LA CALUMNIA

LA CALUMNIA
Profesor Novas.
Buenas noches, compañeras y compañeros de la Sociedad de
Investigación Filosófica Andrés Avelino.
Esta noche nuestra conversación será un tanto informal,
por la gran tristeza que nos embarga, pues, como ustedes saben,
la desgracia se ha hecho presente entre nosotros en estos días, al
producirse la muerte de algunos amigos: el Papo, hace unas semanas;
luego, el día 4 de agosto del 2003, se marchó hacia la eternidad
el profesor Andrés Avelino García Ramón, hijo del ilustre filósofo
dominicano Andrés Avelino García, cuyo nombre lleva nuestra
Sociedad de Investigación; y, recientemente, falleció también el
querido amigo de esta Sociedad, el profesor Jesús Rivera, a quien
todos llamábamos «Minegro».
La partida inesperada de estos buenos amigos nos ha
producido, en lo personal, un vacío existencial inimaginable a
nuestra edad, esto así, en parte, debido a la impotencia que tenemos
los seres humanos de impedir la partida de nuestros seres más
queridos. La muerte es un hecho cierto que se produce una sola vez,
pero es para siempre la partida y, desgraciadamente, la muerte de un
amigo nos deja sin ningún consuelo, sobre todo cuando esa partida
es inesperada, y estos tres buenos amigos se fueron así, sin darnos
siquiera una señal de que nos estaban dejando.
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El profesor Avelino se marchó, así como así, sin saber que
estaba frente a la muerte. Una mañana muy temprano entró en
una sala de cirugía y dejó en la habitación que le serviría de sala de
recuperación el ejemplar de su libro de lógica, que estaba revisando,
y, sin que nadie se diera cuenta, se fue para siempre, sin poder tener
conciencia siquiera de su propia partida. Situación terrible para un
ser humano como el filósofo Avelino, siempre atento a todas las
cosas del mundo, consciente, desde muy temprano, de su ser.
De todos modos, debemos recordar cómo era el doctor
Avelino, un hombre dispuesto a enfrentarlo todo con la valentía de un
héroe, pero con la resignación de un filósofo ante las leyes inevitables
de la naturaleza. Así fueron, amigos, los últimos momentos del
profesor Avelino, quien murió con una sonrisa dibujada en el rostro,
ajeno a cuanto había acontecido en aquella sala quirúrgica; su ser
se convirtió en no ser, el sueño producido por la anestesia se hizo
eterno.
Así de frágil es la existencia humana; a eso se reduce todo
esto y a nada más; sin embargo, lo realmente penoso es tener la
conciencia de que allí, en aquella cama de hospital, terminó una
existencia luminosa, digna de imitación hasta por los mismos dioses.
Somos, definitivamente, seres para la muerte, existencia inútil,
vanidad de vanidad, muerte de las ilusiones y reconocimiento de una
fatal realidad: la materialidad de este mundo no nos pertenece, sin
embargo, es lo único que podemos poseer, ya que nuestras almas
están muertas antes que nuestro cuerpo, como dijo Nietzsche.
La peor fatalidad de todas es tener que reconocer, como los
animales irracionales, que esta vida limitada y absurda es la única
posibilidad de ser que tenemos; ya que el ser humano no es más
que un animal de carga que, a fuerza de golpes, ha sido despertado
a la existencia y que, finalmente, la muerte reduce a la nada para
siempre.
Compañeros, debo pedirles, que por favor nos pongamos
de pies para que juntos interpretemos las notas de nuestro Himno
Nacional, ya que este será el mejor y mayor de los homenajes que
podamos hacer In Memoriam a estos tres amigos que tuvieron el
civismo de compartir con nosotros sus mejores cualidades.
Recuerden, compañeros, que cuando muere un grande
no se le llora, se le honra respetando su memoria y valorando sus
enseñanzas, y, si algo nos enseñaron el Papo y los profesores Andrés
Avelino y el Negro Bello Jesús Rivera, fue su amor por la República
Dominicana, sus gentes y sus tradiciones.
Pongámonos de pies y cantemos.
«…Quisqueyanos valientes alcemos…»
Muchas gracias, compañeros, es grato saber que existen
personas que comprenden el valor de las cosas que son de
verdadero valor.
De inmediato, pasamos a plantearles el caso que nos
ocupa esta noche; que como siempre, es un caso polémico y hasta
incómodo de abordar, ya que toca profundamente los llamados
«existenciales límites», es decir, aquellas situaciones en las que
el ser humano se enfrenta a su mundo axiológico interno, en
contraste con los valores de una sociedad cada día más inmoral,
deshumanizada, fragmentada y corrompida por la ambición
desmedida al dinero y el lujo sin esfuerzo.
El caso que pretendo contarles, le ocurrió a una persona que
de seguro ustedes recuerdan, pues es un joven que visitaba nuestra
Sociedad Filosófica en los años cuando era estudiante de Medicina
de la universidad; pero, además, ese caso fue muy comentado por
los medios de comunicación, dado lo trágico de cómo concluyó.
EULOGIO SILVERIO EL PROBLEMA DE LA ELECCIÓN MORAL
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Según él me contó, su padre había sido pastor evangélico
por 30 años en el barrio Hato de Mana de esta ciudad capital, que,
según su decir, era un barrio muy pobre, pero con un vecindario
poco común en estos días, porque conservaba unos fuertes valores
de comunidad y de solidaridad. Pero como nada es perfecto en
esta vida, un día, de buenas a primeras y sin que su padre hubiese
tenido nunca ningún problema, una mujer, que vivía en la barriada
desde hacía poco menos de un año, presentó una acusación ante
la fiscal de menores contra él, por una supuesta violación que este
le había hecho a su hija de diez años.
La fiscal de menores, como siempre suele hacer cuando
se trata de un hombre, ordenó a la policía en tono enfático:
«Búsquenme a ese degenerado sinvergüenza»; pero sin antes
haberse tomado la molestia de investigar las bases de la denuncia,
ni mucho menos haber interrogado o examinado a la niña. Parece
ser que para las mujeres que ocupan estos cargos todo hombre es
un degenerado.
La policía procedió, como suele hacerlo, aunque se trate
de una persona seria, ultrajándolo frente a toda su familia y a su
congregación; lo esposaron y lo arrastraron como si se tratara de
un delincuente vulgar y, para colmo, lo encerraron en una celda
llena de delincuentes y, una vez allí, incitaron y permitieron que le
quitaran la ropa y el dinero, que lo golpearan y otras inenarrables
atrocidades; todo esto por la sola denuncia de una mujer que
nadie sabe quién es.
«Afortunadamente», una abogada de formación cristiana
que se había congregado en una iglesia hermana de la del
pastor y que conocía a la mujer que hacía el papel de fiscal de
menores, logró persuadirla, con cierta oferta económica, para
que le entregaran hasta el día siguiente al pastor que estaba bajo
su responsabilidad, pero el padre de nuestro amigo, para esos
momentos, ya se había desconectado psicológicamente de esta
realidad.
La abogada, trató por todos los medios de animarle, pero
todos sus esfuerzos resultaron inútiles; porque para el momento
cuando el pastor salió de la cárcel, 4:30 p.m., algo se había roto
en su mundo moral interior, pues no volvió a pronunciar palabras
hasta llegar a su casa.
Ya en su residencia, sus hijos, su esposa y sus feligreses
trataron de animarle, orando por la solución del problema; pero
él únicamente salió de su estado melancólico para decir «y ahora
quién me quita de encima esta vergüenza». Los familiares, sin
hacer mucho caso a esta expresión, lo dejaron solo en su habitación
para que descansara un rato y se fueron a la iglesia a organizar un
culto, para pedir a Dios por la solución del problema. El pastor,
aprovechando este momento de soledad, salió de su casa a caminar
sin rumbo fijo y terminó frente a la zona costera de Santo Domingo,
se sentó frente al mar en los arrecifes que están frente a la Marina
de Guerra Dominicana y, según relataron los pescadores de la zona,
al periódico El Nacional, «ese señor llegó como a las 6:00 de la tarde,
se sentó a mirar el horizonte y, después de permanecer así un largo
rato, miró al cielo y se dejó caer al mar entre las rocas, y su cuerpo
fue arrastrado hacia las profundidades por las olas. Tratamos de
tirarle cuerdas y hasta nuestras cañas de pescar, pero todo resultó
inútil, pues las olas lo arrastraban rápidamente y, además, él no
oponía ninguna resistencia.»
Por otro lado, cuando su familia se percató de su ausencia,
iniciaron una búsqueda frenética que los llevó a visitar a todos
los amigos y familiares cercanos; finalmente, buscaron en los
hospitales y en los cuarteles policiales; pero su búsqueda no tuvo
ningún resultado positivo, hasta una semana después, cuando
apareció un cuerpo destrozado en estado irreconocible, en los
alrededores de la estatua del Fray Antón de Montesinos, ubicada
en los alrededores de la desembocadura del río Ozama. La familia
lo identificó por la forma de la hebilla de la correa que siempre
usaba como recuerdo de los tiempos cuando fue miembro de la
Marina de Guerra.
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Como ironía de la fatalidad, al saberse en el barrio de la
muerte del pastor, la niña que supuestamente él había violado,
se asustó con la noticia de su muerte o le nació la conciencia
de un momento a otro, pues, lo cierto es que le confesó a una
amiguita que el pastor nunca le había puesto las manos, que ni
siquiera había hablado nunca con él, que lo que ella le había dicho
a la fiscal había sido porque su mamá le dijo que lo hiciera, para
quitarle dinero; que, además, su mamá había hecho eso mismo
con dos señores de Barahona, y que, por esa razón, ellas se habían
mudado a este barrio donde nadie las conocía.
La amiguita de la «niña» salió corriendo como loca a
contarle estas novedades a su madre y esta enteró al barrio.
Finalmente, un grupo del vecindario se dirigió a la Fiscalía de
menores y la puso en conocimiento de lo que ellos deberían
saber por sí solos y estos llamaron a la Comandancia de Barahona,
hablaron con el fiscal que había llevado esos casos y este les
confirmó «que efectivamente esa señora había hecho eso mismo
con dos señores muy respetables de esa provincia, y al fin y al
cabo ambos señores habían terminado pagándole el dinero que
ella les exigió para evitar el escándalo. Uno había tenido que darle
140,000 pesos, y el otro señor le dio 128,000.
Cuando los vecinos que hicieron la denuncia regresaron
al barrio y confirmaron a los demás la veracidad de lo que había
dicho la niña sobre su madre, la indignación fue colectiva, casi
todos estaban de acuerdo con darle un castigo a esa mujer por
perversa. Esos ánimos fueron subiendo de tono a medida que
pasaba el tiempo en espera de que regresara nuestro amigo, el
doctor Narciso, el hijo del pastor, quien realizaba diligencias en el
Instituto de Patología Forense para que le entregaran el cadáver
de su padre.
Cuando Narciso regresó al barrio trayendo los despojos
mortales de su padre, en una urna sellada herméticamente, la
multitud se abalanzó hacia la iglesia donde la familia había decidido
hacerle unas brevísimas honras fúnebres; pero, al ver que allí
estaba el cuerpo sin vida de aquel que lo había dado todo por esa
comunidad, sintieron una fuerza incontrolable y sin decir palabras
como impulsados por una fuerza extraña, se dirigieron hacia la casa
de la mujer que había originado toda esta desgracia.
Ya en el lugar, uno de los vecinos, en un evidente arranque
de furia, arremetió a pedradas contra la casa donde se encontraban
la mujer y su hija y, como si se tratara de un juego, se fueron
integrando todos a esta acción temeraria, hasta que alguien echó
gasolina a la vivienda y otro le prendió fuego. Después de un buen
rato de haberse iniciado el fuego, sin que nadie reaccionara, un
vecino que pasaba por el lugar, se alarmó, al ver lo que estaba
ocurriendo, penetró a la casa y encontró desmayadas a la madre y
a la hija en el piso del baño, casi a punto de morir asfixiadas.
Este mismo vecino trató de darle los primeros auxilios, al
tiempo que les decía a los demás «hay que llevarlas al médico o, de
lo contrario, morirán en pocos minutos»; uno de los presentes dijo:
«Narciso, el hijo del pastor, es médico y está en el vecindario, pero
seguro no querrá darle auxilio a estas dos hijas de su maldita madre
que causaron la muerte de su papá».
Cuando la multitud se presenta en la puerta de la iglesia
reclamando a Narciso, este manda a decirles que esperen un rato
porque está preparando todo para el funeral; pero el vecino que
llevó el mensaje le dice que es un caso de vida o muerte y que se
requieren sus servicios como médico.
Cuando Narciso sale frente a la iglesia, se encuentra con la
desagradable sorpresa de que aquella mujer que había destruido
la moral y el deseo de vivir de su padre requería de un servicio
que él había jurado brindar a todos los necesitados sin importar
su condición social, moral, religiosa, política o cultural… ¡pero era
su padre el que había muerto, producto de la maldad de ellas! Y,
del mismo modo como salió de la iglesia, volvió a entrar y se paró
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un largo rato frente a la urna que contenía el cuerpo sin vida de
su padre; pidió perdón por lo que iba a hacer y dijo: «que cada
uno entierre sus muertos», y continúo preparando todo para el
funeral.
Los vecinos, esos mismos que habían incendiado la casa de
la mujer, ahora reclamaban a voces que Narciso salvara a la mujer
y a su hija, pero él había decidido no intervenir; sin embargo, ante
la insistencia de los vecinos, salió a decirles que se marcharan y
que lo dejaran acompañar a su madre y a sus hermanas en este
penoso momento; que no estaba en sus manos salvar la vida de
quienes irresponsablemente jugaron con la honra de un hombre
que su único defecto fue servirle desinteresadamente a esa
comunidad.
En ese momento a uno de los vecinos se le ocurre la
afortunada idea de sugerirle que permitiera, por lo menos,
transportar a la mujer y a su hija hasta el hospital en el vehículo
del pastor o en el suyo; pero, antes de que él hablara, habló una
de sus hermanas para decir: «mi papá era tan bueno que, si
pudiera, permitiría una burla como esta; pero yo no lo permitiré;
porque eso sería dar licencia para que ese tipo de gente continúen
dañando impunemente a personas honestas»; con los ojos llenos
de lágrimas y nerviosa por la conmoción, agregó: «Papi murió por
sus maldades, …que carguen ahora con las consecuencias de sus
actos; …porque si este mundo está gobernado por perversos, es
debido a la debilidad de los buenos».
Finalmente, los vecinos tuvieron que trasladarlas como
pudieron, y antes de llegar al hospital, ambas habían exhalado su
último aliento de vida, porque, cuando encontraron transporte
había transcurrido tiempo suficiente para que los daños sufridos
por el humo y el calor fueran mortales.
Ahí está la historia. Ahora procede comenzar la discusión del
caso; sin embargo, sería importante no dispersarnos mucho en los
comentarios, más bien debemos ir abordando parte por parte las
interrogantes que se vayan abriendo en el transcurso del diálogo.
Creo que puede ser interesante que cuestionemos cuál era
el deber de Narciso, en su rol de médico, en su rol de cristiano y en
su rol de hijo afectado por la maldad de esta mujer.
Janet, la cristiana.
Lo que voy a decir, profesor Novas, es algo que he venido
pensando desde que usted comenzó a contar la historia. Es que,
al escuchar el relato de tan perversas acciones, mi corazón no
me permite más que decir: ¡Mi Dios es un Dios justo; de Él es la
venganza y, aunque camine en valles de sombras, Jehová es mi
pastor y nada me faltará!
Todos nosotros sabemos que la paga del pecado es la
muerte, y esa mujer, con sus injurias, tomó la vida de un justo y,
en pago por ello, Dios le arrebató la propia, para que todo pecador
recuerde que «el que siembra vientos, cosecha tempestades.»
Merkis, el kantiano.
Janet, espero que esas expresiones sean producto de
la impresión que nos ha causado a todos este triste episodio; te
digo esto porque tus expresiones no se corresponden en nada
con lo que se espera de un cristiano; nuestro deber, como seres
racionales, está más allá de las emociones que podamos tener en
un momento determinado. Bien sabes que el mundo espera del
cristiano un comportamiento ejemplar.
Janet, la cristiana.
Merkis, es verdad lo que se ha dicho de ustedes los
kantianos. Solo a ustedes se les ocurre creer que las cosas son,
en el mundo, como ustedes dicen en su teoría que deben ser. El
cristiano no vive en un mundo artificial de ideas puras, como el
de Platón, donde parece que viven ustedes; nosotros vivimos en
el mundo de las contingencias, donde tenemos que enfrentarnos
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a decisiones difíciles, decisiones que marcan nuestras vidas, que
nos hunden en depresiones, que nos ponen a dudar de todo
cuanto creemos; pero, afortunadamente, contamos con el auxilio
de Jehová; nuestro remedio y consuelo.
Yo pienso, que el que se sienta desde la tranquilidad de
su bienestar a juzgar las acciones de los demás es un farsante,
porque tú bien sabes que el corazón de la auyama solo el cuchillo
lo conoce. Además, ¿quiénes somos nosotros para juzgar la
acción de Narciso? Es cierto que yo pienso, desde la tranquilidad
de esta silla, que, como cristiano, debió hacer otra cosa, pero esa
fue su decisión. Dios sabrá por qué actuó así; esa fue la voluntad
del Señor; como también fue su voluntad que su padre muriera
de esa forma, algo que él nunca cuestionó, aun en medio de su
profundo dolor.
Merkis, el kantiano.
Perdóname, pero nunca he pretendido juzgar la acción de
Narciso; simplemente mi razón me indica que no es una actitud
cristiana la de desear la muerte a alguien.
Janet, la cristiana.
¿A quién se le ha deseado la muerte?
Merkis, el kantiano.
Está claro que cuando dices «esa mujer, con sus injurias,
tomó la honra y la vida de un hombre justo, y en pago por ello el
Señor le arrebató la propia» es una justificación de la muerte de
esa mujer y su hija.
Janet, la cristiana.
Merkis, no te engañes con los cristianos, pues no tenemos
una actitud contemplativa frente al crimen, como ustedes; cada
quien debe tomar responsabilidad por las maldades que hace y
Dios elige a voluntad los medios para que su justicia se cumpla.
Eso es así y así debe ser, que no te quede la menor duda.
¿Acaso esperabas que Narciso actuara como un cínico,
simulando que no sentía ningún dolor por la muerte de su
padre? ¿Querías que simulara para que la gente dijera, «qué
gran cristiano es»? Yo entiendo que actuó demasiado bien, al no
mostrar antipatías o ánimos de venganzas frente a esas víboras
que destruyeron a su familia, ¿Tú crees que esa familia volverá a
ser la misma después de esto? ¡Abre los ojos, Merkis, despierta
de tus sueños dogmáticos; el cristiano no puede simular, pues
Dios conoce lo que hay en su corazón!
Recuerda que no fue Narciso quien envió a los vecinos a
tirarles piedras a esas mujeres; contrario a ello, como hombre
temeroso de la palabra, pide perdón a su padre por no acudir a
ese llamado. Si a un inconverso se le presenta tal situación y lo
primero que hace es sacar un machete y les da una carrera a los
vecinos que se atrevieron a llevarle ese problema a su casa, pero
mira lo que hizo él, ¿qué más se le puede pedir?
Braulio, el existencialista.
La expresión de Janet es correcta; cada quien es
responsable de sus acciones y a esa mujer y a su hija nadie las
obligó a transitar en el camino de las malas mañas. Quien elige
meterse en ese tipo de chantajes también elige las consecuencias.
El camino del crimen es emocionante, pero es corto, pues solo
tiene dos direcciones conocidas: la cárcel y el cementerio. Es como
dice Janet «… el que siembra vientos cosecha tempestades…».
Para el doctor vale decir lo mismo, pues también eligió
lo que entiende mejor para él y para los demás, al poner mayor
atención a los sentimientos paternos que a su «deber» como
profesional de la Medicina. Cada hombre es responsable de lo
que elige, eso es lo que da sentido a nuestra existencia.
Queda claro aquí, que no hay moral escrita y que cada ser
humano inventa su propia moral en el momento que le toca elegir.
Tanto Narciso, su padre y su hermana crearon su verdadera moral
EULOGIO SILVERIO EL PROBLEMA DE LA ELECCIÓN MORAL
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ahí cuando le tocó elegir. Lo que habían predicado anteriormente
sobre la moral era solo eso, prédica.
Ahí tenemos tres casos que muestran lo que decimos:
Narciso, médico cristiano; su padre, pastor evangélico; y su
hermana, estudiante de Medicina. Uno se suicida, el otro se niega
a proveer los servicios profesionales que había jurado proveer a
todo necesitado, sin importar su condición, y la hija del pastor
se niega a prestar el vehículo de su padre y los primeros auxilios
ya que ella también tiene las destrezas técnicas; contrario a ello,
contribuye de manera indirecta a desencadenar la muerte de esta
mujer y su hija. Esas acciones definen los verdaderos valores que
poseen.
No es que yo diga que actuaron de manera incorrecta,
pues ¿quién soy yo para juzgar las acciones de los demás?
Merkis, el kantiano.
Braulio, si aceptamos que la moral es un asunto de
creatividad personal, como dices; que cambia de acuerdo
al momento y las circunstancias, la humanidad quedaría sin
parámetros universales válidos, para fundar la moral y juzgar los
actos correctos de los incorrectos.
Evidentemente, el ser humano no puede conducirse por
emociones pasajeras como prédicas, sino en algo firme y confiable,
valores que sean imperativos de la razón, ¿qué es eso de moral
creativa?, ¿será la moral un concurso de talentos?
El deber de Narciso como médico, como cristiano y como
ser racional, estaba muy claro: salvarle la vida a estas dos personas,
sin tomar en cuenta el daño causado a su familia, eso es lo que
manda el deber. Esto podrá parecerles simulado, producto de un
individuo que vive en las nubes, como dicen ustedes; pero es de la
única manera que actuamos de conformidad con lo que manda el
deber y la buena voluntad. ¿Qué valor tiene amar solo a los amigos?
Janet, cristiana.
Merkis, sigues equivocado al querer presentar a Narciso
como responsable de la muerte de esa mujer y su hija. Sin embargo,
no te ocupas en analizar cuáles fueron los acontecimientos que
provocaron su muerte. Según tengo entendido, no fue él el quien
provocó a la naturaleza para desencadenar los acontecimientos
que la llevaron a la muerte; ellas mismas, con sus perversidades,
desencadenaron fuerzas que solo Dios controla. ¡Alabado sea mi
Jehová de los ejércitos!
Merkito, ¿considera qué es una tontería que dos personas
a las cuales nunca hemos dañado destruyan una familia honrada
con una mentira tan fea? ¿Crees que es poco que te dejen sin
deseo de existir? ¿Piensas que después de una indignidad como
esa se les debe pedir a las víctimas que se muestren piadosos en
el momento más amargo de su vida?
Estoy de acuerdo con la hermana de Narciso: «la maldad
crece en este mundo por la debilidad de nosotros», y «quien a
hierro mata a hierro muere» y aunque no estamos en tiempo de
la Ley, Jehová hace su justicia.
Merkis, el kantiano.
Janet, ¿en verdad entiendes que esa debe ser la actitud de
la hija de un pastor evangélico?
Janet, la cristiana.
Merkis, no orientes tus análisis hacia el lugar equivocado.
El pastor y su familia son las víctimas de todo esto, no los
victimarios, pues fue esa mujer la que orientó su vida hacia
la maldad y también arrastró a su hija a este despeñadero. El
cristiano no cuestiona nunca los designios del Señor.
Merkis, el kantiano.
Janet, únicamente he querido plantear una cuestión de
principios, ya que tú sabes bien que el verdadero cristiano es aquel
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que es capaz de sacrificar su propio bienestar por el de los demás.
¿Recuerdas lo que dijo Jesús a uno de sus discípulos: «…no hay
ningún mérito en amar a nuestros amigos… el verdadero mérito
está en amar a nuestros enemigos…»? Es lamentable que gente
como tú solo comprenda este mandato en la teoría y no lo aplique
en su vida práctica.
Janet, la cristiana.
¿Y tú lo aplicas?
Merkis, el kantiano.
Está visto que ser la sal del mundo no es fácil, que dar el
ejemplo de lo que debe ser no es un compromiso cualquiera. No se
trata de juzgar la acción de Narciso, se trata de hacer lo correcto.
Chago, el marxista.
Profesor, veo que todo se ha concentrado en la cuestión
religiosa de estos dos prendevelas, bañasantos. Sería bueno que
analicemos un poco la responsabilidad de las autoridades, el suicidio
del pastor y si realmente la niña es responsable moralmente o si,
por el contrario, es una víctima también; sería interesante juzgar
la responsabilidad de los vecinos; además, yo creo que hay que
prestar atención a las últimas palabras que dijo el pastor antes de
marcharse rumbo a su puerto de origen.
Profesor Novas.
Usted planteó varios puntos que pueden ser interesantes,
pero sería bueno que detalle bien el problema.
Chago, el marxista.
El primer punto que yo veo interesante es el que muestra
la irresponsabilidad de las autoridades y de la policía, pues se
podría decir que esta tragedia, en un noventa por ciento, fue
responsabilidad de ellos. Lo primero es que si ellos hubieran
hecho su trabajo, esta mujer recibe su merecido en la primera
ocasión que utilizó la honra de su hija, la debilidad del código de las
estupideces que aprobaron los imbéciles del Senado y la borracha
de Milagros y su grupo de feministas frustradas, enemigas de los
varones.
Pula, el nihilista.
Disculpa, Chago, déjame decirlo yo, que tú no te atreverás a
decirlo como se debe.
Pues, esas mujeres que asesoraron a la borracha son un
grupo de lesbianas degeneradas que viven del negocio de las ONG,
que después de que se cansaron de pegarles todos los cuernos
del mundo a sus esposos, con cuantos hombres les quedaban
a su alrededor, y de que estos las botaran por sinvergüenzas,
precisamente, ahora realizan una labor de zapa, dividiendo la
familia dominicana con las cizañas feministas. Para ese grupo de
lesbianas todo hombre es un violador en potencia de cuantas niñas
existen, tan grande es su rencor contra los hombres que les basta
con saber que no eres cundango para creer cualquier difamación
en tu contra.
Este grupo de vividoras han logrado tantos avances en su
tarea cizañesca que están colocadas como juezas en todo lo que
tiene que ver con mujeres, niños, niñas y adolescentes, y desde allí
hacen cosas como estas.
Fíjense con la prontitud que esta fiscal procedió: sin procurar
pruebas, sin examinar a la niña y sin interrogarla y mucho menos
al pastor. Estas machorras tienen metido entre ceja y ceja destruir,
a como dé lugar, a cualquier ciudadano, varón, que tenga prestigio
moral, social, religioso o académico y, en cambio, encubren cientos
de violaciones de niñas que realizan ellas mismas, toda vez que
inducen y sonsacan a una joven bajo su influencia, para que se
metan a la cundanguería femenina.
Chago, el marxista.
Vamos a dejar ese asunto de ese tamaño, pues todos
sabemos que el capitalismo es un sistema podrido de arriba abajo.
Sin embargo, me encantaría tocar el punto que tiene que ver con el
suicidio y la última frase del pastor.
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Janet, la cristiana.
¡Ya esto es el colmo, profesor! Ahora viene Chago a querer decir
que el pastor se suicidó. Nunca creí que existiera tanta perversidad.
Todo el vivo sabe, tal y como dijo el profesor Novas, que «algo se
había roto en su mundo moral interior». Lo cual es perfectamente
entendible, aun en el caso de un hombre de fe como él; estos casos
son tipificados en la psicología como locura momentánea y se
producen cuando alguien es sometido a una fuerte presión moral
y psicológica. La filosofía llama a esos casos «estar fuera de sí, estar
enajenado de la razón, no consciente de los actos».
Además, todo el mundo sabe que un siervo de Dios no atenta
contra la vida, de ahí la maldad de Chago y sus palabras.
Chago, el marxista.
¿Cómo dices que no se suicidó, si es evidente que se dejó
caer, como dijo el profesor? Lo que te molesta de mis palabras es
que muestran a ese pobre señor como un hombre común y corriente
que no fue capaz de soportar la más pequeña de las pruebas de este
mundo, después de haberse pasado una vida entera predicando que
estaba preparado para soportar las terribles pruebas del Apocalipsis.
No son mis palabras las que te molestan, sino esa penosa
verdad.
Janet, la cristiana.
Eso mismo podemos decir de ustedes los marxistas, gente que
se ha pasado la vida criticando a todo el mundo y diciendo que son
los honestos para terminar buscándoselas de manera oportunista.
Profesor Novas.
Bueno, yo entiendo que debemos retomar la esencia de lo
que estamos discutiendo y no desviarnos en ejercicios retóricos.
Chago, el marxista.
Profesor, no se puede negar que es una situación penosa
la del pastor; pero sigo pensando que se suicidó. Ocurre que
los evangélicos tienden a ver las cosas invertidas y llaman
impropiamente las cosas. Fíjese, cuando ellos analizan la muerte
del Rey Saúl tienden a presentarlo como un héroe y no como
un suicida desesperado; también está el caso de Abrahán, a
quien presentan como un hombre de principios incólumes, y no
como un vacilante y mentiroso que es capaz de enviar a su hijo
primogénito al desierto.
Janet, la cristiana.
¡Chago…!
Chago, el marxista.
Sí, está bien Janet, ya sé lo que vas a decir: «El primogénito
es el otro».
Por respeto a la memoria de ese pobre hombre, vamos
a dejar eso así; pero lo cierto es como dice Merkis, que él no
tenía fe en su causa, ni en su señor; pues el que está firme en la
justicia de su causa, lucha hasta el final y él se rindió muy rápido.
Yo mataría medio mundo proclamando mi inocencia y no le doy
el gusto de quitarme la vida. En eso tiene razón la hermana de
Narciso, «este mundo está jodido, porque nosotros los mansos
de espíritu perdimos el valor y la autoridad de darles un tiro en
la frente a las plagas sociales».
Janet, cristiana.
¡Qué lindo es opinar desde la seguridad de mi bienestar!
Pero imaginen lo terrible que debe ser para un hombre serio, como
él, con los valores de la generación de nuestros padres; ser arrojado
entre un grupo de delincuentes y ser sometido a un acto de sodomía.
Ese es un ultraje que le quita el deseo de vivir a cualquiera, máxime
a un hombre íntegro como el pastor…
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Profesor Novas.
Discúlpeme, Janet, pero tenemos que detener la discusión
aquí, la concluiremos en una próxima reunión.
Cuestionario
La CALUMNIA
1. ¿Qué haría usted en la situación de Narciso?
2. ¿Cuál era el deber de Narciso en su rol de médico, en su
rol de cristiano y en su rol de hijo afectado por la maldad de esta
mujer?
3. ¿Es posible separar el rol de hijo, del rol de médico y el rol
de cristiano?
4. Explique qué quiso decir el padre de Narciso con la expresión:
«y ahora… ¿quién me quita de encima esta vergüenza?» ¿Cuál es su
opinión respecto a esa actitud?
5. A su juicio, ¿qué quiso de decir la hermana de Narciso con
la expresión: «este mundo está gobernado por perversos, debido a
la debilidad de los buenos»? ¿Comparte usted el punto de vista de
ella? ¿Por qué?
6. ¿Fue suicidio lo que hizo el pastor? ¿Por qué?
7. ¿Cuál es su valoración del juicio del marxista de que el pastor
«no tenía fe en su causa, ni en su Señor; pues el que está firme en la
justicia de su causa, lucha hasta el final, y él se rindió muy rápido.»?
Leer Efesios 6: 10-13.
8. ¿Cuál es su valoración en torno al juicio del kantiano en el
sentido de que «nuestro deber está más allá de las emociones que
podamos tener en un momento determinado»?
9. ¿Cuál es su opinión con relación a la afirmación del
existencialista de que «no hay moral escrita y cada ser humano
inventa su propia moral en el momento en que le toca elegir»?
10. ¿Con cuál de estos personajes se identifica usted? ¿Explique
por qué?
11. Evalúe críticamente las posturas de los demás personajes.
12. Valore de forma crítica el papel de la policía, la fiscal de
menores y de los vecinos.
13. ¿Cómo valora usted el papel que desempeñó la iglesia del
pastor en esta narración?
14. ¿Participa la hija, conscientemente, en una relación de
maldad y complicidad con su madre en este caso?
15. A su juicio, ¿desde cuándo se puede considerar que un
menor es consciente del valor moral de sus actos? Justifique su
respuesta.
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EL

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