Tiene la noche una raíz

Luis Rafael Sánchez

(Humacao, Puerto Rico, 1936) Escritor puertorriqueño.

En 1948 su familia se mudó a San Juan, la ciudad capital, como muchas otras familias que participaban en la migración hacia la capital de la clase obrera, efecto de la industrialización que el Partido Popular Democrático patrocinó durante la década de 1940. En San Juan recibió la educación primaria y secundaria en el sistema de instrucción pública.

Interesado en las artes dramáticas, comenzó su carrera artística como actor mientras estudiaba y trabajaba en la radio. Se convirtió en dramaturgo después de graduarse. En 1955 pasó a México para perfeccionarse en el arte teatral. La Universidad de Puerto Rico le otorgó una beca que le permitió tomar cursos en la Universidad de Columbia y en la Universidad de Nueva York en 1959, por la que obtuvo la maestría en artes en 1963.

Victor Capdevila, Retrato de una negra

A las siete el dindón. Las tres beatísimas, con unos cuantos pecados a cuestas, marcharon a la iglesia a rezongar el ave nocturnal. Iban de prisita, todavía el séptimo dindón agobiando, con la sana esperanza de acabar de prisita el rosario para regresar al beaterío y echar, ¡ya libres de pecados!, el ojo por las rendijas y saber quién alquilaba esa noche el colchón de la Gurdelia. ¡La Gurdelia Grifitos nombrada! ¡La vergüenza de los vergonzosos, el pecado del pueblo todo!

Gurdelia Grifitos, el escote y el ombligo de manos, al oír el séptimo dindón, se paró detrás del antepecho con su lindo abanico de nácar, tris-tras-tris-tras, y empezó a anunciar la mercancía. En el pueblo el negocio era breve. Uno que otro majadero cosechando los treinta, algún viejo verdérrimo o un tipitejo quinceañero debutante. Total, ocho o diez pesos por semana que, sacando los tres del cuarto, los dos de la fiambrera y los dos para polvos, meivelines y lipstis, se venían a quedar en la dichosa porquería que sepultaba en una alcancía hambrienta.

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Gurdelia no era hermosa. Una murallita de dientes le combinaba con los ojos saltones y asustados que tenía, ¡menos mal!, en el sitio en que todos tenemos los ojos. Su nariguda nariz era suma de muchas narices que podían ser suyas o prestadas. Pero lo que redondeaba su encanto de negrita bullanguera era el buen par de metáforas —princesas cautivas de un sostén cuarenticinco— que encaramaba en el antepecho y que le hacían un suculento antecedente. Por eso, a las siete, las mujeres decentes y cotidianas oscurecían sus balcones y sólo quedaba, como anuncio luminoso, el foco de la Gurdelia.

  Gurdelia se recostaba del antepecho y esperaba. No era a las siete ni a las ocho que venían sino más tarde. Por eso aquel toc único en su persiana la asombró. El gato de la vecina, pensó. El gato maullero encargado de asustarla. Desde su llegada había empezado la cuestión. Mariposas negras prendidas con un alfiler, cruces de fósforos sobre el antepecho, el miau en staccato, hechizos, maldiciones y fufús, desde la noche de la tormenta en que llegó al pueblo. Pero ella era valiente. Ni la asustaba eso, ni las sartas de insultos en la madrugada, ni las piedras en el techo. Así que cuando el toc se hizo de nuevo agarró la escoba, se echó un coño a la boca y abrió la puerta de sopetón. Y al abrir:

—Soy yo, doñita, soy yo que vengo a entrar. Míreme la mano apretá. Es un medio peso afisiao. Míreme el puño, doñita. Le pago éste ahora y después cada sábado le lavo el atrio al cura y medio y medio hasta pagar los dos que dicen que vale.

La jeringonza terminó en la sala ante el asombro de la Grifitos, que no veía con buenos ojos que un muchachito se le metiera en la casa. No por ella, que no comía niños, sino por los vecinos. Un muchachito allí afilaba las piedras y alimentaba las lenguas. Luego, un muchachito bien chito, ni siquiera tirando a mocetón, un muchachito con gorra azul llamado…

—¿Cómo te llamas?

—Cuco.

Un muchachito llamado Cuco, que se quitó la gorra azul y se dejó al aire el cholo pelón.

—¿Qué hace aquí?

—Vine con este medio peso, doñita.

—Yo no vendo dulce.

—Yo no quiero dulce, doñita.

—Pues yo no tengo ná.

—Ay, sí, doñita. Dicen los que han venío que… Cosa que yo no voy a decir pero dicen cosas tan devinas que yo he mancao este medio peso porque tengo gana del amor que dicen que usté vende.

—¿Quién dice?

  Gurdelia puso cara de vecina y se llevó las manos a la cintura como cualquier señora honrada que pregunta lo que le gusta a su capricho.

—Yo oí que mi pai se lo decía a un compai, doñita. Que era devino. Que él venía de cuando en vez porque era devino, bien devino, tan devino que él pensaba golver.

—¿Y qué era lo devino?

—Yo no sé pero devino, doñita.

Gurdelia Grifitos, lengüetera, bembetera, solariega, güíchara registrada, lavá y tendía en tó el pueblo, bocona y puntillosa, como que no encontraba por dónde agarrar el muerto. Abría los ojos, los cerraba, se daba tris-tras en las metáforas pero sólo lograba decir: Ay Virgen, ay Virgen. Gurdelia Grifitos, loba vieja en los menesteres de vender amor, como que no encontraba por dónde desenredar el enredo, porque era la primera vez en su perra vida que se veía requerida por un… por un… ¡Dios Santo! Era desenvuelta, cosa que en su caso venía como anillo, argumentosa, pico de oro, en fin, ¡águila! Pero de pronto el muchachito Cuco la había callado. Precisamente por ser el muchachito Cuco. Precisamente por ser el muchachito. En todos sus afanados años se había enredado con viejos solterones, viejos casados, viejos viudos, solteros sin obligación o maridos cornudos o maridos corneando. Pero, un mocosillo, Santa Cachucha, que olía a trompo y chiringa. Un mocosillo que podía ser, claro que sí, su hijo. Esto último la mareó un poco. El vientre le dio un sacudón y las palabras le salieron.

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—Usté e un niño. Eso son mala costumbre.

—Aquí viene tó el mundo. Mi paí dijo…

Ahora no le quedaban razones. Los dientes, a Gurdelia, se le salían en fila, luego, en un desplazamiento de retaguardia volvían a acomodarse, tal la rabia que tenía.

—Usté e un niño.

—Yo soy un hombre.

—¿Cuánto año tiene?

—Die pa once.

—Mire nenine. Voy a llamar a su pai.

Pero Cuco puso la boca apucherada, como para llorar hasta mañana y entre puchero y gemido decía —que soy un hombre—. Gurdelia , el tris-tras por las metáforas, harta ya de la histeria y la historia le dijo que estaba bien, que le daría del amor.

Bien por dentro empezó a dibujar una idea.

—Venga acá… a mi falda.

Cuco estrenó una sonrisa de demonio junior.

—Cierre lo ojito.

—Pai decía que en la cama, doñita.

—La cama viene despué.

Cuco, tembloroso, fue a acurrucarse por la cama de la Gurdelia. Ésta se estaba quieta pero el vientre volvió a darle otro salto magnífico. Cuando Gurdelia sintió la canción reventándole por la garganta, Cuco dijo —oiga, oiga—. Pero el sillón que se mecía y a la luz que era mediana y el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche empezaron a remolcarlo hasta la zona rotunda del sueño. Gurdelia lo cambió a la cama y allí lo dejó un buen rato. Al despertar, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loco, Cuco, preguntó bajito:

—¿Ya, doñita?

Ella, como sin creerlo, como si se hubiese vuelto loca, le contestó, más bajito aún:

—Ya, Cuco.

Cuco salió corriendo diciendo —devino, devino—. Gurdelia, al verlo ir, sintió el vaivén del que no tiene vaca no bebe leche levantándole una parcela de la barriga. Esa noche apagó temprano. Y un viejo borracho se cansó de tocar.


Este cuento forma parte del cuarto volumen de Sólo cuento editado por la Dirección de Literatura de la UNAM, que ganó el reconocimiento como el mejor libro de ficción otorgado por la CANIEM, en 2012.

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