Comentario breve a partir del libro “Filosofía del silencio” de Alejandro Arvelo

Katherine Báez, M.A.
Katherine Báez

En la sociedad actual vivimos inmersos en una gran cantidad de estímulos e informaciones que hacen parecer que la reflexión pausada y profunda ha sido extirpada de los espacios de interacción social. En este contexto, el filósofo dominicano, Alejandro Arvelo, reflexiona sobre la importancia de buscar el silencio en medio del bullicio que caracteriza los tiempos actuales. El filósofo plantea que el silencio constituye un requisito indispensable para, primero, acceder al ejercicio de la razón que nos define como seres humanos y, en segundo lugar, para conocernos a nosotros; esto último como requisito para el filosofar.

Para hacer uso correcto de la razón, una de las facultades –si no la principal facultad– que define al ser humano, se necesita del silencio. Esto así, por el hecho de que el exceso de distractores que abundan en espacios donde el silencio es nulo, hacen difícil la concentración necesaria que se requiere para arribar a juicios analíticos o sintéticos correctos.

Podemos convenir que el ser humano, en tanto sujeto social, necesita de la interacción con los otros, en cuya interacción podría llegar a sentirse atraído por el reconocimiento, empero,  en una sociedad que valora la información, estos sujetos pueden –como en efecto sucede con no poca frecuencia– terminar por dedicarse, entre otras cuestiones, a aparentar erudición en el discurso, a simular actualidad en el conocimiento, y a asumir como propias posturas y actitudes cuya modelación son valoradas socialmente como positivas. En este discurrir, se termina por promover la homogenización como un valor.

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Tal como señala el profesor Arvelo, la homogenización puede llevar a la enajenación del sujeto de su vida interior, pues al mismo tiempo, ese ser humano que es sujeto social, es también individuo. Y como individuo necesita del silencio para escucharse a sí mismo y comprenderse, para inteligir sus circunstancias y sus posibilidades. Como consecuencia, aquellos sujetos que se dejan seducir por la homogenización de los espacios sociales, terminan dedicando sus energías a perfeccionar el parecer en lugar de cuidar el ser. Atienden la forma de su discurso en aras de cosechar halagos, sin necesariamente cuidar su profundidad.

El autor advierte que, en el caso específico de la República Dominicana, “la libertad es sinónimo de dilución”, de “bailar al compás de la danza del mundo”. Bajo esta conceptualización, la “libertad de expresión” constituye un engaño en el que se premia la fluidez del discurso, aun cuando este aparezca carente de significado. Esta crítica también se halla extendida a la sociedad en general, cuando en el texto en cuestión se afirma que el miedo a razonar, que Arvelo ha llamado logofobia, se ha convertido en la enfermedad de este siglo.

En esta línea, la falta de conocimiento del individuo, distinto a la falta de información, se puede interpretar como una subordinación del pensamiento reflexivo al derecho de la libre expresión. En este escenario, el silencio necesario para reflexionar pierde relevancia ante la posibilidad de aparentar un conocimiento novedoso. Así, nuestro autor reivindica la necesidad de rescatar el ejercicio riguroso de la filosofía, de volver sobre el autoconocimiento, el cultivo del espíritu y el pensamiento crítico.

Al desplazar lo sustancial por lo accesorio, la apariencia por el conocimiento legítimo, se abre las puertas a la posverdad y la desinformación. De este modo, personas que no modelan las actitudes y aptitudes mínimas sobre áreas específicas de conocimiento, tienen la posibilidad de acceder a espacios de comunicación y difundir informaciones sin estar fundamentadas o que son abiertamente falsas. Como consecuencia, la masa poblacional que no tiene acceso a –o desconoce la existencia de– fuentes de información en las que puedan contrastar estas informaciones, termina por aceptar como buenos y válidos aquellos juicios infundados o del todo falsos.

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Esta población, que acepta y consume como buenos tales discursos de posverdad, en no pocos casos son víctimas de lo que se conoce como injusticia epistémica, un tipo de injusticia que puede identificarse, por ejemplo, cuando los sujetos no disponen de los recursos epistémicos necesarios para distinguir la ausencia de fundamento o las falacias y falencias presentes en ese tipo de discursos. Dicho de otro modo, cuando no son capaces de distinguir entre la opinión y el razonamiento lógico, entre la suposición y el conocimiento fundamentado.

El referido abuso en el discurso, de hablar con toda seguridad de aquello que se desconoce, y a veces de lo que se cree que se conoce, toma un matiz oscuro cuando se extrapola a espacios de diálogo dentro de instituciones orientadas a la generación y comunicación de conocimiento, como son las universidades, las escuelas, e incluso los medios de comunicación masiva.

He aquí, en estos casos precisamente, donde conviene recurrir a las aseveraciones del profesor Arvelo, específicamente cuando sostiene que, para una genuina labor filosófica, es preciso apartarse de las distracciones que se presentan en los espacios sociales y reclamar nuestro derecho a la reflexión profunda y el pensamiento crítico, a buscarnos en el silencio para practicar el filosofar.

Una de las consecuencias de la falta de silencio es la mencionada enajenación del sujeto, esa que le impide estar cerca de sí, que le hace sentirse extraño en medio de sí mismo y le priva de una genuina libertad. Limitación sobre la libertad de pensamiento que repercute en la posibilidad de actividad filosófica. Así, participar de estos espacios sociales entra en contradicción con el silencio. En palabras de Arvelo, “pensar, en principio, es, en cierto modo, renunciar al contacto con la realidad exterior”. Ergo, el contacto irrestricto con la realidad exterior termina por alejar al individuo del silencio necesario para la reflexión interior que se requiere para conocer(se) y para ser un sujeto libre.

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Arvelo advierte que, “si bien el quehacer filosófico es un derecho común de todos los seres humanos […] no es un derecho natural, sino una condición que sólo es posible alcanzar sobre la base del esfuerzo sostenido”, y enfatiza que una mentalidad filosófica sólo se logra a partir de la práctica constante de una reflexión cuidadosa, sistemática y racional. Práctica esta demanda del silencio.

En estos tiempos, donde la seguridad sobre verdades inmutables parce haberse diluido, al ritmo que los avances tecnológicos se integran en nuestra vida social e individual, la búsqueda y conservación de espacios de silencio se hace necesaria. En un mundo saturado de ruido, buscar espacios de silencio constituye una de las más valiosas alternativas para discutir genuinamente con nuestro ser, para contemplar el mundo exterior e interior, para analizar las propuestas de los otros, para mirar hacia ese mundo, cada vez más interconectado y complejo; para pensar de forma auténtica, para filosofar. En palabras de Arvelo, “el comienzo de la filosofía es también el inicio del autoconocimiento”.

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