelo se paseaba impaciente con las manos a la espalda sujetando tras de sí su bastón.

—¿Ya estás listo?… Anda, vamos.

Lo tomó de la mano y salieron juntos a la calle emprendiendo la marcha hacia el centro del pueblo.

—¿Por qué salimos tan temprano hoy, abuelito?

—Ya te dije que eran más de las cuatro. —El anciano sacó del bolsillo el reloj de plata reluciente y desprendiendo la leontina de la trabilla de su pantalón, se lo pasó al niño diciéndole:

—Toma, llévalo tú; pero ten cuidado de que no se te caiga.

—¿Puedo llevarlo todo el tiempo? —El niño había asido el reloj con ambas manos y lo contemplaba asombrado.

—Sí, mi hijo. Me lo devolverás cuando lleguemos de nuevo a la casa —le respondió el anciano poniéndole una mano sobre el hombro.

—¿Y por qué me lo dejas hoy, abuelito…?

—Porque ya eres un hombre… Es tiempo de que vayas aprendiendo a cuidar las cosas…

El niño miró de nuevo el reloj observando el girar apresurado del segundero.

—¿Y por qué sólo se mueve la agujita dorada, abuelito?

—Las otras también se mueven, pero más despacio…

—No, no… No se mueven… Míralas… —Acercó el reloj al rostro del anciano, celosamente aprisionado entre sus manos juntas.

—No se mueven cuando las están mirando. Pero si te olvidas de ellas y no las miras, aprovechan entonces y corren para recuperar el tiempo perdido.

—Pero por más que corran no podrán alcanzar nunca a la agujita dorada, ¿verdad, abuelito?

—No, mi hijo, no pueden alcanzarla nunca…

—¿Y por qué no pueden alcanzarla…?

—Pues… porque esa agujita dorada en realidad no es una agujita, es un rayito de sol que yo tengo aquí prisionero… Y tú sabes qué deprisa corre el sol, cuando atraviesa todo el cielo en un solo día…

El niño, pendiente de cada palabra del abuelo, asintió con la cabeza y quedó un rato silencioso hasta que luego siguió en voz alta el curso de sus pensamientos:

—¿Y cuándo conseguiste ese rayito de sol, abuelito?

—Anoche, mientras dormía…

—¿Anoche…? ¿Y quién te lo dio?

—Me lo trajo un viejito con una barba muy blanca que le llegaba a la cintura.

—¿Y por qué el viejito tenía el rayito de sol?… ¿Quién se lo regaló a él?

—No era de él, era de Dios… Y Dios se lo había entregado para que me lo trajera a mí…

—¿Dios? —El niño permaneció un instante abrumado—. ¿Y por qué Dios te regaló el rayito de sol, abuelito?

—No fue un regalo: fue un cambio… Yo le di algo mío también a Dios…

—¿Y qué le diste tú?

El abuelo permaneció un momento en silencio y luego respondió sin mirar al niño:

—Yo le regalé algo muy precioso hoy, mi hijito… —Y después de una pausa—: Ven, Vamos a sentarnos allí…

Se dirigieron hasta una cerca de mampostería que circundaba un solar yermo y se sentaron sobre ella, el anciano apoyando sus manos en el bastón colocado verticalmente frente a él, y el niño a su lado, con el reloj entre las manos que reposaban en sus rodillas y el rostro expectante vuelto hacia el abuelo.

Éste por fin habló:

—Fue un acuerdo entre Dios y yo, ¿sabes?… Él necesitaba de alguien a quien yo quería mucho, y deseaba tenerla a su lado para siempre… Y yo le dije que Él era dueño de mí y de todo lo mío, y que podía llevársela cuando quisiera… Entonces Él me dio la gracias y me dijo: «Deseo darte algo a cambio del sacrificio que te pido: toma este rayito de sol y guárdalo para ti…»

El abuelo, que había hablado con la cabeza inclinada sobre el pecho, hizo una pausa y luego agregó mirando al niño a los ojos:

—… y esa es la historia del rayito de sol… Desde hoy lo tendremos tú y yo para nosotros solos. Será nuestro secreto y no se lo diremos a más nadie…

—¿A más nadie, abuelito?… Pero yo quiero contárselo a mamá…

El abuelo colocó el brazo alrededor de los hombros del niño y acercándolo hacia su pecho murmuró:

—No, mi hijito… No podrás decírselo a mamá porque ella ya no estará en casa cuando volvamos…

El niño se levantó de la cerca y anduvo algunos pasos como si diera tiempo para que el sentido de las palabras se abriera paso en su cerebro. Después de permanecer un instante inmóvil, levantó las manos en las que conservaba el reloj y apretándolo fuertemente contra su pecho dijo:

—Ya podemos volver a casa, ¿verdad, abuelo?

El anciano se levantó trabajosamente y respondió mientras iniciaban juntos el retorno:

—Sí, vamos… —Y después de una breve pausa agregó—: …y puedes quedarte para siempre con el reloj…

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