La(s) aporía(s) de la identidad (hispano)americana

Ángel Ortega

Una inquietud antigua, más antigua (en términos bíblicos si se quiere) que el hombre mismo le ha venido preocupando a este desde tiempos inmemoriales: su identidad, su saber qué es, quién es, de qué está hecho, y en relación con qué él es o deja de ser. Esta ha sido la preocupación que se institucionalizó en tradición milenaria, que nos sella y permea en lo más profundo, aun antes de nuestro nacimiento como individuos: La filosofía o más bien el pensamiento llamado occidental. Ése, que geo-lingüísticamente se registra desde la presente Grecia pasando por Italia y los países germanos hasta el Reino Unido incluyendo el Continente Americano y hasta traspasar el Pacífico y llegar como civilización a Australia; ése mismo pensamiento que, si ejerciéramos una especie de distanciamiento, de reconocimiento del otro que está fuera de nosotros, llamaríamos (confirmándonos con ello a la vez como Americanos) –aun cuando tomando prestada tanto la lengua como el concepto de ese otro generalizado y abstraído—occidental, helenista o eurocéntrico.

Nosotros, los nacidos en esta parte del globo llamada América, nacidos más específicamente en ese ombligo de complejidades que es el caribe, no escapamos a esa inquietud vital del hombre. Nosotros, más que nadie, estamos marcados por tal urgencia tanto cuanto no somos nosotros quienes nos hemos definido: Hemos sido definidos, y más aún, hemos estado obligados a ser –por paradoja filosófica, por la aporía que representa el ser frente al otro– lo que ese otro nos ha determinado.

La  autodeterminación que implica el fundar o refundar nuestra identidad se torna así en valido y necesario truco, en un cruel e irónico juego conceptual cuya validez nos exige hacer acopio de una serie de elementos históricos, sociológicos, lingüísticos, éticos, psicológicos, en fin y sobre todo multidisciplinarios, si es que queremos probar que tal definición de lo que somos por el otro es no sólo interesadamente limitada y limitante sino también negadora de nuestra verdadera esencia, de nuestra verdadera historia. Y digo que es un juego cruel puesto que para poder demostrar lo evidente, para poder reconocernos debemos utilizar las propias reglas del otro que es el dueño del juego de conceptuar por cuanto para hablarle debemos utilizar sus propios términos, su propio lenguaje. Al decir lenguaje no me refiero solo a la manifestación física de ese instrumento comunicativo que es la lengua. Me refiero sobre todo a ese sistema y estructura de pensamiento que comporta en él toda una tradición cultural, una civilización que como una gigantesca enredadera avanza cubriéndolo todo, imponiendo do quiera que llega su modo de existencia “o instaurando condiciones que engendrarían el hundimiento de los cuadros existentes sin reemplazarlos por otra cosa” (Levi-Strauss, p. 77).

La tradición cultural y, a la vez, civilización a la cual me refiero es (y aquí peco a conciencia de atrevido) la primera con conciencia de sí misma. Y ello muy a pesar de las aparentes diferencias políticas entre las sociedades y naciones que la han compuesto. Tanto esta tradición-civilización como su autoconciencia se manifiestan (para muestra baste un muy actual botón) en las actitudes unificadoras de la comunidad europea en el ámbito político-económico (esto es de mercado), y en el silencio de ésta y un organismo jurídico pan-estatal como lo es la ONU al respecto de los últimos acontecimientos bélicos (por no decir imperialistas) en el oriente árabe-musulmán, así como en los recién pasados (en cuestión de historia, unas cuantas décadas representan el fresco ayer) acontecimientos interventores norteamericanos en Hispanoamérica y el sudeste asiático.

Al utilizar el término aporía lo hice no sólo para referirme al hecho de que para poder identificarnos debemos, en pensamientos de Ortega y Gasset, vernos ineludiblemente con respecto al y en contra del otro, sino que muy a pesar de los pesares, tal identificación debe ser resultado de nuestras interacciones. Ahora bien, la identidad implica no sólo conocerse respecto al otro o los otros, que en nuestro caso viene determinado por una historia impuesta precisamente por ese otro, por el europeo, sino también, y sobre todo, el desarrollo en nuestra conciencia de un ser-para que los europeos, apartando los dejos nacionalistas, han venido siendo y forjando, no a base de una unidad lingüística sino mediante la asunción de una unidad cultural e ideológica basada en una tradición que nació, y ha sido asumida como distintivo de lo europeo, con los griegos; y que luego paso a ser revitalizada en el ámbito intelectual, artístico, cultural, en fin humanístico, durante El Renacimiento.

Europa es la representación de un modo de existencia que se generalizó y, a fuerza de invasiones y guerras, homogenizó las diferencias regionales de dicha geografía convirtiendo diversos modos de producción en un tipo de civilización. Europa constituye Así una máquina de la máquina de la máquina homogenizante de la que habla Antonio Benítez Rojo en “La Isla que se Repite”. Como sugiere el título el pensamiento y la cultura europeas se constituyeron en un círculo cerrado, en un sistema autorreferente, autorrecurrente, por cuanto la piedra angular sobre la que se apoya su noemática es de índole platónico-aristotélica. En otras palabras, o más precisamente, en palabras de propio Benítez Rojo “el pensamiento occidental se ha venido pensando a sí mismo como la repetición histórica del match Platón/Aristóteles” (p. 77).

Precisamente aquí cobra importancia el término aporía que utilizamos anteriormente: nuestra identidad americana, hispanoamericana (o caribeña en sentido más estricto) debe surgir de una serie de interrogantes que, de modo ineludible, tienen al otro, al europeo, su cultura y su civilización como referente y coprotagonista obligado. Vale preguntarse ¿Cómo definirnos sin reconocer una parte de nosotros que nos ha sido impuesta, como se impone el sello del padre en el hijo devenido de una violación, de una posesión inconsulta e indeseada del uno por el otro, por ese otro que reforma este ‘nosotros’ tan particular y ‘Americano’? ¿Cómo definirnos “libremente” sin usar, sin depender del código comunicativo, y por lo tanto transformador, que nos ha sido impuesto? ¿Cómo rastrear lo que de genéticamente genuino nos queda después de tanto trasiego racial, de tantas barridas culturales, de tan radical trasplante lingüístico, valga decir identitario? ¿Cómo recuperar un pensamiento que, antes de la irrupción de la cabeza ibérica del antiguo continente, era de esencia mítica y legendaria más que racional, o mejor aún, muy diferente de un pensamiento que como el europeo es la suma de una racionalización de mitos, de una nacionalización de la Historia?

El proceso que llevaría al descubrimiento de posibles respuestas a estas preguntas constituye, más que las preguntas en sí, la esencia de las aporías. Por cuanto conlleva precisamente jugar el juego, muy propio de La Civilización, de poner en marcha procesos intelectivos que tienen su origen y funcionan dentro de las superestructuras de dicha civilización. Y por lo tanto se constituyen en un producto autárquico, autorreferente y reproductor de su propia esencia. En otras palabras, serán el producto y generador de una genética ideológica.

América, su identidad, nuestra identidad, su fundación, su definición, la validez estatutaria que revalida su autenticidad, debe empezar, como lo proponen diversos pensadores hispanoamericanos (Zea, Fernández Retamar, Rodó etc.), por la refundación de su nombre, por la puesta en marcha de ese acto que no sólo define las cosas, sino que a la vez más que certificar reformula la existencia de eso que se define: la nominalización.

Nominar América, o mejor renombrar América, implica necesariamente sobreponerse no sólo a la aporía lingüístico-pragmática antes mencionada sino a otras varias que actúan en las coordenadas de otros ámbitos o campos del saber. Y ello así, por cuanto la denominación de lo americano, ya no de América, vale decir del reconocimiento de su autenticidad, demanda el establecimiento y puesta en marcha de una genealogía, de una arqueología crítica, que opere en el triángulo (no cerrado claro) lingüístico-cultural-histórico. Esto a su vez implica el enfrentamiento de las aporías que derivan del enfoque realizado a través del mismo.

Empecemos, a manera de un ejercicio del razonar, a enfocar la que consideramos como la primera de las aporías: la de índole lingüística. A esta le daremos la forma de interrogantes a las que obviamente no pretendemos (y no podemos por ahora) dar respuestas concluyentes en este pequeño esfuerzo escritural. ¿Cómo definir ‘América’ de una manera auténtica sin utilizar préstamos o imposiciones lingüístico-históricas vale decir ideológicas, por cuanto toda referencia debe, por demandas lógicas, incluir no sólo lo referido y al referente sino también el contexto en el que se hace la referencia, pero más aún lo no-referido?

La(s) posible(s) respuesta(s), la(s) cual(es), vale señalar, despojaría(n) a la interrogante referida de su cualidad aporética, deberá(n) surgir de dos posturas o formas de abordaje: a) ¿Cómo sería posible hacer un registro diacrónico de la diversidad lingüística americana, de modo que sea posible reconstruir, en aquellos casos que se pueda, no sólo el significante constituido por tal diversidad sino también las weltanschauungs, mitos, y mindframes, aborígenes (nótese mi uso de vocablos no-aborígenes) correspondientes? Esta primera aporía es de índole, obviamente ontológica por cuanto supone penetrar el ser, la esencia de lo auténticamente americano.

La resolución de esta aporía, esto es la posible destitución de su estatuto aporético, es de extrema urgencia identitaria para la fundación de no sólo de una filosofía (y por lo tanto un pensamiento) americano sino también una cultura americana, como lo afirma el filósofo uruguayo Arturo Ardao después de citar a Leopoldo Zea (Cuadernos Americanos, p.229) cuando dice que “necesario es hacer filosofía americana para fundar una cultura americana”. Debemos señalar que el filósofo uruguayo utiliza aquí el vocablo ‘cultura’ como sinónimo de ‘civilización’ por cuanto cultura ha habido en América mucho antes de la empresa colombina; b) dada la diversidad lingüística pre(y post)colombina a abordar, se requiere de quien lleve a cabo tal tarea lo que yo denomino una competencia multicultural, la cual implica no sólo una familiaridad con los sistemas lingüísticos pertinentes sino también una empatía, una imparcialidad, cultural (para tener una idea de lo que entiendo por competencia favor referirse al libro “Competencia Lingüística Y Competencia Literaria” de Vítor Aguiar e Silva) que permita pasar por el cedazo del análisis histórico multidisciplinario lo que conocemos como América y así poder encontrar, descostrando discursos, lo que originariamente es América.

Una operación de este tipo toca obviamente el ámbito gnoseológico o epistemológico, por un lado, pero plantea, por el otro, un problema que por lo pronto adjetivaremos de ético, por cuanto implica la adopción de criterios de evaluación y de escogencia. Quienes asuman la tarea de definir América, de determinar lo auténticamente americano (aun en el caso de que se haya podido excluir, mediante el cedazo de la aproximación histórico-lingüístico-etnocultural, todo lo eurocéntrico y, por qué no, lo africano) deberán primero enfrentar el problema que la diversidad (y la jerarquía) lingüística impone. Después, en caso de habérsele dado jerarquía lingüística y comunicacional a uno de los sistemas, se deberán decidir qué criterios adoptar para llevar a cabo democrática y objetivamente tal selección.

Como hemos visto la denominación de lo americano, de América, es en sí misma una aporía en el ámbito lingüístico. El ángulo cultural de la aporía conlleva similares problemas: ¿Qué cultura es la auténticamente “americana”? ¿La incaica? ¿La quechua? ¿La taína? ¿La aymará? ¿La arahuaca? (O haciendo concesiones a la nomenclatura eurocéntrica) ¿La norteamericana? ¿La centroamericana? ¿La sudamericana? ¿La antillana o caribeña? ¿Todas? Escoger una significa no sólo negar las demás sino lo que es más peligroso y absurdo, significa negar la interacción violenta o no de cada una de ellas. Ello a su vez significa negar la historia puesto que aun cuando cada uno de los pueblos que son conformados por la historia, conforma, al propio tiempo, con su cultura e historia off-record, la Historia. Es más, todas esas culturas comunizaron sus historias a partir de la colonización. Por lo que para llegar a ellas a su autenticidad a su autoctonía debemos descostrar precisamente La Historia.

Ya que hablamos de la definición de una identidad a partir de la reconstrucción de una historia, valdría asumir también como parte de la problemática del ángulo histórico de la aporía, una actitud que se ha constituido en un mal diacrónico enfrentado unas veces por un Martí, por un Rodó otras, por un Bello o un Hostos otras tantas, por un Bolívar por un Romero y por un Zea aún más modernamente. Nos referimos a la copia de pensares.

Tal actitud, macroscopiada por los vientos de la globalización, lejos de ser o de estar cerca de ser parte de una historia pasada, de ser un obstáculo vencido, se presenta actualmente como el más grande peligro para la estructuración de un sistema de pensamiento auténticamente americano. A tal dificultad se suma “la morosidad intelectual de nuestra época” y “la anorexia conceptual” por un lado, e incapacidad de marchar al ritmo cada vez más acelerado de “una realidad que se nos vuelve crecientemente «in-compresible», epistemológica y éticamente hablando” (Pasquali, 1998, pp.73-74), una realidad en la que los enunciados que son las nacionalidades, los patriotismos, pensares, y posturas político-ideológicas van marcadas por elementos suprasegmentales de mercados y tratados de ¿libre? comercio.

Inevitablemente hemos ya tocado el ángulo histórico de la aporía. La historia de América, antes de la llegada del europeo, era, en conceptos de la civilización occidental, una prehistoria. A la luz de una nueva forma, de una forma auténticamente americana de repensar la historia (lo que impone como ya hemos señalado un descostrar La Historia), habría que preguntarse, remontándonos a la visión primigenia de la historia en América: ¿Qué lugar ocuparía el mundo occidental en una Historia Americana, en el sentido más estricto y radical de la palabra? ¿Cómo debería abordarse tal historia? ¿Usando el método racional, científico, de índole lógica impuesto con la lengua por el europeo? ¿O deberíamos recuperar la tradición mítica, la visión mitológica de la historia de los pueblos aborígenes americanos? Y de ser así, y asumiendo de manera general la función que Chamoiseau reivindica para el escritor antillano de “marqueuer de paroles”, ¿Por medio de que código-sistema debe acometerse tal empresa? ¿Debe asumirse entonces la oralitura como sistema-código para abordar “les problemes identitaires que la situation postcoloniale suscite” (Anales del Caribe, pp. 21-25)?

Como hemos visto, abordar el asunto de la identidad americana, hispanoamericana o caribeña (las particularizaciones pierden aquí criticidad) no es cosa fácil. La empresa constituye, a nuestro modo de ver, el enfrentamiento de diversas aporías, no absolutas, pero sí de difícil solución. El problema identitario en América resulta difícil por cuanto está constituido por un triángulo cuyos ángulos son a su vez el inicio de otros ángulos problemáticos que representan esferas del saber que, dada la naturaleza limitada de este trabajo, nos es posible y prudente sólo sugerir. La problemática identitaria de América ha sido una preocupación constante de las mentes más preclaras de América: Martí, Bello, Hostos, Bolívar, Rodó, Henríquez Ureña, Guillén Confiant, Cesaire, Retamar, Romero y Zea son sólo algunos de los picos de la inmensa cordillera de la multidisciplinariedad americana de luminarias que se han puesto como norte el replanteo de nuestra historia. Hoy más que nunca es necesario un exhaustivo «repensar, reinterpretar, y reconcebir la relación a escala antropológica, esto es, todas las funciones, modos y mediaciones” (Pasquali, p.74) no sólo de la relación de América con Europa, sino también de la relación entre los pueblos americanos y sus interrelacionadas historias. Para ello es necesario un “repensar en bloque los conceptos mismos de pensar y de comunicar” (Ibíd. P. 75), esto es, un repensar nuestra forma de pensar y la historia en dependencia (o no) de ¿nuestro? Pensamiento.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Aguiar e Silva, Vítor Manuel de. Competencia Lingüística Y Competencia Literaria.  Madrid. Editorial Gredos. 1980.

Ardao, Arturo. La Filosofía como Compromiso de Liberación. Cuadernos Americanos, 4.34 (1992): 223-249.

Benítez Rojo, Antonio. La isla que se repite. El caribe y la perspectiva postmoderna. Hanover. Ediciones del Norte, 1989.

Di Donato, Dianapiera y Rondón, Pura E (compiladoras). El CARIBE en su literatura. Caracas, AVECA, 1999.

Figueiredo, Eurídice. Réflexions sur le roman martiniquais : de Glissant à Chamoiseau. Anales del Caribe, 16-18 (1996-1998): 21-30.

Levi-Strauss, Claude, Raza Y Cultura, MADRID, Cátedra / Ediciones UNESCO, 1993.

Martínez Echeverri, Hugo y Leonor, Diccionario de Filosofía, Colombia, Editorial Panamericana, 3ª edición, agosto 1997.

Pasquali, Antonio, Bienvenido Global Village, Venezuela, Monte Ávila Editores, 1ª. Edición, 1998.

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