La puntualidad del señor Martínez

Virgilio Díaz Grullón

Cuando el agudo silbido de la sirena de la fábrica lo sustrajo de la ensoñación en que estaba sumido junto a la ventana, el señor Martínez se abotonó el chaleco, se caló el sombrero y, tomando su paraguas, bajó las escaleras con lentitud, contando maquinalmente los veinte pasos que lo separaban del piso bajo.

Cuando llegó al zaguán asomó con prudencia la cabeza por la puerta y, al comprobar que ya había cesado de llover, salió a la calle colgándose el paraguas del antebrazo izquierdo.

El charco que la lluvia había formado al borde de la acera reflejó por un breve instant~ la figura esmirriada y diminuta que caminaba presurosa hacia la parada de autobuses de la esquina próxima a la casa.

Al llegar junto al poste de metal, extrajo del bolsillo su reloj enchapado en plata y comprobó la hora. El señor Mardnez nunca había llegado con retraso a la oficina en sus cuarenta años de labor como tenedor de libros de la Compañía de Créditos, y le complació saber que aquel día aún le quedaba media hora por delante.

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Cuando llegó el autobús y se detuvo con estrépito de frenos junto al poste, el señor Martínez esperó pacientemente que bajaran dos señoras jóvenes que pasaron junto a él sin mirarle, y subió luego al vehículo con movimientos lentos, agarrándose fuertemente con ambas manos a los bordes de la puerta posterior.

Una vez arriba, caminó zigzagueando ligeramente a lo largo del pasillo que separaba la doble hilera de asientos y escogió un lugar delantero, cuidándose de sentarse en la parte interior, lo más lejos posibles de las traidoras corrientes de aire. El señor Martínez sabía cuidar su salud mejor que cualquiera.

En el asiento que correspondía al suyo, del otro lado del estrecho pasillo, una señora gruesa, de edad madura, con un cesto de legumbres sobre la falda, le miró distraídamente. El señor Martínez se sacó ligeramente el sombrero y le hizo una pequeña reverencia que ella correspondió con una sonrisa leve y ausente.

El señor Martínez sacó el reloj y lo colocó sobre sus rodillas. Eran exactamente las 8 menos 25 minutos. Si el autobús no hacía ninguna parada antes de llegar a la esquina más cerca a la oficina, recorrería el trayecto en 8 minutos. Considerando que él emplease 3 minutos para alcanzar la puerta de la Compañía, llegaría al trabajo con 14 minutos de anticipación.

No hubo ninguna parada intermedia y el autobús no se detuvo hasta la esquina próxima a la Compañía de Créditos. Cuando el vehículo paró en seco, el señor Martínez, luego de comprobar que sus cálculos sólo habían fallado por 30 segundos escasos, introdujo de nuevo el reloj en su bolsillo y se puso en pie. Después de hacer una cortés inclinación ante la señora del cesto de legumbres, se dirigió hacia la puerta lateral y bajó cuidadosamente del vehículo.

 

La oficina estaba sólo a 50 pasos de distancia. Tenía, pues, tiempo suficiente para pasear un poco, mirar las vitrinas de las tiendas y aprovechar durante 13 minutos y treinta segundos el calor reconfortante del sol de la mañana.

Frente al escaparate de la zapatería observó de nuevo la hora: 11 minutos todavía. Anduvo algunos pasos en dirección opuesta a la oficina y se detuvo un momento para mirar dos niños que corrían rumbo a la escuela con los libros en la mano. Ayudándose con la punta del paraguas, rodó hacia la boca enrejada de una alcantarilla un tapón de corcho que alguien habla arrojado en la cuneta y sacó una vez más el reloj: 7 minutos para las 8.

Si volvía sobre sus pasos y caminaba lentamente, lo más lentamente que fuera posible, llegarla aún con tres o cuatro minutos de anticipación. Podía prolongar el paseo, pero pensó que era arriesgado alejarse más de las puertas de la oficina, porque el tiempo a veces suele jugar bromas pesadas. Unas veces parece detenerse eternamente, como ahora. Pero otras corre desenfrenadamente, sin previo aviso, y uno se queda tras de él, sin poderlo alcanzar. El señor Martínez de ningún modo permitiría que el tiempo le jugase una mala pasada como aquélla.

Por otra parte, no podía permanecer allí, parado en medio de la acera, observando el reloj, porque llamaría sin duda la atención de las personas que pasaban por su lado rumbo a las oficinas.

El señor Martínez, pues, decidió caminar lentamente, y ya en línea recta, hacia el lugar de su destino. Emprendió la marcha y al llegar casi frente al edificio de dos plantas que ocupaba la compañía sacó otra vez el reloj: ¡todavía cinco minutos!

No vió a ninguno de los empleados: sólo al portero con su uniforme verdoso, mirando hacia el otro extremo de la calle. El señor Martínez se agachó junto a la pared y colocando el paraguas a su lado en el suelo, fingió atarse el cordón de los zapatos. De aquel modo ganaría tal vez 30 segundos. Pero antes de que transcurriera ese breve lapso, la voz del portero sonó desagradablemente a su espalda:

-Buenos días, señor Martínez. ¿Usted por acá otra vez?-  El señor Martínez, mortalmente asustado, recogió el paraguas y se irguió todo lo alto de su pequeña estatura respondiendo débilmente:

-Sí. Es la hora de entrar al trabajo, ¿he llegado acaso demasiado temprano?- El otro se le acercó y lo tomó de un brazo con ademán afectuoso y protector:

-Pero, señor Martínez, ¿no recuerda usted que está de vacaciones? ¿Cuántas veces tendré que repetírselo?- El señor Martínez pareció llenarse de turbación y respondió con voz entrecortada:

-¿De vacaciones? .. ¡Ah! Sí, sí… ¡Claro! De vacaciones. No lo recordaba… Tiene usted razón… Perdóneme, por favor..-

A medida que hablaba, fue alejándose del portero caminando de espaldas hasta chocar violentamente con un joven que venía en dirección opuesta. Este le sujetó por los brazos y evitó que cayese mientras el sombrero y el paraguas rodaban por la acera.

El señor Martínez balbuceó una excusa, recogió ambas prendas del suelo y se marchó sin volver la cara, desorientado y confuso.

El portero lo observó hasta que desapareció de su vista al doblar una esquina, y entonces habló dirigiéndose al joven que había permanecido a su lado:

  • ¡Pobre hombre! Cuarenta años estuvo con la firma. Cuando lo jubilaron andaba ya mal de la cabeza, pero su manía es inofensiva: cree que todavía trabaja aquí y viene todos los días a la misma hora…-
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