La intersección entre ética y tecnología: a propósito del Curso de Verano de Filosofía UASD

Edwin Santana, M.A.
Edwin Santana

La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), ha estado desarrollando durante esta semana (del 20 al 29 de julio 2023), el primer Curso de Verano de Filosofía que, en esta primera versión, está dedicado a explorar el “Estado actual de la Ética”, y nos parece una tarea interesante esta de empezar un curso que tiene la pretensión de convertirse en tradición anual con reflexiones éticas, toda vez que la ética es la parte más práctica de la filosofía, la más vinculada a las acciones cotidianas de los seres humanos y, en ese sentido, genera, como ha generado en efecto el curso en los módulos que hasta ahora se han desarrollado, un gran interés por parte de cualquier individuo, sea este cercano a la filosofía o no.

El curso ha provocado la reflexión más allá del aula en la que se está desarrollando, especialmente sobre la ética de la inteligencia artificial y la filosofía de la tecnología, temática que me ha tocado abordar en mi papel de coordinador del curso, y que se ha tocado, aunque sea de soslayo, en otros módulos, pues es casi obligatorio, cuando se mira a la actualidad, pensar en la tecnología y sus influencias.

Una de las participantes en el curso, la maestra Kénnida Polanco, hizo algunas preguntas que a mí me han parecido pertinentes para reflexionar en torno a ellas e intentar dar con respuestas, pues se trata de cuestiones urgentes y, por demás, muy asistidas en la literatura académica destinada a estos temas.

La maestra se cuestionaba en torno a si realmente hay una actitud tendente a ver en la tecnología una especie de nueva religión, en la que todos sus productos son aplaudidos y sus avances asumidos, no sólo con el beneplácito del uso actual que se les pueda dar, sino también con una esperanza -implícita o explícita- en que la tecnología, más temprano que tarde, acabará con todos los males que aquejan a los seres humanos; y se termina, entonces, atribuyendo a las máquinas una perfección digna de la que se le atribuye a los dioses.

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Esta actitud apunta a una postura llamada «tecnofilia», definida en la filosofía de la tecnología como una actitud de admiración acrítica hacia los avances tecnológicos, y que surge por una fascinación hacia esas posibilidades y maravillas prácticas que la tecnología ofrece.

En el lado opuesto a la tecnofilia, se encuentra la tecnofobia, una postura de rechazo absoluto a los avances tecnológicos que se hace sin considerar sus beneficios o aspectos positivos; y cabe decir que ambas actitudes son indeseables desde una perspectiva crítica y equilibrada, por el hecho de que representan extremos acríticos frente al fenómeno y, desde la filosofía, lo que se procura precisamente es todo lo contrario: que se cuestione la realidad, los fenómenos y las relaciones, de un modo crítico que sea capaz de -o por lo menos esté abierto a- ver todas las aristas relativas, nos resulten estas convenientes o no.

Con relación a la actitud tecnofílica, que es la que lleva a ver la tecnología como un dios, como algo maravilloso e ineludible, es vital recordar que toda máquina es una herramienta creada por humanos y, por lo tanto, sujeta a nuestras limitaciones, sesgos y errores. [Neil Postman, en su obra «Technopoly: The Surrender of Culture to Technology», y David Noble, en su libro «La religión de la tecnología», critican esta tendencia].

Una postura intermedia, que es la postura más común y coherente que se puede encontrar en la literatura, es que las máquinas están lejos de ser perfectas, y esto así porque están creadas  y programadas por humanos falibles. Incluso en las máquinas y algoritmos más avanzados se han descubierto sesgos y errores que suelen ser un reflejo de los sesgos y errores presentes en los datos que se utilizan para «entrenarlas».

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Adicionalmente, y atendiendo a otras cuestionantes surgidas en el desarrollo del curso, un asunto que ha generado debate es la agencia moral de los individuos. Es decir, la capacidad de un sujeto de tomar decisiones morales ante situaciones dilemáticas (cuando hay que decidir entre dos males, cuál elijo). El asunto es que algunos argumentan que si logramos apoyarnos en máquinas que pueden procesar ingentes cantidades de datos que un humano no puede por sus limitaciones naturales, para tomar este tipo de decisiones, estaríamos mejorando nuestra agencia moral.

Pero otros argumentan que la experiencia individual subjetiva y el razonamiento (con todo lo que desconocemos de su mecanismo más interno), son elementos críticos en la toma de decisiones. De modo que lo que el ser humano hace, ante situaciones problemáticas, es reflexionar sobre esas experiencias y tomar decisiones basadas en ese razonamiento. Una cosa que, por lo pronto, no parece que sea posible que logremos emular en una “máquina pensante”, en tanto no conocemos los vericuetos de esa acción de razonar.

Aun hay mucho que indagar, reflexionar y debatir en torno a la relación entre ética y tecnología, pero por lo menos sabemos, con cierta seguridad, que nuestras experiencias nos ayudan a mejorar nuestra comprensión del mundo y a tomar decisiones mejor informadas y más éticas.

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