De cómo Aristóteles ayudó a confirmar al general Trujillo en el poder

 

Humberto R. Méndez B.
Humberto R. Méndez B.

Cuando el general Rafael Leonidas Trujillo Molina se juramentó como presidente de la República, en agosto de 1930, lo hizo en medio del caos y la montonera. Eran los tiempos de Concho Primo. Intelectuales avalados por sus prendas morales y generales revestidos de coraje, buscando como avaros la primera oportunidad para crear una fórmula o levantar una revolución que le permitiera ocupar un lugar bajo el solio presidencial.

Sabiendo que no podía confiar en los generales por sus caracteres díscolos y belicosos, buscó Trujillo el consejo de la flor y nata del pensamiento, para que estos trazarán la ruta a seguir. Trujillo quería un consejo para ver cómo se podía dejar atrás al adversario y consolidarse en el poder de una manera efectiva y eficaz.
El primero en ser consultado fue Francisco Henríquez y Carvajal, hombre de letras y de ciencias, que había sido Presidente de Jure. La respuesta de este civilista fue a favor del progreso y la conciliación, que a su juicio eran el único camino hacia la estabilidad.

No le gustó a Trujillo el argumento del afrancesado, descendiente de sefardíes y colaborador del señor Hostos.

El segundo fue Arturo Logroño, nieto de un arzobispo y férreo hombre de estado. Lo florido del verbo, la teatralidad de sus poses, lo engolado de su voz como lo poco fundamentadas que eran sus ideas, hizo que el gobernante lo escuchara, se riera y lo despachara con caja destemplada.

Luego vino Jacinto Peynado, un hombre de bien y conducta digna de imitarse. Este dijo justamente lo que el Hijo de los Cuarteles no quería escuchar, ya que para don Jacinto, la mejor manera de conservar el poder, era no teniéndolo.

Cuando hablo Manuel de Jesús Troncoso, postuló por la administración civil, por el culto a los Padres de la Patria y seguir sus ejemplos y abnegación.

Sus palabras fueron discordantes para el oído del ególatra sediento de gloria.

Por último, y como una cenicienta, vino ante el sátrapa un pariente político. Este era un joven abogado sin ejercicio, ratón de biblioteca, misógino y anodino, quien le dijo al Jefe:

-Excelentísimo, la pregunta que vos me formula, y que sin dudas ha alejado el sueño de muchos estadistas y de Vos, y que también es el discurrir de todo el que ha querido hacer el bienestar de su pueblo a través del devenir de los tiempos, no solo ha sido objeto de estudios en esta, sino en las generaciones que os antecedieron. Permitidme que os dé la contestación con una anécdota, que Vos con su ilustrado criterio a de aquilatar en su justo precio.
Cuenta el peripatético Aristóteles, en el libro Tercero, Cáp. Octavo de su Política, que Trasíbulo envió un mensajero a Periandro, para saber cómo debía obrar para mantenerse así como para mantener la seguridad de la República. Periandro llevó al mensajero a un campo de trigo e hizo que cortaran todas las espigas que sobresalían sobre las demás. El emisario se dio cuenta de lo que había sucedido sin entender el significado.

-Balaguer- le dice Trujillo- ¿Tú dices que Aristóteles aconseja deshacerse de los hombres que en la República tienen mucha influencia?

-Si, Excelentísimo- respondió el taimado consejero- esa medida no es solamente útil para los tiranos, también en los reinos y en las democracias se debe aplicar.

El joven letrado cayó en gracia, y esa fue la forma de cómo Aristóteles ayudó a confirmar el régimen de Trujillo por tres décadas, más un apéndice que agregó el consejero.

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