Los dos dogmas del empirismo de Quine

Alejandro Villamor Iglesias

En 1951 el filósofo Willard van Orman Quine publicó uno de los artículos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX, “Dos dogmas del empirismo” (1951). En él, el autor comienza señalando distintas nociones clásicas del concepto de analiticidad. Precedentemente a Kant, Hume había distinguido las «relaciones de ideas» con las «cuestiones de hecho». Mientras que las primeras se descubren por la «mera operación del pensamiento», incluyéndose aquí disciplinas como la matemática, las «cuestiones de hecho» son las encargadas de concebir las posibles contradicciones. También Leibniz anticipó la distinción entre verdades analíticas y verdades sintéticas en su diferenciación de las «verdades de razón» y «verdades de hecho». En el primer caso, las «verdades de razón» se caracterizan por ser necesarias, por lo que su negación resulta imposible. Las «verdades de hecho» son contingentes, por lo que su negación sí que es posible.

Con todo, la noción de analiticidad en la que Quine pondrá un mayor énfasis es la que corresponde a Kant, quien ya distingue entre juicios analíticos y juicios sintéticos. A su vez, de los juicios analíticos el autor de la Crítica de la razón pura diferenció dos concepciones: según la primera, un juicio es analítico si el concepto del predicado está contenido en el concepto del sujeto. Según la segunda, un juicio es analítico si su negación implica una contradicción. Un ejemplo de la primera es «Todo perro es un animal». Como se puede constatar, este es un ejemplo de enunciado analítico en virtud de lo dicho, dado que el «ser animal» está contenido en «ser perro». Un ejemplo de la segunda concepción es «No es cierto que llueve y no llueve». Puesto que afirmar simultáneamente que «llueve y no llueve» es contradictorio, el enunciado satisfaría la condición presentada por Kant para considerarlo analítico.

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Teniendo presente la anterior diferenciación, Quine afirma, tanto de los términos singulares, o nombres, como de los términos generales, que cada uno de ellos posee un sentido (Sinn) y una referencia (Bedeutung). Esto es, cada nombre y término general tiene simultáneamente una extensión o referencia —aquello que denota— y una significación. De este modo, y claramente influenciado por Frege, el término ‘9’ y el ‘número de planetas’ pueden nombrar «una misma cosa», pero discernir en su sentido. La única diferencia reseñada entre los nombres y los términos generales consiste en la extensión que posee o denota cada una. Mientras que los nombres denotan una única entidad, la extensión de los términos generales son clases. Podemos tomar como ejemplo de término general «herbívoro». La extensión de este término, en virtud de lo dicho, es la clase de todos los individuos cuya alimentación está basada en vegetales. Su intensión, por la contra, puede adquirir numerosas formas, a saber: «animales rumiantes», «individuos que se consideran consumidores primarios en la cadena trófica»…

Volviendo a la analiticidad, Quine discierne dos tipos de verdades analíticas: las verdades lógicas (enunciados verdaderos para cualquier posible interpretación de sus componentes no lógicos) y aquellos enunciados que son susceptibles de ser transformados en verdades lógicas mediante la substitución de sinónimos por sinónimos. Se relacionan de tal modo que las segundas son reducibles a las primeras. Así, si «ningún hombre no casado es casado» es una verdad lógica, «ningún soltero es casado» estaría incluido en el segundo tipo de verdades analíticas mentadas. Esto es así en la medida en que ‘hombre no casado’ y ‘soltero’ son sinónimos.

A su vez, Quine menciona tres tipos de definiciones: la lexicográfica, la explicativa y la estipulativa. Las definiciones lexicográficas son aquellas que nos pueden resultar más familiares, al provenir, por ejemplo, de los diccionarios. Un ejemplo es la definición, con respecto a «tenedor”, «instrumento de mesa con forma de horca, con dos o más púas y que sirve para comer alimentos sólidos». De las definiciones explicativas son un claro ejemplo las propuestas por los filósofos. Un ejemplo lo es la definición que Wittgenstein dio de las «tautologías»: una tautología es «una función de verdad que obtiene el valor verdadero para cualesquiera asignaciones de valores de verdad a sus componentes elementales». Por último, las definiciones estipulativas son las propias de los trabajos formales lógico-matemáticos, como por ejemplo: π = 3,141592…

Un ejemplo de enunciado analítico en el que el predicado está contenido en el sujeto lo es «el agua es un líquido». Por su parte, «mi bonsái tiene una cinta roja atada en una rama» es un ejemplo en el que no está contenido. La teoría sustitucional permite discernir las verdades lógicas sin necesidad de apelar a la noción de significado. Así, tomemos el siguiente enunciado: Joan Laporta es Joan Laporta. Pues bien, a lo que nos insta esta teoría es a substituir las expresiones no lógicas de los enunciados por variables. En este caso substituiremos ‘Joan Laporta’ por x, siendo el resultado el siguiente: x es x. Dado que, fuesen cuales fuesen los valores que adquiriera la variable x, el resultado sería siempre el mismo, de acuerdo con el criterio sustitucional «Joan Laporta es Joan Laporta» es una verdad lógica.

Ahora bien, tres serán los intentos de extender este criterio de las verdades lógicas a las analíticas y tres serán los fracasos. Primeramente, cabe señalar que el mismo criterio que acabamos emplear no es susceptible de ser empleado para aquellas verdades analíticos que no son lógicas, como por ejemplo «Todo jilguero es un colorín». La substitución de los componentes no lógicos del enunciado por variables, no da como resultado una verdad lógica puesto que «Todo x es un y» no es verdadero para toda interpretación posible que hagamos de las variables; como por ejemplo: «Todo comunista es un anarquista». Posteriormente, se apelará como revisión de la teoría sustitucional, a la noción de sinonimia sin más. No obstante, y ya de primeras, esta vía se muestra inaceptable al hacer uso de una noción tan poco iluminadora como lo es la sinonimia.

Posteriormente se recurre a la sinonimia entendida en términos sustitucionalistas, teniendo como base el principio de intercambiabilidad salva veritate. El problema de esta posible solución es que tan sólo es válido para enunciados con expresiones intensionales como ‘necesariamente’. La intercambiabilidad salva veritate no es suficiente para el fin que Quine pretende, puesto que se puede dar el caso que dos pares de expresiones coextensionales que no sean sinónimas sí cumplan con el criterio; esta sería una cuestión de mera accidentalidad. Un ejemplo es «9 = número de planetas del sistema solar».

Por último, apelar a la sinonimia en términos de definición tampoco obtiene mejores resultados. Ya mostramos más atrás los tres tipos de definiciones propuestas, así como un ejemplo de cada uno. En cualquiera de los casos, mire por donde se mire, la conclusión de Quine será que las tres definiciones apelan o presuponen la noción de sinonimia, por lo que volveríamos así a la primera apelación a la sinonimia sin más, ya mostrada como inaceptable.

La teoría sustitucional no puede aplicarse con éxito a verdades analíticas que no son verdades lógicas. Dos ejemplos: «El perro es un animal» o «Todo cacahuete es un maní». Estos enunciados son analíticamente verdaderos, mas no puede aplicarse con éxito la teoría sustitucional. En el primer caso tendríamos que «x es y», lo cual no es verdadero sea cual sea el modo en que sustituyamos «x» e «y». En el segundo caso más de lo mismo, a saber: «Todo x es un y». La distinción analítico-sintética, en consecuencia, carecería de una base sólida.

REFERENCIA
Quine, W. V. O. (1951) “Two Dogmas of Empiricism”, The Philosophical Review, 60 (1), 20-43.

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